En la ciudad de Valledupar se encuentra el único museo consagrado al conocimiento y exaltación del acordeón en Colombia, un instrumento inventado en Viena por Cyrill Demian, en el año de 1829, que rápidamente conquistó buena parte de la música popular del continente americano.

En Argentina conocemos el formidable uso del bandoneón en el tango; en México se interpreta el acordeón cromático en los populares corridos y rancheras; en el sur de los Estados Unidos, el aire del zydeco lo incorpora de una forma muy parecida a como se le conoce en el folclor vallenato, acompañado de una caja y de un instrumento de fricción muy llamativo, conocido como washboard o tabla de lavar, análogo a la guacharaca.

El acordeón se convirtió en la piedra angular de la música vallenata al entrar al Caribe colombiano, pero primero debió recorrer un largo camino hasta llegar a ser el símbolo que hoy conocemos.

La evolución del acordeón vallenato.

A través de los salones y estantes del museo, el maestro Beto Murgas realiza una magistral guianza en la que da a conocer a todos los visitantes el camino recorrido por este instrumento en la tradición musical vallenata.

La opinión más extendida es que el acordeón ingresó a Colombia por el puerto de Riohacha, hacia la segunda mitad del s. XIX; desde entonces, la tradición oral nos cuenta que campesinos y vaqueros se apropiaron de él para interpretar los cantos vallenatos, cuyos aires de puya, paseo, merengue y son, ya se conocían, con una estructura rítmica y melódica definida, como lo demuestra el investigador Tomás Darío Gutiérrez en su obra “Cultura vallenata: origen, teoría y pruebas”.

Ese primer acordeón “Tornillo ‘e máquina” era muy diferente del acordeón utilizado por los músicos de la actualidad, tenía una hilera de ocho pitos al lado derecho para interpretar la melodía y otra de cuatro bajos para marcar el ritmo; era muy sencillo y si se quiere, rudimentario, pero capaz de condensar la dualidad de las gaitas hembra y macho, con las cuales era interpretada la música vallenata desde tiempos ancestrales por arhuacos, kankuamos, mestizos y mulatos del valle de Upar.

Desde ese “Tornillo ‘e máquina” inmortalizado por Francisco El Hombre, al ser el acordeón que interpretó en su legendario duelo contra El Diablo bajo el manto de la noche guajira, hasta las versiones modernas del Hohner Corona III y el Mileto de Don José Sierra (acordeón profesional frabricado en Valledupar), se cuenta una historia de grandes cambios.

La madurez de la música vallenata llegó con el acordeón “guacamayo”, el cual formó a la primera generación de juglares célebres y virtuosos, como lo fueron Emiliano Zuleta Baquero, Lorenzo Morales y Pacho Rada; era un acordeón mucho mejor dotado que sus predecesores, con 21 pitos divididos en dos hileras, y ocho bajos. En el estante donde se le conserva ocupa un lugar central, al lado de un célebre antepasado que fue propiedad de una familia arhuaca, quienes lo utilizaron para interpretar sus aires ancestrales, el chicote y la parrandera.

Los acordeones de tres coros: Hohner Corona III y Mileto.

Hohner es sin duda la marca del acordeón vallenato y el modelo utilizado por los músicos vallenatos desde la década de 1960 es el Corona III, que se caracteriza por su gran potencia, pues al interpretar cada nota se abre el flujo de aire a través de tres lengüetas, a diferencia de los modelos predecesores que sólo permitían el flujo de aire hacia una lengüeta por cada botón.

El acordeón de tres coros consta de 31 pitos y 12 bajos, los expertos afirman que es el acordeón perfecto para la música vallenata, por la gran versatilidad que permite a sus intérpretes, potencia y rapidez en la ejecución.

El acordeón Mileto III Coros, diseñado y fabricado por Don Jósé Luis Sierra, en la ciudad de Valledupar, es un ejemplo de éxito, pues en 18 años se ha labrado un prestigio internacional por la calidad de sus acordeones, que fueron concebidos originalmente para el aprendizaje y entrenamiento de los niños en la música vallenata, pues es un acordeón mucho más liviano que el Hohner, pero que ya se utiliza en producciones discográficas; se han producido más de 400 acordeones de este tipo y en el Museo del Acordeón se exhibe el segundo ejemplar fabricado por Don José Sierra.

La trifonía vallenata se completa con la caja y la guacharaca, ambos instrumentos de origen indígena pero al igual que el acordeón, han sufrido cambios en el último siglo y medio. La caja al principio se tocaba con baquetas y tenía doble parche de cuero, por lo cual su técnica interpretativa era radicalmente diferente a la que conocemos hoy en día, hoy se toca con las palmas y es algo cónica, por lo cual se nota el influjo de la escuela negroide, cuyo epicentro es el municipio de El Paso, en el centro del Cesar, de donde es originaria la dinastía Durán.

Fotografía de una pieza de cerámica de origen tupe, encontrada en el sector de Los Mayales, al sur de Valledupar. Representa a un indígena tupe tocando la guacharaca. Foto: Tomás Darío Gutiérrez.

La guacharaca era inicialmente mucho más larga, medía cerca de 150 cm y se interpretaba apoyándola sobre un banco y haciendo fricción con una costilla de res; con el tiempo se fue recortando y fue reemplada la costilla por un objeto con mango de madera y varillas metálicas. Hoy en día, dada la gran cantidad de instrumentos utilizados por las orquestas, se ha empezado a utilizar una guacharaca metálica, de sonido mucho más fuerte.

El maestro Beto Murgas.

El maestro Beto Murgas durante una de sus magistrales guianzas en su museo.

Beto Murgas nació en Villanueva, La Guajira, en 1948; desde los 20 años de edad es compositor vallenato profesional, en 1969 gana gran reconocimiento gracias a la canción “Cariñito mío” que le graba Alfredo Gutiérrez, desde entonces, más de 90 de sus obras han hecho parte de producciones discográficas en todo el mundo.

Luego de una gran carrera artística se ha dado a la tarea de construir junto a su familia el Museo del Acordeón – Casa Beto Murgas, donde no sólo se hace un recorrido por la historia del instrumento, sino también de sus antecesores como las ármonicas que comparten el mismo principio musical, o del zheng, inventado en China hace cerca de 5000 años.

El Museo del Acordeón es un centro muy integral del folclor y la cultura, en él se pueden apreciar colecciones muy interesantes de fotografías, artefactos precolombinos y próximamente una colección numismática colombiana.

El 18 de diciembre de 2019, el Museo del Acordeón cumplió su VI aniversario y el maestro Beto Murgas nos compartió algunas palabras acerca del camino recorrido y lo que puede venir para el futuro de esta gran iniciativa:

Consideramos que en este esfuerzo y emprendimiento familiar de seis años hemos generado un impacto a nivel nacional e internacional, incluso mayor que a nivel local; tenemos un buen producto, reconocido por referentes del turismo internacional como Trip Advidsor, que nos señala como el lugar mejor calificado por sus usuarios en la ciudad de Valledupar y esto nos enaltece y nos anima a salir adelante“.

Estamos convencidos que este museo tiene que llegar a ser reconocido universalmente, esto es lo que sentimos de las manifestaciones de nuestros visitantes, vamos lento pero seguros de lo que estamos haciendo, cada día procuramos obtener nuevos instrumentos y piezas relacionadas con esto; también estamos complementando nuestras colecciones con la obra de García Márquez “Cien años de soledad”, de la cual aspiramos a tener ediciones en los 48 idiomas en que la obra ha sido publicada, incluyendo el braile, hace falta muy poquito“.

JOSE LUIS ROPERO
Guía de turismo y cultura
roperoaventuras@outlook.com

NO TE PIERDAS ESTAS LECTURAS: