Un anciano arhuaco está sentado frente a su vivienda llevando al pecho un viejo acordeón “tornillo’e máquina”, como el que llevó Francisco el Hombre durante su duelo legendario contra el Diablo bajo el oscuro manto de la noche guajira; le acompaña su pequeño hijo, quien escucha atento las melodías ancestrales que su mayor extrae del instrumento alemán. Esta es la imagen que el profesor Tomás Darío Gutiérrez nos presenta en la portada de su ensayo investigativo “Cultura vallenata: origen, teoría y pruebas”.

La fotografía que ilustra la portada de su obra fue tomada por el mismo autor en territorio arhuaco, durante una expedición etnológica de dos meses a la Sierra Nevada de Santa Marta, realizada en el año de 1985; la imagen transmite todas las inquietudes que pueden surgir en la mente del hombre sensible a la riqueza cultural de la región vallenata, pues resulta palpable que en la génesis y constitución de este folclor han intervenido factores de diversa índole étnica, geográfica, histórica y musical.

Siguiendo las intuiciones suscitadas por las vivencias del  vallenato raizal, el profesor Tomás Darío, partiendo de los hechos actuales, se adentra en investigaciones de eminentes antropólogos, en muchos puntos contrastantes como Gerardo Reichel-Dolmatoff y Ernesto Restrepo Tirado, consulta archivos públicos y particulares para leer de los documentos coloniales aún conservados, obtiene testimonios de ancianos y artistas en todas las regiones de la provincia vallenata y con la claridad que le da estar desentrañando los orígenes de su propia sangre, nos presenta la más completa investigación que se ha publicado sobre el folclor vallenato, sus antecedentes, formación y perspectivas.

La obra, antes de presentar al lector los detalles del folclor tal como es conocido en la actualidad, recorre la historia cultural del Valle de Upar, haciendo en primer lugar una descripción del ámbito geográfico en que discurrieron las humanidades que luego se transformarían en el referente más sonoro de la colombianidad. Este territorio queda definido entonces por la cuenca del río Cesar, afluente que nace en la Sierra Nevada, recorre toda la sabana entre este macizo y el Perijá, para desembocar en la Ciénaga de Zapatosa, espejo de agua más grande de Suramérica, que en la región vallenata hace juego con el río Magdalena.

Eran estos los dominios de la nación chimila comandada por Upar a la llegada de los conquistadores, pero muchas más etnias habitaban este territorio, como los taironas y arhuacos en la Sierra Nevada, guanebucanes en la región de cuestecitas y centro de la Guajira, yukos o yukpas en las montañas del Perijá, tupes hacia el centro-oriente del valle y los pocabuyes o chimilas “de ciénaga”, como los denomina el antropólogo Restrepo Tirado, diferenciándolos de los uparí o “chimilas de río”. Sobre los uparí reposan densos halos de misterio, pero se conoce que preferían establecer sus poblados a orillas de los ríos, de ahí sus costumbres agrícolas y altas densidades de población; tal parece que la actual nación kankuama, cuyo núcleo principal es la población de Atánquez en la Sierra Nevada de Santa Marta, tiene sus orígenes en lo más granado y selecto de la sociedad uparí.

Estos pueblos indígenas entraron en conflicto con los conquistadores, casi tan pronto como se fundó la ciudad de Santa Marta, siendo el actual corregimiento de Badillo la primera población en contactar con el español, según expone el profesor Tomás Darío Gutiérrez, citando a Restrepo Tirado; fue años después, hacia 1529, que incursionó la expedición comandada por el mercenario alemán Ambrosio Alfínger.

La obra explica la distribución de los asentamientos indígenas originales y las áreas donde luego de fundaciones y repoblamientos europeos y africanos se mezclaron todos estos grupos humanos, para formar con los siglos al hombre vallenato actual, que distingue tres áreas de predominancia racial, el norte del valle de población principalmente mestiza, la Sierra Nevada donde predomina el fenotipo indígena y las sabanas del sur de mayor influencia mulata y zamba. Estas áreas serían los nichos donde se constituirían, generación tras generación, los diferentes géneros que hoy componen la música vallenata, en lo que se conoce como escuelas ribana, central, ribereña y negroide.

EL FOLCLOR DEL VALLE DE UPAR.

Sobre la obra del profesor Tomás Darío Gutiérrez se podrán emitir muchas opiniones, críticas y conceptos, pero se debe reconocer en primer lugar un gran acierto de carácter metodológico, pues para su análisis organizó los elementos y argumentos de su investigación en dos grandes cuerpos: la historia cultural del Valle de upar y su folclor. Muchas conclusiones a las que llega el autor podrían incluso llegar a ser refutadas, pero cualquier intento en este sentido se encuentra en la obligación de desmenuzar los elementos históricos, geográficos y sociológicos que devinieron en la realidad actual del folclor.

Una de las principales luces que aporta este libro, las cuales ayudan a aclarar las densas y oscuras opiniones que van de boca en boca acerca de la formación de la música vallenata, es que este género musical ya existía a la llegada del acordeón, seriamente estructurado con sus aires, canciones y tradiciones.

Antes de que la música vallenata se interpretara con el uso del acordeón como instrumento principal, ya se utilizaban las gaitas macho y hembra, acompañadas de la guacharaca (rasgada con costilla de ganado) y el tambor cilíndrico de doble parche, percutido con baquetas, todos instrumentos de origen indígena. La idea de que la caja es el aporte africano al folclor vallenato es más bien reciente, y obedece a las modificaciones que tuvo este instrumento y su técnica interpretativa a mediados del siglo XX para aumentar su potencia sonora y hacer un mejor acompañamiento a la tremenda fuerza del acordeón moderno.

Por supuesto, hay un folclor vallenato no musical, conformado por leyendas, mitos, danzas, artesanías y supersticiones. La leyenda más conocida es la que relata el milagro de la Virgen del Rosario, que revive a los conquistadores víctimas de envenenamiento por barbasco al beber de las aguas de la laguna Sicarare, cerca a la población de Espíritu Santo, actual municipio de Agustín Codazzi; pero para este sencillo lector, la leyenda principal del folclor vallenato es el duelo entre Francisco El Hombre y el Diablo Satanás en lás áridas planicies del centro de La Guajira. El profesor Tomás Darío Gutiérrez hace una mención biográfica muy conveniente acerca de Francisco Moscote “El Hombre”, mostrándolo principalmente como el juglar de carne y hueso que vivió el folclor de manera natural, pero si el lector curioso desea conocer, quizás la mejor narración del legendario duelo entre el Maligno y Francisco El Hombre, recomendamos leer el libro “La Parranda Vallenata” del maestro Santander Durán Escalona.

El folclor vallenato es en realidad muy rico en elementos diferentes a la música; la tradición nos cuenta muchas más historias, como la sirena de Hurtado, la diosa Navova y su laguna, la guatapana que es el pájaro carpintero grande habitante de los bosques secos vallenatos, danzas como el chicote de Atánquez, las mochilas y tejidos de lana y algodón  fabricados por todas las culturas de la Sierra Nevada, los rezos y las contras, la vivienda vernácula de barro y caña brava, entre otras manifestaciones culturales, son recreadas continuamente por el vallenato raizal.

TESTIMONIOS Y CONCLUSIONES.

La parte final del libro está basada en sólidos testimonios de juglares y protagonistas del folclor que describen de manera clara el proceso a través del cual se dio la consolidación musical de los aires vallenatos, la puya, el merengue, el paseo y el son, pero también su relación con otras aportaciones estelares del Caribe colombiano, como la cumbia, las tamboras y las celebraciones populares en torno a estos cantos. Los antiguos enfrentamientos entre acordeoneros y su transición hacia el arte profesional de músico vallenato quedan retratados en los testimonios invaluables de Alejandro Durán, Tobías Enrique Pumarejo, Emiliano Zuleta Baquero, Francisco Rada Batista y muchos otros patriarcas que no hicieron más que vivir conforme al impulso de su sangre y dar al mundo las canciones y melodías que brotaron naturalmente de su alma.

Hoy en día ese impulso se ha perdido en gran medida, debido sin duda a los cambios del entorno cultural, donde las faenas de vaquería y las impetuosa productividad del campo no son ya el factor representativo de la ruralidad cesarense, mientras que los nuevos músicos vallenatos, surgidos en nuevos contextos, atienden más los encargos de las casas discográficas que al legado de sus ancestros.

Cultura vallenata: origen, teoría y pruebas, es sin incurrir en exageraciones, una obra monumental, que todo hombre con interés en el folclor vallenato y en la historia del Caribe colombiano, está en el deber de leer, sus 651 páginas son una delicia para el lector serio y un tesoro, que permitirá a todo aquel que realice el ejercicio, enriquecer su acervo cultural de gran manera, especialmente para profesores de las ciencias sociales, historiadores, folcloristas, músicos vallenatos, guías de turismo, gestores culturales y curadores de arte.

La invitación pues, es a adquirir este maravilloso libro, del cual se han publicado dos ediciones y dos re-impresiones; yo la conseguí hace tres meses en la tienda Compai Chipuco, frente a la plaza Alfonso López, donde funciona una gran librería especializada en el folclor vallenato, pero también está en la Casa Beto Murgas Museo del Acordeón y en la Biblioteca Departamental Rafael Carrillo Lúquez, todos estos lugares en la ciudad de Valledupar.

JOSE LUIS ROPERO
Guía de aviturismo y gestor cultural
roperoaventuras@outlook.com
+57 3176268212
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