El maestro Beto Murgas es una leyenda viva del folclor vallenato, además de su magnífica obra musical, ha destacado por su gestión de 22 años al frente de la Sociedad de Autores y Compositores (SAYCO) seccional Cesar y en los últimos años, como artífice del Museo del Acordeón de Valledupar, que dirige junto a su esposa Rosa Durán, la queridísima doña Ocha.

El Museo del Acordeón Casa Beto Murgas, en su séptimo año de labores, se ha convertido en un referente mundial, custodio de la génesis e historia del instrumento, y heraldo de la riqueza folclórica del valle de Upar. Con sencillez y cercanía, el anfitrión transmite vivencialmente sólidos conocimientos de música, etnografía, historia, arqueología y tradición a sus visitantes, por esto el Museo del Acordeón se ha posicionado también como una cátedra para muchos empresarios y profesionales de la región, interesados en fortalecer sus competencias, especialmente en el área del turismo.

Así, en diciembre de 2019 el maestro Beto Murgas fue uno de los instructores principales del taller “Gestión del Turismo Sostenible” dirigido por el Ministerio del Trabajo y el Instituto Técnico Comfacesar, a orientadores, guías y emprendedores de turismo de la ciudad de Valledupar. A lo largo de tres conferencias, el maestro transmitió valiosas enseñanzas, historias y anécdotas, fundamentales para todo aquel que pretenda sumergirse en el estudio serio del folclor vallenato, las cuales presentamos a continuación, como un valioso material de interés cultural y humanista para nuestros lectores.

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Lo que se le debe a estos instrumentos

“¿Qué no hemos hecho con estos instrumentos? La creación del departamento del Cesar fue a punta de acordeón, caja y guacharaca. Hoy en día Valledupar es una ciudad creativa (declarada por la UNESCO, 2019) y el vallenato es patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad (desde 2018). Todo esto se le debe a estos instrumentos y a la actitud musical de la gente de la región, porque se nos ocurrió cantar, se nos ocurrió contar nuestras historias con música”.

Las cumbiambas, las parrandas y las colitas.

“En su libro, Riohacha y los indios goajiros (1893), el misionero dominico de nacionalidad francesa Henri Candelier, relata que durante su estancia en Riohacha eran populares las reuniones amenizadas por conjuntos de tres músicos, uno con acordeón, otro con tambor y otro más con guacharaca; en el medio de ellos se ubicaba un mástil con una bandera y alrededor la gente bailaba”.

Dato importante: un ejemplar de este libro se puede consultar en la biblioteca de los frailes capuchinos en la parroquia de la Divina Pastora de la ciudad de Riohacha.

– “Las cumbiambas de origen africano, eran bailes en los que se interpretaban cumbias, bullerengues, mapalés, mientras la gente hacía rondas bailando. Las cumbiambas estaban más centradas en el tambor, en ocasiones era tal el retumbar, que parecía un rugido del interior de la tierra; muchas de las bailadoras eran mujeres mayores, de oficios humildes, que mostraban gran destreza de movimientos”.

– “En la parranda se exalta la amistad, relatos centenarios la describen como una celebración, muchas veces improvisada, en la que un grupo de personas iban de una casa a otra llevando el acordeón, quedando el sorprendido anfitrión con la obligación de brindar el trago; la parranda era también un escenario para escuchar y discutir lo que sucedía en la región”.

Las colitas eran otras de las costumbres centenarias muy propias de Valledupar, su culto formato de interpretación musical consistía en un acordeón de dos hileras, bombo, redoblante y maracas (que a veces podían ser reemplazadas por una guacharaca). Cuenta el maestro: “En Villanueva, hubo un señor al que le decían “el Rey de la colita”, este formato era bastante comercial y quiso competir con las populares bandas, tocaban porro, música europea, valses, pasodobles, mazurcas y las músicas de la sabana”.

Las colitas eran organizadas y muy profesionales, sus músicos no se emborrachaban mientras realizaban su oficio, contrataban el servicio por piezas musicales o por horas; la mayoría de los líderes de las colitas eran propietarios de fincas o parcelas, y prestaban sus servicios en las salas y patios de las casas. Una costumbre de estas épocas, con nombre pintoresco, era el “barato”, según el cual uno de los asistentes a la colita se acercaba a alguna muchacha y le pedía la gentileza de concederle bailar una o piezas musicales; la negación a bailar, que muchas veces prefería la señorita, es el origen del dicho popular vallenato “ni baila, ni da barato”.

La aceptación y popularidad del acordeón

El acordeón no fue acogido inicialmente en entornos urbanos, en Riohacha por ejemplo, el ambiente musical de principios del siglo XX era antillano, allá gustaba mucho el bolero y la música cubana. El acordeón llega primero a la gente del campo.

– “Al llegar el acordeón la gente del campo empieza a acariciarlo, a tocarlo y a aprenderlo; inicialmente nadie enseñó el acordeón, sino que la actitud musical del vallenato le fue sacando las melodías y lo fue adaptando; las escuelas y academias surgieron recientemente, entre otras cosas, las academias de música vallenata han ocasionado que ahora casi todos los acordeoneros toquen igual”.

La rutina, el sello característico del acordeonero

“Antes, Luis Enrique (Martínez) era muy distinto a Alejandro Durán; Alejo muy distinto a Calixto Ochoa; Alfredo Gutiérrez, Andrés Landero, Julio de la Ossa, todos tenían un sello característico al que se le denominaba ‘La Rutina’. En cambio hoy, como la gente va a la academia a prepararse para los festivales, todos los intérpretes terminan sonando igual; en general, se parecen al estilo de Luis Enrique Martínez, no sé si lo hicieron a propósito, pero quisieron darle esa forma como se tocaba en la escuela central, como la denomina Tomás Darío (Gutiérrez).

El profesor Tomás Darío Gutiérrez, en su obra “Cultura Vallenata: Origen, Teoría y Pruebas (1992)”, que hemos tenido el gusto de comentar en este blog, clasifica los sectores subculturales de la música vallenata en cuatro grupos principales: Escuela Central, con epicentro en Valledupar; Escuela Negroide, cuyo centro es El Paso; Escuela Ribana (de allá arriba), centrada en Fonseca; y la Escuela Ribereña, hacia Plato y las sabanas del Magdalena. Cada una de estas escuelas, surgidas de la tradición y no de la academia, tienen una forma y estilo distinto.

Cómo inicia el Museo del Acordeón

Cuenta el maestro Beto Murgas, que durante años dio vueltas en su mente la idea de hacer un museo, guardaba entonces una colección interesante de fotos, acordeones y artefactos; así que un día le comentó de su interés a su gran amigo Tomás Darío Gutiérrez, y le preguntó “¿en qué me puedes apoyar?”.

El profesor Tomás, que en el año de 1985 había realizado una expedición etno-musical a la Sierra Nevada de Santa Marta, le facilitó una serie de filminas, que guardaba como soporte documental de su trabajo investigativo, aconsejándole revelarlas.

– “Entonces me encuentro con esta sorpresa maravillosa, las etnias que conviven con nosotros en la Sierra Nevada, tienen un común denominador, son seres musicales. Al revelar las filminas que Tomás Darío me facilitó, me encuentro con una cantidad de imágenes acerca del origen interpretativo de la música vallenata; kogis, arhuacos, wiwas y kankuamos, tocando tambores con baquetas, e interpretando carrizos en las gaitas hembra y macho; una figura antropomorfa de origen Tupe, tocando una especie de guacharaca”.

Todas estas fotografías, verdaderos tesoros documentales, se encuentran expuestas en la sala audiovisual del Museo del Acordeón, donde el visitante podrá apreciarlas y entederlas en su completo significado y contexto.

JOSE LUIS ROPERO
roperoaventuras @outlook.com

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