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Anarquía militar en el Imperio Romano

Mapa del imperio romano y los pueblos bárbaros del norte

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VIII EL IMPERIO MILITAR: DE VESPASIANO A DIOCLECIANO. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.

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Contenido de éste artículo.

  1. Cómodo, el otro Nerón.
  2. El despotismo y los emperadores afro-sirios.
  3. Puedes apoyar nuestro blog
  4. Medio siglo de desorden militar.
  5. Persecuciones contra los cristianos.
  6. Plotino: revive el platonismo.
  7. La amenaza de los bárbaros del norte.

Cómodo, el otro Nerón.

Nada tan trágico en la vida de Marco Aurelio como el destino de su hijo. El más noble de los emperadores romanos tuvo por sucesor a un señorito rudo y flojo. Todo en el reinado de Cómodo parece querer aniquilar la obra grandiosa de su predecesor. Sensual y sin fuerza, con una expresión aviesa y malhumorada, Cómodo aparece como prototipo del hombre abúlico. Acaso deba atribuirse a una herencia poco favorable; su madre era, en todo caso, muy inferior a su esposo.

A este emperador de diecinueve años le disgustaban las campañas agotadoras contra los enemigos de su imperio; su único deseo era volver a Roma para gozar allí de lujo y placeres. Los inmensos territorios, en defensa de los cuales consagrara su padre toda su existencia, fueron abandonados por él. En pocas semanas las fronteras del imperio retrocedieron hasta el Danubio. Cómodo obtuvo una paz que pareció lo bastante ventajosa para ser presentada como un triunfo, si bien pronto viose obligado a enviar a los jefes germanos dinero regalos para evitar que rompieran la tregua. Con todo, hubieran obrado a su antojo, de no impedirlo un cuerpo de competentes oficiales romanos, fieles a su juramento, que hicieron lo posible para frustrar las tentativas de los bárbaros.

Cómodo sentía por el escenario la misma pasión que Nerón. Su papel favorito, sin embargo, no era de Apolo; Hércules con su maza ejercía sobre él particular atracción. Su mayor alegría era matar. Incluso, apareció como gladiador, aunque bien protegido para no correr peligro alguno. Entretanto, el gobierno pasó a otras manos; pero el poder carecía de firmeza, pues la emperatriz, otras matronas tan entrometidas como ella y el prefecto de la guardia se lo disputaban. Casi siempre prevalecía la voluntad de este último.

El reinado de Cómodo duraba ya doce años, con tremendo perjuicio para su imperio, cuando acabó con él una conspiración con numerosas ramificaciones. Cómodo fue estrangulado por su profesor de esgrima. Contaba entonces treinta y un años, la misma edad que Nerón, su triste modelo, acabara también sus días.

El despotismo y los emperadores afro-sirios.

Moneda romana de oro con la efigie de emperadores
Emperador Septimio Severo o Caracalla, Julia Domna y Geta.

La situación al morir Cómodo presentaba lamentable parecido con la que reinaba a la muerte de Nerón. También esta vez fueron los pretorianos quienes se encargaron de elevar a uno de los suyos a la dignidad imperial, para asesinarlo a los tres meses, cuando trataba de frenar la arrogancia pretoriana. Se había establecido la costumbre que cada nuevo emperador colmase de oro a esta guardia. Alcanzar el trono era cosa difícil sin una bolsa bien repleta. ¡Qué tentación habían sentido estos soldadotes de hacer y deshacer emperadores lo más a menudo posible! Su cinismo llegó incluso a poner precio a la púrpura imperial. Gracias a su oferta, la más elevada -miles de monedas para cada soldado de la guardia-, un senador millonario convirtióse en emperador.

Entonces, las tropas fronterizas quisieron también intervenir. Las legiones que guardaban las fronteras orientales proclamaron emperador a su comandante en jefe; las tropas de Bretaña presentaron también su candidato; las de Panonia defendían a otro pretendiente, el africano Septimio Severo, procónsul de la región. Después de unasangrienta lucha de más de cuatro años, éste consiguió eliminar a sus rivales cual Vespasiano de su tiempo.

Con Septimio Severo, Roma conoció otro emperador de vida sencilla y sobria, monarca enérgico, fiel a su deber y organizador capaz; es decir, lo opuesto a Cómodo. Continuó la labor niveladora favorable a las provincias, a la que Trajano y Adriano dedicaran todos sus esfuerzos, aunque por motivos harto diferentes. Ambos emperadores de origen ibérico habían tenido por móvil un sentimiento de justicia hacia los pueblos tanto tiempo oprimidos. Tales consideraciones eran por completo ajenas al africano Septimio Severo. Que Roma hubiese adquirido históricamente derechos de prioridad sobre el resto del imperio, lo tenía sin cuidado. Al contrario, adoptó la norma de apartar sistemáticamente a los ciudadanos romanos de los puestos de mando del ejército y de la administración del Estado; la cumplió con máximo rigor, movido por su carácter vindicativo, uno de sus rasgos dominantes. Era raro que terminara la lucha contra sus enemigos sin haberlos aniquilado.

La magnanimidad le era desconocida. No había que esperar de su parte que practicara los métodos de Julio César. Al subir al trono hizo matar a muchos oficiales de origen romano, ocupando su lugar los suboficiales originarios de lejanas provincias. La guardia pretoriana, sobre todo, sufrió profunda modificación, a fin que el Estado quedase libre de la codicia y ambición de sus prefectos. Por tal motivo, Severo determinó licenciar a la antigua guardia y formar otra hueva, compuesta de soldados vigorosos y fieles, reclutados en Dacia, Iliria, Tracia, Siria y África. La guarnición de Roma estuvo a cargo de otras tropas reclutadas también en las provincias. A disposición del emperador quedaron fuerzas militares cuatro veces más importantes que antes. Roma se llenó de bárbaros que apenas entendían el latín.

Su autoridad abarcó además los poderes civiles. Septimio procuró proveer los puestos vacantes con oficiales y suboficiales adictos por completo a su persona. La administración fue entonces instrumento dócil en sus manos. La nueva burocracia actuó de modo más despiadado que la antigua. Con todo, el régimen no suponía un peligro para la libertad ciudadana mientras un hombre pundonoroso como Septimio Severo fuese jefe de gobierno; sólo después de su muerte, la tiranía militar se mostraría en toda su brutalidad.

El hijo mayor y sucesor de Septimio Severo es conocido en la historia por el nombre de Caracalla. Así como Calígula tomó su apellido de una bota militar, Caracalla debía el suyo a su vestido favorito, un manto céltico con capuchón. Había nacido en las Galias; su padre era africano, su madre, siria; el fruto de esta unión reunió, por así decir, los caracteres más torpes de los tres pueblos: la rudeza africana, la cautela siria y la superficialidad gala.

Septimio Severo dispuso que Caracalla reinara con su hermano menor Geta. Cuando falleció del padre, el mundo vivió durante unos meses una tensión extremada. Se esperaba que uno de los hermanos matara al otro. Nunca pudieron vivir juntos y se odiaban desde la infancia. Pronto corrió el rumor que Caracalla había intentado deshacerse de su hermano, pero Geta estaba bien protegido. Un día, su madre fue tan imprudente que convocó a ambos hermanos para intentar una reconciliación. Caracalla juzgó que aquélla era la ocasión de eliminar a su rival; obedientes a su mandato, invadieron la sala sus hombres y apuñalaron al desgraciado Geta, que murió en brazos de su madre. Caracalla purificó la espada que mató a su hermano, ofreciéndola a un templo.

Al enterarse del crimen, los propios pretorianos, horrorizados, se indignaron, pero cambiaron sus sentimientos cuando Caracalla les aumentó considerablemente el sueldo.Esta generosidad hacia ellos hizo que proclamasen a Geta enemigo del Estado, jurando fidelidad a Caracalla.

Las furias se desencadenaron en Roma. Los sicarios del emperador trataron la ciudad como país conquistado. Las matanzas se extendieron a las provincias. La soldadesca asesinó a más de veinte mil personas, so pretexto que eran partidarios de Geta.

A pesar de su incapacidad y traiciones, Caracalla consiguió mantener con sus larguezas el favor de los soldados. La confiscación de los bienes de aquellas veinte mil víctimas le proporcionaron los fondos necesarios para pagar su abnegación. Pero éstos se agotaron y hubo dé buscar con urgencia otros medios. Uno de ellos fue la devaluación de la moneda, iniciaba ya con sus inmediatos predecesores; otro, el edicto promulgado en el año 212, que convirtió en ciudadanos romanos a la mayor parte de los hombres libres del imperio, de suerte que, en adelante, se les podía gravar con los mismos impuestos que a los habitantes de Italia. Fue la más importante consecuencia de la nivelación comenzada en el reinado de Augusto. Por lo demás, la reforma resultaba inoperante, ya que el despotismo y la burocracia habían aniquilado la libertad: se concedían derechos civiles a todos en un momento en que las responsabilidades cívicas habían desaparecido.

Caracalla acariciaba el proyecto de reunir, por medio de un enlace matrimonial dinástico, las dos grandes potencias de su tiempo: el imperio romano y el de los partos. Con amenazas bélicas, ofreció al rey de los partos una alianza sellada por el matrimonio del emperador romano con la hija del rey. Fundiendo así ambos imperios en una unión personal, ya no habría necesidad en lo sucesivo de enfrentar a la infantería más disciplinada del mundo con la mejor caballería que se conocía; las riquezas materiales de ambos se complementarían a maravilla; el legado cultural de cada pueblo ejercería acción fecundante sobre el otro. No puede negarse que, pese a sus crímenes, Caracalla proyectaba sus ideas con perspectiva universal.

La muerte prematura del tirano hizo que naufragaran sus proyectos. En medio de sus «fieles», durante la campaña de 217 contra los partos, Caracalla fue asesinado por un oficial de su guardia germánica, a quien imprudentemente había ofendido. De nada le sirvieron al tirano las riquezas sacrificadas para hacer de sus soldados instrumentos dóciles. Al morir, apenas contaba veintinueve años; su reinado había durado seis.

Le sucedió Basiano, uno de sus parientes por parte materna, que la historia conoce con el nombre de Heliogábalo. Este sirio, muy joven aún, no le cedía en degenerado. Su nombre le venía del dios sol sirio, de uno de cuyos templos fue sacerdote. Una vez emperador, hizo cuanto pudo para introducir el culto de su dios en Occidente. Con ello no hizo más que incrementar la inmoralidad oriental dominante en Roma. El emperador se entregó a orgías con toda clase de esclavos, danzantes e histriones de la peor ralea, hez de la sociedad que gozaba la triste fama de sus desvergonzados desórdenes.

Los ritos orientales sumían a los romanos en una especie de embriaguez similar a la del opio; pero algunos rudos mercenarios se avergonzaron de tener un emperador que elevaba vicios nefandos a la categoría de religión. La guardia, olvidando su juramento de fidelidad y obediencia, asesinó al emperador y a sus miserables ministros. Su cadáver fue arrastrado por las calles y arrojado al Tíber. Así acabó, en el año 221, ese aquelarre de brujería que duró cuatro años, una de las páginas más sombrías de la historia romana. Ninguno de los monstruos con figura humana ocupantes del trono de Roma alcanzó larga vida: Calígula, Nerón, Cómodo y Caracalla llegaron a los treinta, y Heliogábalo, a no más de veintiún años. Al terminar su breve reinado, la economía del Estado sehallaba al borde de la quiebra. El propio gobierno no quiso reconocer la moneda suplementaria que mandara acuñar Heliogábalo, y exigió los pagos en oro.

A Heliogábalo le sucedió su primo Alejandro Severo, quien, con apenas trece años, no podía gobernar. Su madre, la prudente Julia Mamea, se encargó de la regencia, pero fue incapaz de imponer respeto a los mercenarios desenfrenados en una época en que la escasez crónica de dinero obligaba al gobierno a reducir salarios y a licenciar oficiales y tropa. Los soldados despedidos formaban bandas que hacían peligrosas las vías de comunicación. Al ser Alejandro adulto, demostró sentido de la responsabilidad y fervoroso idealismo, como un Marco Aurelio con tendencias orientalizantes al
misticismo.

Procuró mantener el orden y la ley y mostró un real amor a la humanidad, esforzándose en aligerar las cargas fiscales y en reorganizar las instituciones caritativas creadas por Trajano, que se habían arruinado por repetidas inflaciones y mala administración de los emperadores precedentes. Alejandro adoptó también medidas contra la ostentación, el lujo y la inmoralidad; pero tenía un carácter blando en exceso en un tiempo en que el imperio necesitaba una mano de hierro. Los soldados de la guardia no le disimulaban su desprecio y se amotinaron más de una vez. Las rebeliones militares y proclamaciones simultáneas de emperadores menudearon durante el reinado de Alejandro Severo.

Esta situación era tanto más peligrosa cuanto que una nueva amenaza surgía en el Este. El imperio de los partos no se había recuperado de los golpes asestados por Trajano, pero uno de sus sátrapas, Artajerjes, se proclamó independiente en el año 226, y después de una guerra victoriosa que duró varios años, acabó en definitiva con el imperio de los partos. Así nació un poderoso Estado neopersa: la dinastía sasánida, que restauró en todos los aspectos las antiguas tradiciones del imperio persa. Los monarcas se titularon «rey de reyes»; decían descender del gran Ciro y revitalizaron la religión de Zoroastro. Desde la época de Trajano, los romanos habían considerado débil e inofensivo al imperio vecino, pero al presente sintieron la amenaza de un nuevo y poderoso Estado oriental, cuyos soberanos soñaban con restablecer las fronteras de Ciro y avanzar hasta las orillas del Mediterráneo. ¿De qué servirían las legiones sirias, integradas por hombres relajados, frente a un enemigo tan decidido? ¿Serían útiles Alejandro y su madre en Oriente? Ni él ni las tropas escogidas de las fronteras del Rin y del Danubio serían capaces de resistir el calor y el clima insalubre de Mesopotamia.

Declarada una epidemia entre las tropas, fue forzoso retirarlas. Los persas no las persiguieron, pero el prestigio de Roma experimentó gran quebranto. Más grave era que, para mantenerlo en Oriente, fuese necesario desguarnecer las defensas del Rin y del Danubio, y dejar el limes expuesto de continuo a los ataques de los bárbaros que golpeaban cada vez con más fuerza a las puertas del Imperio. Hasta entonces se había visto de vez en cuando que las tribus germánicas unían sus esfuerzos contra el Imperio. Ahora se asociaban en amplias alianzas dirigidas por jefes poderosos y proyectaban, según planes preconcebidos, «su fuerza de choque» sobre puntos determinados, donde sabían que los romanos sólo disponían de reducidos efectivos de ocupación. Las defensas fronterizas no bastaban para resistir tales ataques; los romanos viéronse obligados a retirarse a la orilla izquierda del Rin. Algunas tribus germánicas penetraron profundamente en las Galias y otras en los países danubianos.

Los germanos no adquirieron mejor opinión del imperio cuando Alejandro decidió tratar con ellos y prometerles dinero y tierras, con tal que se mantuvieran tranquilos. Fue el golpe de gracia a la poca autoridad que Alejandro conservaba ante sus tropas. Desde tiempo atrás, los soldados tildaban de avaricia el espíritu económico del emperador y desu madre. Les fue fácil desencadenar una rebelión general. En el año 235, Alejandro y Mamea eran asesinados por los amotinados en un campamento a orillas del Rin.

Medio siglo de desorden militar.

El cabecilla de los sublevados era un centurión llamado Maximino, hijo de un campesino de Tracia. Los compañeros admiraban su formidable fuerza física. Gracias a sus excelentes cualidades había podido escalar muy rápido la jerarquía militar. Este antiguo legionario era la imagen personificada de la insolencia sin límites y la arrogancia bruta típicas del oficial salido de la soldadesca.

Durante el medio siglo siguiente, la historia de Roma se redujo casi a la ininterrumpida lucha por defender sus fronteras. Esta guerra tuvo como consecuencia que el ejército dispusiera desde entonces del Imperio y eligiera a sus emperadores. La autoridad no emanaba ya de Roma, sino del cuartel general del ejército, una autoridad que había escapado de manos de los mandos supremos y pasaba a los soldados. En nombre del derecho que les concedía su número y su fuerza, aceptaban o rehusaban a su antojo las órdenes recibidas. Mientras Maximino, primer bárbaro que vistiera la toga imperial, fue obedecido algún tiempo, el «emperador-soldado» pudo inclinar otra vez la victoria hacia los romanos. Las legiones atravesaron de nuevo el Rin, penetraron sin obstáculos en territorios ocupados por los germanos y derrotaron a éstos en violentos combates. Sin embargo, no podía esperarse del espíritu del nuevo emperador otra cosa que entablar batallas y atender a la subsistencia de sus tropas. Los impuestos eran pocos a su parecer y su percepción demasiado lenta; el pillaje en gran escala daba mejores resultados. Robar y matar: he ahí dos palabras características del reinado de este advenedizo.

En un esfuerzo supremo, digno de sus mejores tiempos, el Senado romano se sublevó, eligió su propio emperador y se preparó para la guerra civil, reclutando tropas en toda Italia y forjando armas. Todas las clases sociales acogieron con entusiasmo esa guerra contra el tracio y sus bárbaros del norte. Cuando, procedente de Panonia, invadió Maximino el norte de Italia, encontró una resistencia tenaz y sufrió graves pérdidas. Después de sus últimos reveses, también los soldados se sublevaron. El tracio rabiaba de cólera. Su reinado duró tres años. Mientras se esforzaba en rehacer su fortuna anterior, fue asesinado por los amotinados, junto con su hijo, designado para sucederlo.

Luego, los emperadores surgidos del ejército se sucedieron a un ritmo tan rápido, que resulta prolijo detallar la embrollada historia de los años siguientes. Hubo pocos hombres capaces entre los emperadores de esa época. Sus reinados fueron tan breves que no tuvieron ocasión de mostrar sus dotes. No sólo tenían que enfrentarse con toda clase de pretendientes al trono, sino también contra los repetidos ataques de los bárbaros. El imperio atravesó un estado de crisis permanente que obligó a sus jefes a acudir sin cesar a los lugares amenazados, ya para detener una invasión, ya para reprimir una revuelta. La mayoría de ellos acabaron sus días en forma que llegó a ser habitual entre los emperadores romanos: asesinados por sus tropas. Y lo peor era que ya no se trataba de déspotas como Cómodo, Caracalla o Heliogábalo, quienes perdían así la vida, sino de emperadores que querían restablecer el orden y castigar a los delincuentes, ya que por tierra y mar pululaban bandas de criminales. Los legionarios, en otro tiempo célebres por su disciplina, integraban ahora bandas desenfrenadas, la mayoría de origen germánico.

El menor motivo de descontento era para los soldados un pretexto para asesinar a su emperador y proclamar a otro en su lugar. Roma tuvo en algunas oportunidadesvarios emperadores simultáneos, elegidos por los distintos ejércitos acantonados en los diversos rincones del imperio. Éste temblaba en sus cimientos.

Para colmo de desdichas, el hambre y las pestes, consecuencias del estado de guerra permanente, provocaban más víctimas que las causadas por el enemigo. Poblaciones humildes tuvieron que alimentar a las tropas encargadas de su defensa.

La angustia económica dio lugar a tal estado de inflación crónica, que los emperadores recurrieron sin escrúpulos a la acuñación de moneda falsa, alterando su ley: en dds o tres generaciones, el denario de plata perdió casi el 98% de su valor. Esta crisis monetaria perjudicó al comercio y a la industria. Al menguar la confianza en la moneda como valor del cambio, se volvió a las permutas y trueques. Ni siquiera el Estado pagaba a sus obreros y soldados más que en especie. Se volvió, pues, a las formas primarias de la economía. En este aspecto, la Edad Media aparecía ya en el horizonte.

Aquel medio siglo (235-284) fue infernal. Triunfaron los más bajos instintos del populacho, y el legado de la civilización antigua quedó depreciado. La Iglesia cristiana ofrecía cierta esperanza, pero remota, dada la persecución generalizada y sistemática que decretó en 250 el enérgico emperador Decio para defender la unidad imperial.

Persecuciones contra los cristianos.

Infografía de las persecuciones a los cristianos en el imperio romano
Desde los tiempos de Nerón hasta el edicto de Milán (año 313) los cristianos sufrieron 250 años de persecución en Roma.

La persecución contra el Cristianismo entró en una nueva fase. En lo sucesivo, no fue el resultado de una turba excitada que gritara ciega de odio: «¡A los leones, a los leones!» Al motivo religioso sucedió el político. La sociedad romana dirigía ahora sus ataques contra los adeptos del galileo con calculada frialdad, como en tiempo de las proscripciones de Sila. Las persecuciones fueron dirigidas, en primer lugar, contra los obispos. El fin perseguido era privar a los cristianos de sus directores de conciencia. Documentos procedentes de todas partes del imperio nos revelan la forma metódica con que las autoridades locales ponían en ejecución las órdenes imperiales. Según varios papiros egipcios, se deduce que en cada aldea se había instituido una comisión de sacrificios, ante la que debía comparecer todo sospechoso de ser cristiano. El único modo de escapar al martirio o a la proscripción y confiscación de bienes era sacrificar a los dioses paganos, entre ellos al emperador, y comer la carne de los sacrificios. Quienes cumplimentaban esta prueba, solicitaban de la comisión un testimonio escrito.

Se han conservado algunos de estos documentos. Así, uno de ellos dice: «A la comisión de sacrificios de la aldea de Alejandro Nesos, Aurelio Diógenes, hijo de Sabatus, de unos 72 años de edad, que lleva una cicatriz en la sien derecha, dice: he sacrificado siempre con fidelidad a los dioses y hoy he participado, en vuestra presencia, en los sacrificios y libaciones prescritos y he comido de la carne sacrificada. En prueba de ello, solicito vuestro testimonio. Yo, Aurelio Diógenes, os he dirigido esta instancia». Un miembro de la comisión glosa la solicitud con esta frase: «Yo, Aurelio Siro, te he visto participar en los sacrificios, en el primer año del reinado del Emperador Decio».

Muchos cristianos buscaron su salvación en la fuga o en la apostasía. Uno de los padres de la Iglesia dice a tal propósito: «Se vio al hijo renegar de su padre, y al padre renunciar a su hijo. con el único fin de salvar la vida». Hubo, sin embargo, muchos dispuestos a sacrificarlo todo por su fe. Orígenes, padre de la Iglesia, hombre muy
dotado y de elevada cultura, fue encadenado, torturado y amenazado con la hoguera, pero nada pudo cambiar a este «hombre de hierro». Cuando, al fin, lo soltaron, la salud de aquel anciano de sesenta y cinco años estaba quebrantada y ya no vivió mucho tiempo.

Prohibidas las reuniones de los cristianos, éstos se congregaban en los cementerios subterráneos que, corno guaridas de ratones, tenían horadados en un amplio radio los suburbios de Roma. Estas catacumbas en forma de corredores, que puestos en línea podían medir decenas de kilómetros, constaban a veces de varios pisos. Allí junto a las reliquias de sus mártires, solían celebrar la eucaristía y animarse mutuamente a perseverar en la fe; Cristo aparece repetidamente figurado en las catacumbas como un pastor cargando sobre sus hombros a una pequeña oveja; probable símbolo del cristiano indefenso e intimidado ante el tormento, mas también confiado en que el buen pastor lo aliviaría.

Plotino: revive el platonismo.

Infografía representativa del neoplatonismo medieval

Nunca la santidad o el pecado han sido monopolio de un grupo social. Si los cristianos tuvieron sus desertores, que Tertuliano se negaba a readmitir en la comunidad eclesial, también había paganos místicos, como el egipcio Plotino. Después de tomar once años parte en la tertulia del platonizante Antonio Sacas, en Antioquía, partió hacia la India a beber en su misma fuente los principios expuestos por Pitágoras y Platón en Occidente; pero escapando a duras penas de atroces peligros, debió regresar a Alejandría. Frisando en los cuarenta, estableció una prestigiosa escuela en Roma, donde llegó a ganar la simpatía del emperador Galieno en favor de su proyecto «Platonópolis»: la fundación y organización de una ciudad según el modelo descrito en La República. Viejo ya, puso por escrito, a instancias de su discípulo Porfirio, sus difíciles disquisiciones en las “Enéadas”. A través de san Agustín y Hegel, las seis Enéadas habían de ejercer honda influencia en la teología escolástica y en la teosofía contemporánea, respectivamente.

Plotino se plantea el eterno problema de las relaciones entre el Absoluto y lo relativo, entre Dios y las criaturas: ¿en qué pueden comunicarse, y cómo, la realidad contingente -que hoy existe y mañana no, que es repetible, variada e inquieta a causa de sus carencias- y el Absoluto que aquella realidad contingente postula, a saber, lo que permanece intacto, lo que no puede no ser único, lo que, por incluir todo lo que en la creación está disperso, nada necesita, es perfecto?

Según Plotino, lo Uno se particulariza sin sufrir menoscabo en su unidad, «porque la particularización se produce por emanación: de lo Uno emana, necesariamente, el mundo inteligible (Nus), de éste el Alma universal y de ésta las almas particulares que dan forma y mueven a los cuerpos. El sentido de la vida y de todo lo particular es volver al seno de lo Uno. El camino del retorno se sigue de dos formas: los entes sin inteligencia, a través de la evolución, y los hombres, a través de la contemplación de lo Uno (o sea, el nirvana). A la contemplación se accede desprendiéndose de las cosas sensibles.

En la filosofía panteísta de Plotino, el alma es de suyo única y atemporal. Por eso no le podemos atribuir percepciones, memoria ni razonamientos, pues éstos son instrumentos de las que se vale para funcionar en el mundo sensible. El alma no está fragmentada como los cuerpos, pero se divide cuando llega a ellos. Si dirigimos nuestra alma hacia las regiones pluralizadas donde el odio separa, el alma desconocerá su identidad con las demás almas y por ende se desconocerá a sí misma.

Cargados de sugerencias son sus comentarios al Banquete, de Platón. En los siguientes extractos del capítulo 5 de la Enéada III, afirma que el amor es materia, es insaciable y se relaciona al Bien:

  1. El Amor no es puro, ya que contiene en si mismo un deseo indeterminado, irracional, indefinido; ahora bien, mal podrá ser satisfecho en tanto contenga en sí mismo la naturaleza de la indeterminación. Depende del alma, que es su principio generador; es una mezcla constituida por una razón que, en lugar de permanecer en sí misma, se mezcla a la indeterminación. (Por lo demás, no es la razón misma, sino su emanación lo que se mezcla a la indeterminación).

    El amor es, pues, semejante a un tábano; indigente por su naturaleza, sigue siendo siempre indigente, consiga lo que consiga; no podría hartarse, porque un ser mixto mal puede ahitarse; porque ningún ser puede verse realmente saciado si no es por su naturaleza capaz de alcanzar plenitud; en cuanto a aquel a quien su naturaleza le induce a desear, ése no puede retener nada, aun cuando por un momento llegue a saciarse.
  2. El Amor debe su existencia al deseo del Alma que aspira a lo mejor y al Bien. Es un ser mixto; participa de la indigencia (penia), puesto que tiene necesidad de saciarse, y participa también de la abundancia (poros, ya que se esfuerza por adquirir el bien que le falta aún (quien estuviese totalmente desprovisto de bien, no sabrá buscarlos). Con razón se dice, pues, que el Amor es hijo de Poros y Penia; son, en efecto, la carencia, el deseo y la reminiscencia de las razones (ideas) quienes, reunidos en el Alma, han engendrado en ella la aspiración al Bien que constituye el Amor.

    Ahora bien, penia es la materia, porque ésta es la completa indigencia. La misma indeterminación que caracteriza al deseo del Bien hace que desempeñe el papel de materia el ser que desea el Bien (además, tiene que ser materia, porque no puede ser formal; (porque un ser en cuanto permanece en sí, es una forma; pero considerado en tanto que desea, no podría tener forma ni razón). Así, pues, desde el punto en que desea recibir una nueva perfección, es materia con relación al ser que espera recibir esa perfección.

La amenaza de los bárbaros del norte.

Mapa del imperio romano y los pueblos bárbaros del norte
El Imperio Romano tardío y los pueblos bárbaros de su periferia.

Hacia el año 250, ya no fue posible a los romanos defender sus fronteras contra los bárbaros. La lucha se entabló en el mismo suelo de Italia. Los enemigos más temibles eran entonces los godos, pueblo germánico que contrajo la desagradable costumbre de exigir un tributo anual al emperador. Cada vez que se retrasaba el pago, cruzaban el Danubio y pillaban hasta que se les daba satisfacción. Incluso, algunas legiones romanas de guarnición en el Danubio pidieron que las tribus godas las ayudasen contra el emperador. En tiempos del emperador Galieno (260-269), los godos y otros pueblos germánicos penetraron profundamente a través de Grecia. A veces sembrando por doquier desolación y ruina; a veces, en son de masivas migraciones, franqueando el Danubio para establecerse en territorios propiamente romanos. Más detrescientos mil hombres atravesaron el río con mujeres y niños, enseres y animales. Luego se dividieron en dos grupos: uno de ellos se dirigió a Macedonia y Grecia, y el otro, a través de Mesia, hacia la Servia y Bulgaria actuales. No se trataba precisamente de una expedición de latrocinio, sino más bien de una «invasión pacífica». Pero el sucesor de Galieno, Claudio II -un capitán muy distinto de su homónimo de doscientos años antes-, infligió a los invasores una aplastante derrota en Naissus (la actual Nich, en Yugoslavia), una de las batallas más sangrientas que entablaron los romanos. Perecieron allí cincuenta mil germanos. El pueblo godo no pudo reponerse en mucho tiempo del tremendo desastre sufrido (año 269).

Pero tampoco los romanos conservaron largo tiempo a «Claudio II el Gótico»: un año después de su gran victoria, fue arrebatado por la peste, plaga que solía seguir siempre a cada invasión de los bárbaros. De acuerdo con la voluntad manifestada por él mismo, le sucedió Aureliano, su mejor general, hijo de un pobre campesino. Aureliano había contribuido en gran manera a la victoria contra los godos. Decretó que «el soldado tenía que conquistar su botín al enemigo, no a sus conciudadanos».

Defendió con la mayor energía las fronteras del imperio. Forzó a abdicar a uno de sus adversarios, que se había proclamado emperador en las Galias, y devolvió al dominio de Roma las provincias occidentales. En Oriente, la ambiciosa, bellísima e inteligente reina Zenobia, había creado un reino propio con centro en la ciudad de Palmira, sita en el desierto, entre Damasco y el Éufrates. Su esposo, el príncipe árabe Odenato, había expulsado a los persas de Siria, Armenia y Mesopotamia en tiempo del Emperador Galieno; en agradecimiento, los romanos le habían confiado el gobierno de las provincias orientales. Al ser asesinado en el año 267 por uno de sus parientes, su joven esposa tomó las riendas del Estado en nombre de su hijo. Pese a la ventajosa posición que ocupara, Odenato habíase mostrado siempre leal al emperador; pero Zenobia, nueva Cleopatra, soñaba con dominar todo Oriente. Sus tropas ocuparon Egipto y la zona oriental de Asia menor, y exigió para su hijo la corona del Imperio Romano.

En 272, Aureliano se movilizó contra ella. Zenobia, armada de pies a cabeza, condujo por si misma a sus soldados contra las legiones romanas; la sangrienta derrota que experimentó en Siria acabó con sus planes ambiciosos. Palmira rindióse tras un asedio de corta duración, y la orgullosa reina fue conducida encadenada a Roma. Aureliano tuvo al principio intención de perdonar a la ciudad de Palmira; sin embargo, la mandó arrasar cuando sus habitantes intentaron rebelarse. Hoy sólo queda un miserable villorrio en el lugar donde antes se irguiera la esplendorosa Palmira: las ruinas de la ciudad son las más bellas que se han conservado de la época romana y atraen a muchos turistas que visitan el Cercano Oriente.

Las continuas luchas de Aureliano con los pueblos germánicos lo inclinaron a un compromiso. Dio satisfacción a los godos que necesitaban nuevas tierras fértiles para su pueblo que crecía sin cesar y les permitió, en el año 275, establecerse en la provincia de Dacia. Los romanos no sacrificaban con gusto los territorios conquistados por Trajano, ni la fuerte muralla que las montañas de Transilvania ofrecían, pero los obligaba a ello la necesidad.

La recia personalidad de Aureliano despertó, por supuesto, la admiración de sus súbditos; pero había oficiales que no soportaban la severa disciplina impuesta al ejército. Cierto día, el emperador reprendió a un secretario por negligencia. Como el secretario conocía a su dueño, empezó a temer lo peor. Falsificó la escritura del Emperador en una lista en la que figuraba su propio nombre y el de algunos oficiales de categoría: la enseñó a los interesados, fingiendo que era una orden de ejecución queacababa de interceptar. En vista de ello, resolvieron ganarle la mano al emperador, suprimiéndolo a la primera ocasión. Así ocurrió: en Bizancio (275).

Retrato antiguo de un hombre y portada de un libro
Profesor Carl Grimberg y la portada del tomo III de su Historia Universal.

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VIII EL IMPERIO MILITAR: DE VESPASIANO A DIOCLECIANO. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.

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