La Segunda Guerra Púnica

Mapa de las guerras punicas

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO II ROMA GRAN POTENCIA, LAS GUERRAS PÚNICAS. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.

CONTENIDO DE ESTE ARTÍCULO.
1. Cartago recobra fuerzas en España.
2. Sagunto.

Cartago recobra fuerzas en España

Tras lo ocurrido en Sicilia, los cartagineses comprendieron (si no lo habían juzgado ya así) que debían considerar la paz de 241 a. C. como un armisticio. Nadie lo sabía mejor que Amílcar y su yerno Asdrúbal. Determinaron pues, buscar en España una compensación a las pérdidas que sufrió su ciudad natal. España poseía ricas minas de plata que, explotadas racionalmente, podrían sufragar las indemnizaciones cartaginesas y proporcionar dinero y recursos para futuras guerras; además, los habitantes de la península ibérica eran excelentes soldados; esto último era muy importante. Cartago acababa de enfrentarse con una rebelión de mercenarios desocupados y sin dinero a causa del tratado de paz de 241. El conflicto, llamado “guerra despiadada” por sus crueldades, duró tres años e indignó a la clase comerciante, que trató a todo trance de alejar a la facción militar, orientándola hacia la conquista de España.

Cuatro años después del tratado de paz, Amílcar condujo sus tropas a esta península, donde los cartagineses poseían ya Gades y otros puertos comerciales. Apoyándose en estas plazas, Amílcar dedicó su talento de estratega y su inteligencia política a crear un nuevo Estado cartaginés homogéneo que agrupara las regiones fértiles del litoral mediterráneo y se extendiese por el norte hasta el Ebro. Halló resistencia en los tartesios de Andalucía y otras tribus, a las que fueron arrollando; Indortes, Istolacio y otros jefes ibéricos fueron crucificados. Tras nueve años de campañas victoriosas, el prestigio de los cartagineses quedaba restablecido y podían además, disponer de los recursos mineros y humanos de España, de su economía y de sus enormes posibilidades. Prosiguió su ruta triunfal hacia el sudeste peninsular, pero el príncipe de los oretanos, Orisón, le obligó a retirarse y le derrotó. Amílcar pereció al vadear un río (229 a. C.).

Los romanos tardaron en comprender lo que ocurría en la lejana Iberia. Los éxitos cartagineses les inspiraban alguna que otra inquietud, pero se tranquilizaron al morir Amílcar. Desaparecido el gran estratega, creían los romanos que sus ambiciosos proyectos también desaparecerían con él. Olvidaban a Asdrúbal, heredero espiritual de Amílcar, y a Aníbal, el hijo del gran general. Por otra parte, los romanos pretendían acabar con sus enemigos más próximos, los galos, que ocupaban la llanura del Po, antes de emprender una nueva guerra contra Cartago.

Asdrúbal, yerno de Amílcar y jefe de la flota, trató de vengarle. Con fuerzas poderosas atacó el país de los oretanos (alto Guadiana) y se adueñó de sus principales poblados. Más tarde procuró congraciarse con los íberos, casándose con una princesa hispánica. Reclutó un ejército de 50000 infantes y 6000 caballos, al que añadió 200 elefantes africanos. Luego buscó una base de operaciones junto al mar y la halló inmejorable en el puerto natural de Cartagena, ciudad fundada por él (Nueva Cartago). En 226 a. C. pactó con los romanos el tratado del Ebro, por el que se fijaba este río como frontera septentrional de la expansión cartaginesa. Cinco años después, Asdrúbal perecía víctima de una venganza privada.

Asdrúbal fue asesinado en la época en que Roma sometía a los galos. Aníbal, el hijo mayor de Amílcar, tomó en sus manos el gobierno hispanocartaginés. Tenía veintiséis años y era el vivo retrato de su padre. Sobre esto cuenta Tito Livio:

Los soldados veteranos creían que era una reencarnación de Amílcar. Veían en él la misma vivacidad de expresión, la misma energía en la mirada, su aire, sus rasgos. No había general con quien los soldados tuvieran más confianza y más valor. Era el más audaz para afrontar los peligros y el más prudente ante los mismos; ningún trabajo fatigaba su cuerpo ni doblegaba su espíritu; comía y bebía lo estrictamente necesario y nunca se dejaba llevar de la gula; cuando se trataba de velar o de dormir, no le importaba el día ni la noche; el tiempo que le dejaba libre el trabajo lo dedicaba al reposo y para ello no pedía cama blanda ni silencio; muchos le vieron, a menudo cubierto con un manto militar, tendido entre los centinelas y en los puestos de avanzada, y vestía como los demás jóvenes de su edad: lo único que escogía eran las armas y los caballos. Tanto entre los jinetes como entre los infantes era sin discusión el mejor; el primero en empezar el combate y el último en retirarse de él.

Sagunto

Busto de Anibal barca de Cartago
Aníbal Barca, busto de Mommsen.

La primera guerra púnica había empezado en Mesina; la segunda estalló en Sagunto, ciudad situada en el Levante español, cerca de Valencia. Como en Mesina, la política de Sagunto la compartían dos facciones: la de los romanos y la de los cartaginenses. Para evitar las traiciones, los partidarios de Roma desterraron o mataron a sus adversarios políticos. Algunos acudieron a pedir ayuda a Cartago, y esta autorizó a Aníbal para intervenir en Sagunto; el partido romano, dominante en la ciudad, se dirigió a Roma y esta tomó a Sagunto bajo su protección. No obstante, Aníbal inició las operaciones y puso sitio a la población española en el año 219.

Con anterioridad, a título de ejercicio y ensayo militar, y para dejar sometida su retaguardia, Aníbal emprendió la conquista de la mayor parte de la meseta hispánica. Recorrió victorioso el país de los olcades, en el borde oriental manchego y se dirigió luego hacua el noroeste, a la meseta castellano-leonesa, donde se apoderó de las más importantes localidades de los vacceos, Helmantica (Salamanca) y Arbucala (Toro). Volvió luego sobre sus pasos, atravesando los montes del Sistema Central y venció a los carpetanos en la cuenca media del Tajo. Con esta campaña adquirió fama, experiencia y recursos, y logró ensanchar al máximo los límites del nuevo imperio cartaginés peninsular, cuya capital era Cartagena.

Parece que los romanos contemporizaron hasta el último momento antes de mezclarse en esta nueva guerra. Mientras, Sagunto soportó durante ocho meses un asedio terrible sin recibir la menor ayuda de Roma. El propio Aníbal fue herido por un dardo en un asalto. Fracasado un intento de negociaciones, nuevas ofensivas cartaginesas lograron la conquista de la heróica y tenaz población. Destruida Sagunto, Roma envió embajadores pidiendo a Cartago la cabeza de Aníbal. El gran consejo rechazó esta solicitud con indignación y los enviados romanos acogieron repulsa en silencio; quien capitaneaba la embajada alzó la orla de su toga hasta el pecho y exclamó “aquí os traigo la paz o la guerra, elegid”. Los cartagineses le respondieron con la misma rudeza que escogiera lo que quisiera. El romano les contestó que la guerra, y los cartagineses aceptaron.

En realidad la destrucción de Sagunto no fue la única causa de la nueva guerra, sino un pretexto que precipitó la ruptura de las hostilidades. La causa real era mucho más profunda. Respecto a Cartago, hay que buscarla en la pérdida de Sicilia y sobre todo, en la escandalosa intervención de Roma en Cerdeña y las exigencias tributarias que ello significaba.

Retrato antiguo de un hombre y portada de un libro
Profesor Carl Grimberg y la portada del tomo III de su Historia Universal.

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO II ROMA GRAN POTENCIA, LAS GUERRAS PÚNICAS. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.

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