VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VIII EL IMPERIO MILITAR: DE VESPASIANO A DIOCLECIANO. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.
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Contenido de éste artículo.
- Nerva y Trajano.
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- Conquista de la Dacia.
- Correspondencia de Plinio el Joven.
- Elio Adriano.
- Antonio Pío y Maco Aurelio.
- Luciano de Samosata.
Nerva y Trajano.
A la muerte de Domiciano, el Senado designó por su cuenta un sucesor al trono. Nombró emperador a uno de sus miembros, el senador Nerva, de sesenta años de edad. Nerva era un jurista muy estimado y no un hombre autoritario; por su parte, el Senado no podía apoyar al nuevo emperador todo lo necesario, pues Domiciano había hecho asesinar a casi todos los senadores de mayor prestigio. Para los pretorianos, un césar tan poco militar como Nerva no significaba nada o muy poca cosa; para no quedar impotente ante ellos, el nuevo césar adoptó a uno de los generales más famosos, Trajano, y lo hizo su co-regente.
Roma iba a disfrutar unos tiempos felices bajo el mandato de estos dos excelentes jefes. Nerva puso orden en la corte, en la burocracia y en la economía. Confiscó los bienes de Domiciano y sacrificó de buen grado su inmensa fortuna personal en interés del Estado. Murió esos años después y Trajano se convirtió en dueño de Roma.
Trajano fue el primer «provinciano» que ocupó el trono. Nacido en España, pertenecía a una familia de emigrados romanos. El nuevo soberano fue un Julio César en tono menor, caballeresco, simpático y siempre dispuesto a poner su talento al servicio del pueblo. Por su origen provinciano, se hallaba muy bien informado de la situación y problemas de los territorios conquistados. Se esforzó por asegurar su prosperidad e impulsó su romanización otorgando la igualdad de derechos con la metrópoli, ya iniciada en tiempo de César.

No obstante su interés por las provincias, Trajano se percataba del peligro que amenazaba en especial a la madre patria: la disminución el número de nacimientos, fenómeno que se dejaba sentir ya en recia. Aunque en vano, Augusto había combatido con medidas legislativas la falta de nacimientos entre las clases dirigentes. Nerva empleó otro procedimiento: la educación de los niños pobres a cargo del Estado.
Trajano siguió el mismo camino. Se deduce de dos inscripciones de su época; una, procedente de una ciudad pequeña de Italia septentrional, donde el emperador ofrecía un millón de sestercios, cantidad cuyos intereses mensuales debían ser asignados a mantener y educar a unos trescientos niños legítimos, aunque pobres. Otra inscripción detalla que el emperador ofreció dinero varias veces a la ciudad de Benevento, Italia meridional, con el mismo objetivo. En la propia Roma, Trajano aseguró con fondos del
Estado el mantenimiento de cinco mil niños pobres. Algunos sucesores de Trajano continuaron su obra y varios particulares siguieron el ejemplo del emperador.
La correspondencia entre Trajano y Plinio el Joven nos proporciona datos acerca de la obra realizada por el emperador. Plinio era entonces gobernador de Bitinia, en la costa meridional del mar Negro. Las cartas conservadas evidencian que el emperador quería estar informado, hasta en los menores detalles, de la administración de las provincias.
Esta interesante correspondencia ilumina las relaciones entre la administración romana. En la época de Trajano no puede hablarse de una campaña persecutoria a lo Nerón o Domiciano, pero sí de un estado permanente de malquerencia, como ocurriría, por lo demás, todavía más de siglo y medio. La religión cristiana aún era considerada asocial y condenable.
Es preciso dedicar unos párrafos especiales a los monumentos erigidos por Trajano en Roma.
Ya en tiempo de César, el antiguo y venerable Foro romano resultaba pequeño como centro administrativo de la capital del mundo. En el año 46 a. C. César inauguró el nuevo Forum Julium, con su templo dedicado a Venus, la madre de la gens Iulia. Fue la primera de una larga serie de plazas imperiales que, desde las excavaciones ordenadas por Mussolini, ha ido extendiendo su área de ruinas al nordeste del Viejo Foro. La más bella es la plaza de Trajano, casi tan grande como las otras cuatro juntas; en ella se desarrollaron los fastos más grandiosos del imperio romano durante mucho tiempo.
Reconstruyéndola hoy, sería una plaza de unos trescientos metros de largo por cerca de ciento cincuenta de ancho. En el extremo semicircular noroeste, el emperador Adriano erigió más tarde un templo a su predecesor. A través del espacio libre se levantaba una basílica de cinco naves, la Basílica Ulpia (de Ulpio, apellido familiar del emperador). Basílica, «edificio real», era el nombre helenístico que los romanos daban a una construcción destinada a reuniones públicas o mercantiles. Lo frecuente era que la basílica estuviese dividida en tres naves por dos líneas de columnas y rematase en un espacio elevado que servía de tribunal. La basílica sirvió de modelo para las futuras iglesias cristianas, por lo que éstas conservaron aquel mismo nombre.
Entre la basílica y el templo, la columna triunfal de Trajano ostenta aún los relieves originales que, enroscándose por los cuarenta metros de altura que posee, muestran una tras otra las campañas militares del emperador. Esta columna convirtióse después en su mausoleo, ya que sus cenizas fueron depositadas en una urna de oro, en un hueco hecho al pie de la misma. A ambos lados de la columna se levantaban una biblioteca griega y otra romana; el emperador quiso dar a la sabiduría un lugar conveniente, junto a los monumentos guerreros. Con el ForoTrajano, el gran emperador levantó un monumento espléndido a su propia memoria y a la de su
tiempo, proporcionando a la vez. a la administración imperial el espacio que necesitaba. Ello fue a expensas de la actividad comercial y al precio de expropiaciones despiadadas en el centro de
los barrios más populosos de la metrópoli, si bien era muy propio del carácter de Trajano ofrecer compensaciones.
Mussolini, quien se creía predestinado a hacer revivir la antigua grandeza de la época imperial, apenas inició su gobierno emprendió trabajos colosales para descubrir los monumentos de la edad de oro romana. Los arqueólogos italianos empezaron entonces a quitar el yeso de un viejo muro de contención junto a dos enormes inmuebles de viviendas, creyéndolo el muro que rodeaba el Foro de Trajano. Pronto salieron de su error: el muro en cuestión seguía paralelo a la plaza pero avanzaba mucho más que las casas. Las investigaciones posteriores dieron como resultado un hallazgo sensacional: resultó que todo el barrio de la colina que conducía al Foro Trajano, por encima del viejo muro, databa de la Antigüedad. Las familias romanas habían vivido sin interrupción bajo los mismos techos, usando las mismas escaleras, comprando en los mismos mercados, desde el siglo I al XX. Tal hecho acredita plenamente aquella expresión de «ciudad eterna» atribuida a Roma. Todos los edificios pertenecían a un gran complejo, obra de Trajano y de su genial arquitecto Apolodoro de Damasco.
Sobre la roca y por debajo de ella, Apolodoro acumuló locales unos sobre otros. Los inmuebles comerciales escalaban el Quirinal, repartidos entre diversos barrios. Algunas partes del complejo, aún en pie, tienen hasta seis pisos. Unas aberturas permiten pasar la luz por todas partes; las calles transversales facilitan la circulación por el interior de los barrios. Los comercios, unos a continuación de otros, bordean callejuelas y plazas, típicamente romanas desde el punto de vista de la construcción y forma; no obstante, recuerda los bazares orientales, ya que el arquitecto era oriental. El modo como Apolodoro resolvió los problemas planteados por la construcción en lugar tan rocoso llama aún la atención en nuestro siglo.
Este complejo macizo de ruinas de piedra roja está hoy libre de los adornos añadidos en épocas posteriores, y delimita la plaza imperial; de esta manera podemos apreciar en la cultura romana de aquel tiempo una civilización urbana comparable a la nuestra.
Existe en Ostia un monumento que demuestra el cuidado del emperador Trajano en promover la prosperidad de su Imperio. Se trata del gran estanque hexagonal, construido para sustituir el viejo puerto de la época de Claudio, y el canal que unía el Tíber con el mar, un poco al norte de su desembocadura. Aun subsiste hoy en este lugar el puerto de Roma. Desde la construcción de Ostia, en los primeros tiempos de la República, se había luchado de continuo contra las arenas de la desembocadura, que amenazaba constantemente cerrarlo a la navegación. Levantóse una nueva Ostia más cerca del mar; la ciudad antigua quedó sepultada poco a poco bajo la arena. Calles y casas, almacenes, talleres y comercios se encuentran allí como en la Antigüedad. Una de estas casas albergó un día a san Agustín, padre de la Iglesia, y a su madre, la piadosa Mónica. Todo el cuadro de la vida cotidiana de la edad de oro imperial se ha conservado admirablemente en la antigua Ostia. Podemos imaginar las casas más altas de varios pisos, las calles pobladas por la abigarrada multitud de las ciudades portuarias. Los innumerables carritos tirados por asnos y bueyes que cavaron profundos surcos en el pavimento de las calles. La antigua Ostia tenía merenderos y tabernas apenas distintos a los establecimientos que poseen hoy las ciudades pequeñas de Italia. Los comercios, orlando las calles, unos junto a otros. De trecho en trecho, una escalera desciende desde la calzada a un entresuelo ocupado sin duda por artesanos y tenderos. Los dos pisos superiores son habitaciones respectivamente desde la calle por la entrada y desde el jardín por las escaleras particulares. Este sistema se encuentra en las grandes «viviendas de alojamiento múltiple» de la época imperial, que se han perpetuado hasta hoy.
La «modernidad» de estas construcciones no se detiene aquí. Estaban hechas de hormigón, mezcla dura y consistente de cal, arena, piedra roja triturada y grava, que los arquitectos romanos lograron obtener con extraordinaria perfección. Los muros de hormigón estaban revestidos de un enladrillado o con piedras naturales talladas. Las ruinas de Ostia y el complejo urbano de Trajano en Roma ostentaban el sello del pueblo romano y testimonian sus más altas cualidades: sentido práctico e ingenio técnico.
Conquista de la Dacia.

Trajano era ante todo militar. Un enérgico defensor de las fronteras del Imperio. Los más temibles enemigos de Roma eran, en aquella época, los dacios, pueblo belicoso que habitaba al norte del Danubio inferior, en el gran triángulo limitado al oeste por el Tisza, afluente del Danubio; al este por el Pruth y al norte por los Cárpatos. La verdadera cuna de los dacios estaba situada en el centro de este territorio. Trajano sometió por completo a los dacios después de una resistencia desesperada; su rey se dio muerte. Durante siglo y medio, la Dacia sería la avanzada del imperio romano entre los pueblos bárbaros del norte de los Balcanes. Dacia entera se convirtió en una enorme fortaleza. Todavía en nuestros días se encuentran allí muchos restos de fuertes y otras obras defensivas que datan de la época romana. La población autóctona fue diezmada por la guerra y el resto reducido a esclavitud. Desde todos los rincones del Imperio Romano acudieron colonos atraídos por los filones auríferos y la tierra fértil de la llanura. Dacia fue tan completamente romanizada, que aún hoy se habla allí una lengua romance; o sea, derivada del romano (latín): el rumano.
El vencedor de los dacios quiso someter también a los partos. Trajano realizó en su vejez el último proyecto militar del primer césar. Llevó sus enseñas triunfales al corazón de Armenia y la alta Mesopotamia.
Cuando Trajano estaba ocupado en poner orden en los territorios recién conquistados y en reprimir algunas rebeliones, cayó enfermo de gravedad y hubo de resignar el mando. Se lo confió a Adriano, a quien adoptaría en su lecho de muerte y designaría como sucesor. Trajano quiso volver a Roma, pero murió en el camino, en Cilicia a los 62 años (año 117). Roma perdía con él al último de sus conquistadores, a quien llevara al imperio romano a la cima de su poder territorial. Después de su muerte, el Senado saludó al nuevo príncipe con estas palabras: «¡Sed más feliz que Augusto y más justo que Trajano!».
Correspondencia de Plinio el Joven.

Carta XXVIII a Trajano, auditoría fiscal.
Actualmente examino el estado de los asuntos públicos de los prusenses, sus cargos, rentas y deudas. Cuanto más avanzo en este examen, más reconozco su necesidad; porque veo de un lado que, bajo diferentes pretextos, muchos particulares retienen lo que deben a esta república; y de otro, que la recargan con gastos ilegítimos. A poco de llegar te escribí todo esto, señor. Entré en las provincias el XV de las kalendas de octubre; y la encontré poseída del respeto y sumisión a ti, que mereces de todo el género humano. Considera, señor, si será conveniente que envíes aquí un agrimensor. Paréceme que si se tasan bien las obras públicas, podrá obligarse a los contratistas a que devuelvan cantidades considerables. Esto lo creo así después de haber examinado con Máximo las cuentas de esta república.
Carta XLVII, cómo tratar a los cristianos.
Nunca he asistido al proceso y sentencia de ningún cristiano. Así es que ignoro sobre qué recae la información que se hace contra ellos, y hasta dónde puede llevarse el castigo. Vacilo mucho acerca de la diferencia de edades. ¿Deben ser castigados todos, sin distinción de jóvenes y ancianos? ¿Debe perdonarse al que se arrepiente, o es inútil renunciar al cristianismo una vez abrazado? ¿Es sólo el nombre lo que se castiga en ellos?»
¿Qué crímenes hay unidos a este nombre? A los que lo han confesado, los he interrogado por segunda y tercera vez, y los he amenazado con el suplicio, y a él los he enviado si han persistido. Porque, fuera lo que quisiera lo que confesasen, he creído que debía castigarse su desobediencia e invencible obstinación. Otros hay dominados por la misma locura, que he reservado para enviarlos a Roma, porque son ciudadanos romanos. Hánme entregado una memoria sin nombre de autor, en la que se acusa de ser cristianos diferentes personas que niegan serlo y haberlo sido nunca. En presencia mía y según los términos que les he dictado, han invocado a los dioses y ofrecido incienso y vino a tu imagen, que había hecho llevar expresamente con las estatuas de nuestras divinidades, y hasta han lanzado imprecaciones contra Cristo, a lo que, según dicen, no es posible obligar jamás a los que son verdaderamente cristianos. He credo, pues, que debía absolverlos. Otros, delatados por un denunciador, han declarado primeramente que eran cristianos; y en seguida que lo habían sido, pero que habían dejado de serlo, unos, hacía ya más de tres años, y otros desde tiempo más remoto, y algunos desde veinte años atrás. Todos estos han adorado tu imagen y las estatuas de los dioses y lanzado maldiciones contra Cristo. Decían que todo su error o falta se limitaba a estos puntos: que en determinado día se reunían antes de salir el sol y cantaban sucesivamente himnos en honor de Cristo, como si fuese Dios; que se obligaban bajo juramento, no para crímenes, sino a no cometer robo ni adulterio; a no faltar a la promesa, a no negar el depósito; que después de esto, acostumbraban separarse, y que después se reunían para comer en común manjares inocentes; que habían dejado de hacerlo después de mi edicto, por el cual, según tus órdenes, prohibí toda clase de reuniones. Este mal contagioso no solamente ha infestado las ciudades, sino que también las aldeas y los campos. Creo, sin embargo, que puede ponerse remedio y detenerlo. Lo cierto es que los templos, que estaban desiertos, son frecuentados y que comienzan de nuevo los sacrificios que se olvidaban. Por todas partes se venden víctimas, que antes tenían pocos compradores; comprendiéndose por esto a cuántos se les puede separar de su extravío si se perdona a los arrepentidos.
Carta XLVIII, respuesta de Trajano.
Has hecho, querido Segundo, lo que debías hacer en las causas que te han presentado de los cristianos; porque no es posible establecer regla fija en esa clase de asuntos. No deben hacerse pesquisas; si se les acusa y quedan convictos, se les debe castigar. Sin embargo, si el acusado niega que es cristiano y lo demuestra con su conducta; es decir, invocando a los dioses,es necesario perdonarlo por su arrepentimiento, cualquiera que sea la sospecha que pesase sobre él. Por lo demás, por ninguna clase de delito deben recibirse denuncias anónimas, porque esto daría pernicioso ejemplo, muy contrario a nuestra época.
Carta LI de Trajano, preocupación ecológica.
Puede tentarnos la unión de ese lago con el mar, pero ha de mirarse mucho no sea que se vacié por completo. Asegúrate de la cantidad de agua que recibe y de dónde viene. Puedes pedir a Calpurnio Macer un nivelador, y yo te enviaré de aquí algún perito en esa clase de trabajos.
Elio Adriano.

Adriano sucedió a su padre adoptivo. Era también de origen español. Su padre era sobrino del emperador Trajano. Éste titubeó sin duda al nombrarlo sucesor, pues veía en Adriano un adversario de su política personal, basada en la conquista. Es cierto que el nuevo cesar se mostró hábil general, pero no estaba hecho para la guerra. Quería consagrar su vida a la prosperidad del imperio en el interior de las fronteras adquiridas; no deseaba ensancharlas más. Por otra parte, el imperio hubo de emplear todos sus recursos para conservar las conquistas de Trajano. Además, habían estallado rebeliones: al norte y sur, pueblos bárbaros, al comprobar que el grueso del ejército romano se dirigía hacia Asia, habían tomado las armas. Por tal motivo, Adriano imitó la conducta de Augusto después de la derrota de Varo y abandonó las nuevas conquistas realizadas más allá del Éufrates.
Adriano cedió terreno no sólo en Oriente, sino también en Gran Bretaña. Atrincheró el norte de Inglaterra y construyó a lo ancho de la isla, desde la desembocadura del Tyne, un muro defendido con fuertes escalonados, un nuevo limes. Detrás del muro estableció varios campos atrincherados que podían acoger importantes efectivo. Quedan algunos restos del «muro de Adriano» y de otra muralla levantada por Antonio Pío más al norte, en Escocia, para proteger las fortificaciones de Adriano.
El muro de Adriano constituye un símbolo de su política extranjera. El emperador nunca rompió la paz con sus vecinos y prefirió arreglar las diferencias de manera pacífica. Con todo, apoyó sus puntos de vista con adecuada energía. Por eso no sólo construyó el muro, sino también otras fortalezas a imitación de la calzada entre el Rin y el Danubio. Dacia, protegida naturalmente por los Cárpatos, fue fortificada en los pasos que éstos dejaban desguarnecidos. Las legiones velaban por doquier en las fronteras, preservando a Roma a su cultura contra las invasiones.
Trajano había sido el romano ideal. Adriano, en cambio, era un ciudadano del mundo, más griego que «antiguo romano». Por ello, aplaudieron los griegos su advenimiento y no carecían de razones. Adriano hizo más que la mayor parte de los emperadores romanos por el acercamiento espiritual entre ambas mitades del mundo antiguo, la Hélade y Roma. Durante su reinado se helenizaron también los territorios occidentales del Imperio.
Ningún césar estuvo tan próximo a sus ochenta millones de súbditos. Nada le agradaba tanto como recorrer su imperio, conocer los distintos países, las bellezas de sus paisajes, los tesoros de su cultura; le gustaba visitar los lugares famosos de la historia, los campos de batalla de Platea y Mantinea, las tumbas de Milcíades, Epaminondas y Alcibíades. Permaneció mucho tiempo en Grecia viviendo un ideal romántico: resucitar el glorioso pasado de la Hélade.

Adriano viajó durante más de la mitad de su reinado. Se le llama el mayor turista de la historia antigua. Sin embargo, no debe creerse que sólo viajaba por placer. Por donde iba, se informaba de la situación del pueblo y se esforzaba en mejorarla; en talsentido, practicaba la beneficencia, aunque ejercía una inspección muy rigurosa. Sus viajes eran excursiones turísticas, es cierto, pero al mismo tiempo viajes de inspección que ningún otro emperador emprendió como él. La prosperidad de las provincias nunca fue mayor como durante el reinado de este príncipe de la paz.
Pero la medalla tenía un reverso no tan laudable. El Emperador fundó una colonia romana sobre las ruinas de Jerusalén. El templo, dedicado a Júpiter y construido por Adriano precisamente donde se elevó antaño el gran templo de Yahvé, fue motivo de resentimiento y escándalo para los judíos, quienes se rebelaron, siguiendo a un personaje que se hizo pasar por el Mesías, y se llamaba a sí mismo «hijo de las estrellas». La guerra se llevó con igual fanatismo por ambas partes. El resultado fue la desaparición casi total del pueblo judío de Palestina.
Los hijos de Israel consideraron como un castigo de Yahvé la terrible enfermedad que afectó a Adriano después de la represión. La verdad es que cuando su bienamado Antínoo pereció ahogado en el Nilo, el sensible Adriano cayó en la depresión más abrupta; ordenó erigirle estatuas y templetes por todo el imperio. Desde entonces se volvió huraño. Ni toda la belleza de la Tierra podía apaciguarlo. En vano reunía Adriano en los parques y jardines de su célebre quinta junto a Tívoli todas las maravillas artísticas que el dinero puede adquirir. El esplendor de esta vida incluso eclipsaba el palacio dorado de Nerón. La mansión de placer y los parques y edificios contiguos formaban un mundo en miniatura, que contenía todo cuanto puede hacer bella y feliz la vida. Manantiales cristianos, cascadas, jardines llenos de flores con fuentes y peristilos, un estadio, termas, una biblioteca, un circo, un templo. Allí pasó el emperador los últimos años de su vida.
El pobre Adriano quiso hacer de Tívoli un paraíso terrestre y fue un infierno para él. Las torturas morales cambiaron su carácter, haciéndole insoportable a sus amigos y criados. En sus momentos de desesperación suplicaba a los médicos que le dieran veneno e imploraba a sus esclavos que le quitaran la vida. En el año 138, el infatigable viajero se vio libre de sus sufrimientos. Tenía 62 años de edad.
Antonio Pío y Maco Aurelio.
Adriano adoptó y designó como sucesor al valiente y piadoso Antonino, y éste, por orden de Adriano, adoptó a Marco Aurelio, entonces de diecisiete años. Adriano simpatizaba mucho con este muchacho. El nombre de familia de Marco Aurelio fue Vero; Adriano le llamaba siempre Veríssimus (el más sincero, el más honrado). Al llegar a adulto, Marco Aurelio fue co-regente de su padre adoptivo. Con él subía al trono un filósofo, un verdadero apóstol penetrado de un deseo laudabilísimo: poner en práctica la doctrina de los estoicos. Sus primeros años se deslizaron junto a una madre piadosa que le enseñó la tolerancia y la bondad hacia sus semejantes. «Ella me recomendó -dice Marco Aurelio en sus documentos autobiográficos- el abstenerme no sólo de malas acciones, sino también de pensamientos malos; quería que viviera con sobriedad y sencillez; y sintiera repugnancia por el lujo y las riquezas». El futuro emperador pronto demostró que se podía vivir en la corte sin guardia personal, sin vestidos suntuosos, fiestas ni estatuas, sin manifestaciones vanas de lujo, casi tan sobrio como un sencillo ciudadano, y sin descuidar los deberes del gobierno. Desde los doce años, Marco Aurelio se esforzó por vivir según los preceptos de los estoicos. Joven aún, podía dominarse hasta tal punto que ni el pesar ni la alegría modificaban la expresión de su rostro. Prefería el sencillo manto de filósofo a la púrpura imperial. Dormía en el suelo, lo que debió perjudicar su delicada salud. Fue necesaria toda la insistencia de su madre para que consintiese en dormir sobre un camastro, cubierto de pieles. Gustaba sobre todo de la compañía de los filósofos. Marco Aurelio concedió el primer consulado de su reinado a su profesor de filosofía. Más tarde hizo con mucha frecuencia tales nombramientos.
Marco Aurelio era un discípulo convencido del filósofo frigio Epicteto, un esclavo anciano a quien su dueño había tratado tan mal que le había quebrado una pierna, dejándolo lisiado para toda la vida. Incapaz de trabajar, al fin el filósofo alcanzó la libertad. Recorrió todo el país para enseñar su doctrina. Incluso en Roma encontró oyentes apasionados. Pero el tirano Domiciano lo expulsó de la capital. El filósofo se refugió en Epiro, donde reunió a los más abnegados de sus discípulos. Quizás escribió su propio epitafio, un epigrama sobre el sufrimiento y la pobreza:
«Yo, Epicteto, esclavo, deforme e inválido, fui mendigo, pero favorito de los dioses».
Epicteto predicó la fraternidad humana más que ningún otro pensador pagano de Occidente. Enseñó que los hombres son hermanos, cualquiera que sea su nacionalidad, y que es preciso amar a los propios enemigos. El hombre que ha de enseñar a los hombres -dice- debe superar sus propias alegrías y penas, debe estar lo bastante puri-ficado para ser el mejor ejemplo de su doctrina, debe poder decir a los desgraciados que se quejan de su suerte: «Miradme: como vosotros, no tengo ni patria ni casa ni bienes ni esclavos. Duermo en el suelo. No tengo mujer ni hijos. No tengo más que el cielo, la tierra y mi manto». Epicteto dice también:
«Un filósofo puede ser apaleado como un asno y, sin embargo, amar a la humanidad entera, sentirse padre y hermano de todos los hombres, incluso del que le golpea. Pues no existe verdadera injusticia. Si nos sentimos victimas de una injusticia, no es porque alguien nos haga mal, sino porque nosotros imaginamos que se nos trata injustamente. No son las cosas o los actos mismos los que nos causan esta impresión, sino sólo la idea que nosotros nos forjamos».
Nos recuerda la manera de pensar del sofista Protágoras. Epicteto desarrolla esta idea hasta su admirable principio estoico: «No temas
la enfermedad, la muerte o la miseria, sino teme el temerlas».
A pesar de las analogías aparentes entre la filosofía de Epicteto y el cristianismo, hay una diferencia esencial. En Epicteto, el amor al prójimo es más pasivo que activo. Hay diferencia también en la actitud frente al mal. El cristiano se indigna y lucha contra la corrupción de costumbres. El estoico tira fuertemente las riendas de su potro interior y obtiene una serenidad, olímpicamente ajena al loco traqueteo que los hindúes llaman «maya», «ilusión». El estoico hace de su resignación ante el mal, la señal de la sabiduría. No vale la pena combatir el mal, pues todo lo que sucede tenía que suceder de una u otra forma.
Discípulo de Epicteto, Marco Aurelio escribió una obra filosófica titulada Pensamientos, especie de diario de su vida interior; y algunas consideraciones sobre el mundo y los hombres. Se ha llamado a este libro la obra didáctica más importante del mundo pagano. En él, el sentido estricto del deber, muy romano, va unido a intenciones altruistas. No debemos -dice el imperial escritor -buscar los bienes terrenales, sino la perfección personal, aplicando a todos los actos de nuestra vida una severa moralidad. La vida interior es lo único estable de nuestra existencia. Ahí encontraréis el mejor refugio que el hombre pueda soñar. Si obráis así, podréis soportar con tranquila serenidad las vicisitudes de la fortuna y la maldad de los hombres, y veréis que esta maldad se asienta en la necesidad. Entonces podréis dominar vuestra ansia de honores y otras vanidades.
«Por otra parte, al cabo de poco tiempo no seréis más que ceniza y polvo, un hombre vacío de sentido, en el supuesto que alguien se acuerde de vuestro nombre. Después de la muerte, Alejandro de Macedonia compartió la suerte de su arriero. El tiempo es un río que murmura: apenas hay algo que aflora a la superficie, cuando lo lleva
ya la corriente y vuelve a aparecer otra cosa para desaparecer también.» ¿Qué importancia hemos de conceder a la opinión de los demás? «A menudo -dice Marco Aurelio-, me asombro al ver al hombre, que se prefiere siempre a los demás, conceder menos crédito a su juicio que al de los otros.» No hay que preocuparse del qué dirán, sino atender a nuestro interior. Ahí se encuentra la fuente del bien, una fuente que no se secará jamás. Quien se deja gobernar por la divinidad que habita en vosotros mismos, se convirtió en auténtico hombre. Entonces podrá acoger el sufrimiento con resignación, pues también él proviene de un poder infinitamente bueno que es el único que sabe lo que más nos conviene. Preciso es acoger también la muerte con calma, «pues lo que importa es estar bien dispuestos por nuestra parte. Debemos partir con alegría, como la fruta madura que al caer bendice todavía al árbol que la ha producido y a la rama que la ha sostenido».
El filósofo coronado hubiera preferido consagrar su vida únicamente a la filosofía. Pero el deber le imponía otras tareas. Antonino Pío murió en 161, después de un reinadopacífico y feliz, siendo echado de menos por todo el pueblo. Le sucedió Marco Aurelio, a la edad de cuarenta años.
En Oriente recrudecía la lucha contra los partos. Sin embargo, la guerra acabó felizmente sin que Marco Aurelio tuviera necesidad de intervenir en persona. Pero la situación era mucho más peligrosa en el Danubio, donde el poder romano estaba amenazado por una nueva migración que recordaba la de los cimbrios y teutones o la invasión germánica de Galia de la época de César y Ariovisto. Del Danubio hasta Alemania del norte, los germanos se habían unido en una liga común bajo la dirección de los marcomanos: su objetivo era ahora, como en la época del terror cimbrio, arrancar por la fuerza nuevos territorios al imperio romano. Parece que esta vez fue necesario contar con un nuevo factor: los pueblos eslavos que venían del este. Las fuentes históricas de esta época citan, junto a tribus germánicas muy conocidas, algunos nombres de pueblos eslavos que debieron habitar en el Vístula y en los Cárpatos.
Dirigidas por los marcomanos, las tribus germánicas se lanzaron en el año 167 contra la Panonia, actual Hungría, infligiendo una seria derrota a un ejército romano. Después, estas tribus empujaron hacia el suroeste, franquearon los Alpes e invadieron Italia del norte. El imperio quedaba abierto a las tribus germánicas, pues todas las unidades romanas de alguna importancia habían sido trasladadas a las fortificaciones fronterizas, ya rebasadas. La población civil hacia mucho tiempo que había dejado de ser capaz de defender sus hogares: desde que las fuerzas romanas se convirtieran en tropas regulares. El terror inspirado por estos invasores germánicos, a quienes no se había visto hacía más de dos siglos, fue indescriptible.
Marco Aurelio viose obligado a ponerse en campaña. Pese a su debilidad física, cumplió a maravillas su deber de general. La paz concertada con los partos facilitó las cosas. Pudo entonces echar mano de las legiones de Oriente. Cuando llegaron estas tropas a Italia, se puso el propio emperador al frente, se dirigió contra los germanos y los arrojó al otro lado de los Alpes. La Panonia fue reconquistada también. Pero Marco Aurelio vio transcurrir en guerra doce de los diecinueve años que duró su reinado, para contener la marea siempre renovada de los bárbaros. Para sostener esta lucha interminable, el emperador tuvo que empeñar incluso la vajilla de oro y plata que se guardaba en el palacio imperial desde Augusto.
Marco Aurelio supo conservar la serenidad en estos años de prueba; en los breves momentos de descanso que le dejaba la guerra, el emperador redactó sus Pensamientos. La abnegación de su estoico emperador animó a los soldados con un valor renovado. Las cualidades de su jefe los impresionaban más que sus dotes militares.
Marco Aurelio trasladó por fin la lucha al propio territorio marcomano. Varios aliados de los marcomanos se pasaron a las tilas romanas. El emperador supo tratar a los vencidos con enérgica suavidad. Con todo, la paz se presentaba difícil. Para colmo de males, el noble Marco Aurelio fue víctima de una epidemia declarada cuando se hacían los preparativos para una nueva expedición contra los marcomanos (año 180).
El panteón de la historia presenta pocos ejemplos de tanta humildad y majestad unidas. Marco Aurelio es un santo del paganismo. Un santo que, junto al constante afán por su perfección individual, poseyó la preocupación por sus deberes sociales. Marco Aurelio realizó en su vida el ideal más elevado de los clásicos antiguos. Después de él vendría el diluvio; la cultura greco-romana cedería visiblemente ante otros ideales, otros hábitos, otras estructuras. Más allá de la cumbre, ¿qué queda, sino el abismo? Su muerte señala también el fin de una paz de dos siglos iniciada con Augusto. Las guerras contra los marcomanos constituyen el prólogo de una serie de ataques cada vez más violentos contra las fronteras del imperio, que culminarán con las grandes invasiones germánicas. El imperio es, después de Marco Aurelio, una transición hacia la Edad Media.
Luciano de Samosata.
Luciano comenzó su carrera como retórico, llegando a adquirir gran renombre en ese arte en casi todos los países del imperio; sin embargo, la retórica era para él sólo un medio de vida. Cuando reunió suficiente dinero, se estableció en Atenas, capital literaria del mundo, donde escribió los diálogos que le valieron la inmortalidad. Contaba entonces unos cuarenta años.
Luciano de Samosata escogió como modelo el diálogo platónico, pero no tenía capacidad para un examen filosófico de las cosas. Sí la tenía para el humor y la parodia. Luciano arremetió sobre todo contra las concepciones mitológicas de su época. Siete siglos antes, Jenofonte y Heráclito habían satirizado ya con lógica los disparates de tales concepciones. Más tarde, Aristófanes los había ridiculizado en la escena. Luciano fue aún más lejos. Para él, Zeus era un «donjuán» jactancioso; Mercurio, un simple ladrón: Baco, un incorregible borracho que huele a vino desde que amanece, y Hefaistos, un ser insípido, casado con la mujer más bella, que lo engaña entendiéndose con Ares: «qué significa un pobre herrero respecto a semejante galán, militar para colmo?».
Luciano disparó también contra otros blancos: los dioses y demonios de Egipto, Siria y demás países de Oriente que, en la época imperial, compartían el néctar y la ambrosía de los antiguos dioses olímpicos. No debía extrañar que Zeus se irritara al ver entrar en su célebre asamblea del Olimpo a Anubis, con cabeza de perro, o al toro de Menfis.
En su obra más célebre, Diálogo de los muertos, se paseó por los infiernos, poniendo de relieve la vanidad de todas las cosas. En edad avanzada, Luciano de Samosata alcanzó una situación bastante desahogada en Egipto, gracias a un pudiente protector. Este poeta murió muy rico hacia el fin de siglo. Goza fama de ser el autor más sutil de la época imperial. Nadie como él ha revelado la vida interior que se oculta detrás de las apariencias, a menudo espléndidas, de su época; sobre todo en la retórica,en la sofística y en aquella religión anticuada, degenerada, con un ceremonial vacío, sin profundidad, supersticioso. De hecho, Luciano asestó el golpe de gracia a la mitología antigua. Los primeros golpes se habían dado mucho antes. Ya Juvenal, decía: «Hoy, ya no creen ni siquiera los niños en ese reino de las sombras situado bajo tierra, en esa laguna Estigia poblada de sapos, atravesada en barca por los muertos». Otras supersticiones habían sustituido a la mitología: la creencia ciega en los adivinos, por ejemplo. Luciano atacó esta confusión de creencias, pero aportar un sustituto no pudo. Sus conocimientos, demasiado superficiales, le vedaban el arsenal de la ciencia. Se ha dicho que Luciano fue el último escritor pagano que conservó el rigor intelectual y el espíritu de la Antigüedad.

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VIII EL IMPERIO MILITAR: DE VESPASIANO A DIOCLECIANO. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.



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