Las fuerzas vivas de Roma

Soldados cartagineses cruzan los Alpes para invadir Roma
Uso de elefantes para invadir Italia a través de los Alpes

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO II ROMA GRAN POTENCIA, LAS GUERRAS PÚNICAS. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.

CONTENIDO DE ESTE ARTÍCULO.
  1. El sitio de Siracusa
  2. «¡Hannibal ad portas!»
  3. La guerra en España. Asdrúbal acude en auxilio de su hermano
  4. La decisión final. El ocaso de Aníbal
  5. Aníbal en Áfica: la battalla de Zama

Los romanos jamás olvidaron los días terribles que siguieron al desastre de Cannas. Mientras otros pueblos prefieren exaltar el sentimiento nacional celebrando las efemérides de sus grandes victorias, los romanos tenían también presentes las catástrofes nacionales, de ellas sacaban nuevos bríos. Sin embargo, la batalla de Cannas no había sido tan sólo una página negra en la historia de Roma; también había dejado recuerdos heroicos.

Si todos los aliados hubieran abandonado a Roma a su suerte, la historia de la ciudad habría terminado entonces. Cannas fue un golpe tremendo para los aliados itálicos; algunas ciudades del sur se pasaron inmediatamente a los cartagineses, sobre todo la rica y poderosa Capua, la segunda ciudad de Italia; Siracusa siguió su ejemplo. Pero Italia central permaneció fiel a Roma. Sus ciudades fortificadas y sus recursos humanos casi inagotables hicieron de estos aliados el arsenal del imperio romano.

Aníbal no poseía más que su cuerpo expedicionario, insustituible; tenía, pues, que preservar sus tropas el máximo posible. Por eso no asediaba ciudades ni afrontaba ataques de importancia. La mayor parte de los refuerzos que salían de Cartago iban a España, ya que tras la batalla del Tesino, Publio Escipión había desembarcado allí con importantes escuadrones. Él y su hermano Cneo alcanzaban éxitos de tal envergadura, que Cartago temía perder la totalidad de este rico país. Los ejércitos romanos amenazaban llegar victoriosos hasta las columnas de Hércules (Gibraltar). Aníbal no podía, pues, contar con los refuerzos que su cuñado pudiera mandarle desde España.

Aníbal esperaba ayuda del rey de Macedonia, pero esta esperanza también se desvaneció. Las victorias cartaginesas movieron a Filipo a firmar un tratado ofensivo y defensivo con Aníbal, pero le fue imposible cumplir con sus obligaciones. Los romanos invadieron la península balcánica y sublevaron contra él a los griegos y al rey Atalo de Pérgamo, quien comprendió que en última instancia su puesto estaba junto a los romanos. Durante diez años, los Estados de la península balcánica dedicaron todas sus fuerzas a la guerra y se destrozaron con inhumana crueldad. Cuando la paz pusiera fin a
la matanza, de la prosperidad de Grecia sólo quedaría el recuerdo. Aníbal proyectaba unir contra Roma a las fuerzas del este y del oeste, pero tan ambicioso plan no pudo verificarse.

A pesar de las previsiones de Aníbal, la mayoría de las ciudades griegas de Italia meridional permanecieron fieles a Roma. El odio al fenicio y al cartaginés se había trasmitido allí de generación en generación. Además, estaban realmente unidos al conquistador romano, porque los trataba con miramiento y no perdía ocasión de
manifestar su simpatía hacia la cultura helénica. Ante esta situación, Aníbal juzgó prudente aprovechar su supremacía militar para tantear una paz provisional que le permitiera, mientras tanto, reforzar sus posiciones. Envió, pues, un embajador a Roma para proponer la paz y un intercambió de prisioneros, pero los romanos rechazaron al
plenipotenciario con una lluvia de afrentas. Roma mantenía inflexible aquella norma de Apio Claudio: ninguna proposición de paz con un enemigo que hollara las tierras de Italia.

Se formó un nuevo ejército reclutando a todo hombre capaz de empuñar las armas; los adolescentes y hasta los presos de derecho común fueron admitidos. Además de ocho mil esclavos robustos prestados por los particulares. El mando los arengó prometiéndoles la libertad si demostraban valor en la lucha. La batalla de Cannas señaló así un cambio en el curso de las hostilidades, pero sus consecuencias no fueron las que podían esperarse tras semejante catástrofe. La victoria de Aníbal no le garantizó ningún reposo, ni siquiera provisional; siempre se encontraba ante una sólida y fuerte alianza. Cada vez más necesitado de economizar hombres, el tiempo de sus grandes victorias había pasado y se veía obligado a una guerra defensiva si quería conservar lo ganado.

Ahora era más difícil que antes vencer a los romanos. Escarmentados con la lección de tres aplastantes derrotas, Roma confió sus ejércitos a un general experimentado, reelecto cada año.

El alma de la nueva estrategia romana, o mejor, de la antigua estrategia de Fabio Máximo, puesta otra vez de moda, era Marcelo, un general competentísimo, apoyado por el Senado romano. En tiempos tan difíciles, el Senado mostró una prudencia y una firmeza extraordinarias. Marcelo y su ayudante pronto pudieron ofrecer mensajes de aliento al Senado. Cierto es que sólo se trataba de éxitos limitados que no podían compararse a las ventajas conseguidas por los cartagineses, pero, aunque pequeños, eran
significativos; por tanto, si las legiones romanas habían salvado la situación más peligrosa, no tenían por qué perder la esperanza cara al futuro. Sin embargo, Tito Livio exagera mucho cuando adorna la historia romana con muchas victorias entre 215 y 203 a. de C. Lo cierto es que ambos adversarios se entregaron a una guerra de
desgaste.

El cartaginés no pudo arrastrar ya a estos militares a imprudencias y maniobras aventuradas. Se limitaban a una defensiva tenaz y no aceptaban combate más que cuando la situación les era favorable. Después de cada operación, los ejércitos romanos se refugiaban en campos atrincherados, frente a los cuales la caballería de Aníbal era tan impotente como ante una ciudad fortificada. Cannas fue la última-gran batalla ordenada.

Aníbal había comenzado su campaña con un vigor inusitado. En la ofensiva había dado pruebas de igual talento. Hay que inclinarse ante un general semejante: durante trece años y en circunstancias siempre diversas pudo mantener la cohesión de un ejército que, formado por mercenarios, carecía de base y de homogeneidad; aún más, estos soldados lo habrían seguido a cualquier parte, a pesar de los años que venían luchando. Y, sin embargo, no podía estimularlos con el señuelo de futuras glorias y conquistas. Ni César ni Napoleón hubieran podido hacer frente a semejantes dificultades.

A la larga, Aníbal estaba condenado si no recibía refuerzos, y éstos no llegaron. En Cartago, los comerciantes no sentían muchos deseos de invertir más dinero en la expedición de Aníbal, opinando que si antes había podido mantener la guerra con medios propios, mucho mejor podía hacerlo ahora que era vencedor.

El sitio de Siracusa

Marcelo intentó obtener algún resultado francamente positivo. En 214 antes de Cristo, por orden del Senado, se dirigió a Sicilia para reconquistar Siracusa y adueñarse por completo de la rica isla, puente entre Europa y África, iniciativa que convirtió de nuevo a Sicilia en el teatro más importante de operaciones.

La ciudad opuso una tenaz resistencia gracias a las máquinas dé guerra que había construido Arquímedes. A Siracusa, que desafiara en otro tiempo a la orgullosa marina de los atenienses y rechazara en muchas ocasiones a las fuerzas cartaginesas, tampoco esta vez fue posible tomarla por asalto. Después de un sitio de ocho meses, Marcelo tuvo que limitarse a bloquearla. Según la tradición, Arquímedes incendiaba desde tierra firme los navíos romanos surtos enfrente, reflejando los rayos solares en grandes espejos cóncavos.

Sólo al cabo de tres años, y con ayuda de traidores, pudo Marcelo apoderarse de Siracusa. En castigo por su terquedad, dejóla a merced de los soldados; y en el saqueo perecieron muchas personas, Arquímedes entre ellas. Se dice que un soldado romano
que penetró en el jardín del sabio, lo encontró sumido en el estudio de unas figuras geométricas trazadas en la arena. Tan absorto estaba Arquímedes en sus estudios, que ni siquiera advertía lo que pasaba en torno suyo. «No pises las figuras», dijo al legionario, y éste, que ignoraba quién era, lo atravesó con su espada.

Así perecieron uno de los más grandes genios de la humanidad y una de las más altivas ciudades helenas. Nunca más volvería Siracusa a recobrar su pasada grandeza.

«¡Hannibal ad portas!»

Mapa de la invasión a Roma por Aníbal de Cartago
Ruta de la invasión a Roma por Aníbal de Cartago

Cuando la caída de Siracusa era inminente, los romanos llevaron a cabo otra gran operación: la reconquista de Capua. Aníbal, que acudió en socorro de la ciudad, nada pudo contra las fuertes trincheras de los asediantes. Entonces ideó un medio para que
los romanos las abandonaran.

Un día dejó de combatir ante Capua y se dirigió contra Roma. Creyó que, sin duda, las tropas romanas le seguirían, pues era de esperar que preferirían salvar su capital. Roma quedó sobrecogida cuando supo la llegada del cartaginés. «No sólo se oía gemir a las mujeres en sus casas, sino que también surgían matronas de todas partes
para acudir a los templos», describe Tito Livio. Los romanos no olvidaron jamás aquellas horas de zozobra. Las generaciones posteriores temblaban aún al recordar el día en que por todas partes se oyó aquel terrible grito: Hannibal ad portas! (Aníbal, a las puertas de la ciudad).

En realidad, el peligro no era tan grande como creían los romanos. Aníbal no tenía la menor intención de atacar a Roma, demasiado bien protegida por sus murallas. Su único objetivo era atraer a las tropas de Capua fuera de sus posiciones. Pero su astucia no le valió. Las legiones no se dejaron engañar: el sitio de Capua continuó; sólo se envió un pequeño destacamento hacia Roma. La suerte de Capua estaba echada. Al ver que Aníbal se retiraba y los romanos mantenían el cerco, la población desesperó. Veintiocho miembros del consejo se reunieron para celebrar un festín y después bebieron una copa de veneno; los demás se rindieron sin condiciones.

Capua pagó muy cara la defección. El jefe romano reunió en la plaza pública a cincuenta notables, los hizo azotar y después decapitar; los demás fueron encarcelados. En cuanto a la población, en su mayor parte fue sometida a esclavitud. Corría el año 211. Los romanos se comportaron así con Capua, no sólo por su traición a la causa de Roma y por haber matado a los romanos allí residentes, sino también para acabar con la rivalidad que, desde tiempo atrás, existía entre las dos mayores ciudades de Italia.

Con la reconquista de Siracusa y Capua, los romanos arrebataron a Aníbal todo lo ganado en la batalla de Cannas. La caída de Capua cambió el curso de la guerra, aunque más tarde, en ciertos momentos, pareciese que los romanos la habían perdido. La suerte
trágica de Capua no sólo significaba para Anibal la pérdida de la Campania, sino, lo que fue más grave, la de su prestigio ante sus aliados itálicos. Uno tras otro, reintegráronse a la protección romana.

Al fin, Aníbal dominó sólo la extremidad sudoeste de la península, digamos, la punta de la bota.

La guerra en España. Asdrúbal acude en auxilio de su hermano

Unos años antes, los romanos habían tenido algunas dificultades en tierras españolas con la muerte de Publio y Cneo Escipión en combates adversos -el primero en Castulo (Cazlona, provincia de Jaén) y su hermano Cneo cerca de Ilorci (Lorca, Murcia)-. Roma había estado a punto de perder sus conquistas recientes en el Levante hispánico (212 antes de Cristo). Pero «la esperanza cambió de campo» cuando el hijo del difunto general Publio Cornelio Escipión se puso al frente de las legiones. Habiendo caído Marcelo en el campo de batalla en el 208, el nombre de Escipión el Joven se hizopronto popular y se convirtió en escudo y espada de Roma. Escipión comenzó su brillante carrera militar en la península Ibérica tomando en brevísimo tiempo Cartagena, la capital de los cartagineses, y después derrotando a Asdrúbal en Bailén de Andalucía; pero no pudo impedir que éste embarcara el resto de sus tropas para Italia con el fin de prestar ayuda a su hermano Aníbal.

Sin duda, Asdrúbal comprendió que algún día España caería fatalmente en manos de los romanos, de no triunfar Aníbal en Italia. El joven Escipión se manifestaba como un general de primer orden, aunque más peligroso por su atractivo personal que por su talento militar. Su magnanimidad hacia los vencidos le hizo simpático a los pueblos ibéricos, acostumbrados a las exacciones y excesos de los cartagineses, que no habían despertado más que odio.

Asdrúbal, siguiendo el ejemplo de su cuñado y hermanastro, atravesó los Alpes. Las tribus montañesas lo dejaron pasar sin obstáculos, pues ahora sabían que las expediciones cartaginesas no iban dirigidas contra ellas. En el otoño de 208 antes de Cristo, Asdrúbal se encontraba en la Galia cisalpina con abundantes provisiones y unejército de sesenta mil hombres, contando los galos enrolados bajo sus enseñas.

Roma se enteró del nuevo peligro en un momento en que su situación era casi insoportable. La producción agrícola decrecía cada vez más incluso donde la guerra no había causado estragos, por cuanto faltaban en todas partes brazos para cultivar y segar;
muchos habrían muerto de hambre si no se hubieran importado víveres de Egipto y Sicilia.

Otro motivo que agravaba la situación: los aliados de Roma empezaban a cansarse de esta guerra que agotaba sus recursos. Incluso las ciudades del Lacio comenzaban a titubear. Alrededor de un tercio de estas ciudades anunciaron categóricamente que no
estaban dispuestas a entregar más dinero ni tropas, y dejaban que los romanos sufragasen una guerra que a ellos solos interesaba proseguir. Roma tenía que impedir en seguida y a toda costa que Asdrúbal, que ya venía del norte, se uniera con su hermano en la Italia meridional. Envió, pues un ejército numeroso para cortarle el camino y obligarle a una lucha que el cartaginés quería evitar. Entablóse la batalla en el año 207 antes de Cristo, en el río Metauro (Umbría oriental). Enfrentado con un ejército doble que el suyo, la única esperanza de Asdrúbal consistía en lanzarse con todas sus fuerzas y romper las líneas romanas.

Las compactas formaciones romanas neutralizaron este ataque; la lucha se prolongó cada vez más feroz y sangrienta, terminando con un triunfo total de los romanos: su primera gran victoria de la guerra. El ejército púnico fue prácticamente aniquilado. «Cuando Asdrúbal se vio perdido -dice Tito Livio-, espoleó a su caballo hacia el centro de una cohorte romana y allí, como digno hijo de militar y hermano de Aníbal, pereció con las armas en la mano».

Apenas lograda la victoria, uno de los jefes romanos, el cónsul Claudio Nerón, se dirigió hacia Italia meridional a marchas forzadas para batirse con Aníbal. Puede parecer extraño que Nerón y el otro cónsul, Livio Salinátor, que habían compartido la campaña contra Asdrúbal, no se unieran para marchar hacia el sur y conseguir triunfo
decisivo. Es probable que ni pensaran en ello. La reputación del gran cartaginés les amedrentaba demasiado. Ningún político ni general de la época era capaz de afirmar que vencería a Aníbal; a lo sumo, se consideraban lo bastante afortunados si no eran vencidos por él.

Aníbal esperaba con ansiedad noticias de su cuñado, pero la llegada de Nerón puso fin a sus esperanzas. Acercándose a los puestos avanzados de Aníbal, el cónsularrojó la cabeza de Asdrúbal a las trincheras cartaginesas. A la vista del triste despojo, Aníbal cayó deprimido y exclamó: «¡Presiento ya la suerte de Cartago!»

El anuncio de la victoria causó una alegría indescriptible en Roma. Anhelando el fin de tantas calamidades, los ciudadanos romanos dieron gracias a los dioses. Esperando ya un resultado feliz de esta guerra atroz, la industria y el comercio volvieron a prosperar. En ambos bandos se creía que aquella batalla del Metauro (Sena Gállica) determinaría el curso de la guerra. Verdad es que los romanos estaban demasiado agotados para arrojar a Aníbal de Italia, y Aníbal, por su parte, no tenía más que una posibilidad: resistir en Brindisi. Se había atrincherado allí para disponer de un buen puerto de reserva. Aníbal, aislado, se mantuvo durante cuatro años más, en un nuevo alarde de su genio militar. Pero el mero talento no puede cambiar el curso de una guerra.

La decisión final. El ocaso de Aníbal

Después de la retirada de Asdrúbal, Escipión había arrebatado a Cartago todas sus posesiones españolas. Dos acciones espectaculares facilitaron su tarea: la batalla de Ilipa (Alcalá del Río, Sevilla) y la toma del postrer baluarte cartaginés de Cádiz (206 antes de Cristo). Cartago juzgó que la península no valía la pena de ser conservada y retiró sus tropas de España, sin dejar un solo hombre, un navío, ni un depósito de aprovisionamiento. Los íberos recobraban, pues, su independencia de antaño, a no ser que la entregaran ésta vez a los romanos. Escipión los conquistó con moderación y magnanimidad: convirtiéndose así España en provincia romana.

Para recapitular, digamos que la guerra se había liquidado primero en Sicilia y luego en España y en Macedonia y que en Italia la lucha tampoco era ya tan violenta. Escipión quiso poner fin a las hostilidades desembarcando en África para dar el golpe de gracia a los cartagineses.

Sin embargo, el Senado no veía con buenos ojos los planes de su general. Los padres del Estado, hombres ponderados por naturaleza, creían que Roma arriesgaba demasiado. Además, Escipión, de apenas treinta años, había alcanzado extraordinarios éxitos que sin duda suscitaban muchas envidias. Se decía que podría ser un peligro para la libertad del pueblo romano si alcanzaba demasiado poder. Pero Escipión gozaba de mucha fama ante el pueblo y por eso, después de tumultuosas discusiones, el Senado lo autorizó a llevar la guerra al territorio cartaginés. Sin embargo, sólo le concedieron dos legiones. Botáronse navíos de guerra en los puertos de Sicilia y un buen día los romanos pisaron la costa africana: la guerra de Cartago contra Roma había terminado; comenzaba ahora la guerra de Roma contra Cartago.

Apenas desembarcado, Escipión recibió la visita del caudillo númida Masinisa. Ya antes, cuando Escipión estaba aún en España, este hijo del desierto había prometido ayudar a los romanos si algún día llevaban la guerra al África. Masinisa había reinado en unas tierras situadas al oeste del territorio cartaginés, cuya capital era la actual
Constantina. Sifax, otro númida más poderoso, lo había destronado con ayuda de Cartago. El gobierno de Cartago se había ganado la simpatía de Sifax dándole por esposa a Sofonisba, cartaginesa de alta alcurnia que Masinisa también había pretendido y que el consejo le había negado con frases humillantes. Desde entonces, el fugitivo erraba por el desierto con una partida de jinetes. El apoyo que ofrecía a Escipión parecía, pues, insignificante, pero Masinisa podía llegar a ser hombre muy provechoso con el tiempo, pues tenia lama de ser un excelente general de caballería.

Escipión tuvo tanta suerte como en España, pese a la superioridad numérica del enemigo. Cartago llamó a Aníbal, que estaba en Italia, pues sólo él podía medir sus armas con Escipión, «el hijo mimado de los dioses». Aníbal aceptó el llamamiento ypartió en una flota de transporte preparada en el puerto de Crotona, después de matar to-
dos los caballos.

¿Por qué Aníbal no abandonó antes Italia cuando ya le era imposible hacer allí algo positivo? Quizás creyera, y con él el gobierno cartaginés, que los romanos no se atreverían a llevar la guerra al África mientras él permaneciera con tropas en Italia. Los cartagineses se habían equivocado por completo.

Aníbal en Áfica: la battalla de Zama

Los romanos suspiraron aliviados cuando el «león de Libia» abandonó voluntariamente la península. En el colmo de su entusiasmo, los romanos ofrecieron una corona honorífica al único general romano todavía superviviente desde el comienzo de la guerra y sus terribles secuelas: Fabio Máximo, con casi ochenta años de edad. Mientras tanto, Aníbal pisaba de nuevo su tierra natal, que abandonara treinta y cuatro años antes. Desde su partida había conducido sus ejércitos por todo el litoral mediterráneo, siempre en marcha triunfal. Ahora volvía con las manos vacías; pero su regreso infundió valor a las fuerzas cartaginesas.

Aníbal iba a experimentar muchas decepciones en su patria. Sus hombres no se medirían allí con legiones inexpertas, sino con ejércitos de veteranos endurecidos. Los soldados de Escipión habían aprendido su oficio en España y su general los mantenía en
buen estado físico mediante continuos ejercicios. Escipión se enfrentaba con Aníbal oponiéndole su propia táctica, adquirida después de mucha experiencia. Podía, si el caso lo requería, acortar la profundidad de su orden de batalla para prolongar las líneas y hacer imposible el cerco. Los númidas de Masinisa, por su parte, compensarían la ventaja que Aníbal tenía con su caballería.

Zama fue para Cartago lo que Cannas había sido para Roma. Después de esta batalla, las tropas romanas fueron consideradas como las mejores del mundo y la estrategia ensayada en Zama, superior a la de los demás pueblos, les daría el dominio del mundo en el término de dos generaciones.

Los cartagineses no tenían bastantes víveres en su capital para sostener un asedio. Tuvieron que aceptar las condiciones de paz propuestas por Roma, desde luego, duras y humillantes. Cartago se comprometió a pagar durante cincuenta años un tributo anual de
doscientos talentos y a no declarar guerra alguna, siquiera defensiva, sin el consentimiento de Roma. De hecho, esta paz colocaba a Cartago bajo la autoridad política y económica de Roma. Además, los cartagineses tuvieron que reconocer la dominación de Roma en España, entregar todos sus navíos de guerra, excepto diez, así como sus elefantes, y comprometerse a no preparar otros animales de esta especie para la guerra.

Antes de la victoria definitiva sobre los cartagineses, Masinisa había vencido y capturado a Sifax, y entrado triunfalmente en su capital. Sofonisba se arrojó a los pies del vencedor y le suplicó que la protegiera de los romanos. Y ¿quién habría hecho lo contrario ante los encantos de aquella celebrada belleza? Aquel hijo del desierto la tomó al instante por esposa. Pero cuando Escipión se enteró del matrimonio de su aliado con una enemiga irreductible de Roma, se mostró inflexible. Masinisa se retiró a la soledad de su tienda desesperado; luego se sobrepuso y decidió que su querida Sofonisba no caería en manos de Escipión: dio una copa de veneno a su esposa y ésta la bebió sin titubear.

Los romanos recompensaron la ayuda de Masinisa dándole casi todo el reino de Sifax y encargándole que vigilara á los cartagineses para que no emprendieran nada contra Roma. Sifax murió en cautiverio. Y Escipión regresó a Roma, donde celebró eltriunfo más clamoroso que la ciudad conociera hasta entonces. Se le llamó, en lo sucesivo, Escipión el Africano.

Así terminó la sangrienta lucha que durante dieciocho años hiciera temblar a toda la cuenca occidental del Mediterráneo.

Retrato antiguo de un hombre y portada de un libro
Profesor Carl Grimberg y la portada del tomo III de su Historia Universal.

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO II ROMA GRAN POTENCIA, LAS GUERRAS PÚNICAS. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.

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