VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VIII EL IMPERIO MILITAR: DE VESPASIANO A DIOCLECIANO. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.
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Contenido de éste artículo.
- Los emperadores Flavios: Vespasiano.
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- La destrucción de Jerusalén.
- Flavio Tito.
- Pompeya y Herculano.
- Domiciano «Nerón, El Calvo».
- Las fronteras del Imperio.
Después de la muerte de Nerón, Roma vivió un año de turbulencias y luchas por la sucesión imperial. En tan corto período hubo cuatro emperadores: Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano. Dos fueron asesinados y otro se suicidó. Según Tácito, el aspecto más peligroso de estas conmociones continuas era que surgían pretendientes al trono fuera de la misma Roma. Los ejércitos de las provincias aparecieron en escena y todo ello señaló el comienzo de un nuevo período en la historia del Imperio Romano. La situación no se aclaró hasta que el último de estos cuatro emperadores, el valiente general Vespasiano, dio su nombre a una nueva dinastía, la de los Flavios.
Los emperadores Flavios: Vespasiano.
En el año 68, Vespasiano tenía sesenta años de edad y estaba en
plena posesión de sus facultades. En tiempo de Nerón se le ordenó reprimir una rebelión de los judíos en Palestina. Se ocupaba de ello, cuando las legiones de Egipto, Siria y Palestina lo proclamaron emperador.
El nuevo soberano no era de elevada alcurnia. Su padre fue recaudador de impuestos, pero no uno de tantos: logró tal fama de honradez, que algunas localidades del Asia menor le erigieron monumentos en señal de gratitud. Durante el Imperio de Claudio, Vespasiano había gobernado la Bretaña con energía y severidad. En tiempos de Nerón, salvó la vida por milagro: formaba parte del acompañamiento imperial durante el célebre viaje artístico a Grecia y cometió la indelicadeza de dormirse durante un recital del emperador. Nerón le perdonó la vida, pero lo desterró a una provincia lejana. Gracias a la rebelión de los judíos, Vespasiano reapareció en el teatro de la historia.
La educación de Vespasiano fue bastante descuidada, pero estaba dotado de sentido común y animado de las mejores intenciones. Como rasgo simpático de su carácter cabe señalar que desconocía el orgullo. Le disgustaba el lujo y el esplendor. Residía con preferencia lejos de la corte, en una pequeña y sencilla casa de campo. Mandó, pues, detener los trabajos en el palacio de Nerón: el nuevo emperador no tenía ganas de ocupar media ciudad para él solo. Además, ya era hora de llenar algo las arcas del Estado, pues las prodigalidades de Nerón habían dejado el tesoro exhausto. Esta
afición a la economía degeneró en avaricia y mostróse despiadado en el cobro de impuestos.
«El dinero no tiene olor», respondió un día a su hijo Tito, que le reprochó que impusiera contribuciones incluso a ciertos. retretes de utilidad pública. No obstante su tacañería, el nombre de Vespasiano va unido a obras espléndidas. La más célebre es, el famoso circo para noventa mil espectadores construido en los antiguos parques de Nerón; es el más famoso monumento de la época imperial; todavía hoy nos fascinan las ruinas del Coliseo. Ahora bien, si Vespasiano construía tanto pese a ser tan ahorrativo, tenía su razón práctica: quería dar trabajo a miles de personas arruinadas por las guerras. En vez de alimentarlas sin hacer nada, distribuyendo trigo gratuito, prefería darles ocupación útil.
El restablecimiento de las virtudes militares del pueblo romano era tan necesario como el saneamiento de la hacienda pública. Los legionarios estaban acostumbrados a ser los amos del Estado. Según Suetonio -lo creemos- «su brutalidad sobrepujaba todos los límites». En este terreno, también era Vespasiano «el hombre idóneo en el puesto adecuado».
La destrucción de Jerusalén.

Reinando Calígula había comenzado Israel a revolverse. Luego, los judíos fueron perseguidos por negarse a adorar la imagen del emperador. Como los israelitas seguían insumisos, el emperador ordenó al procónsul de Siria que forzara el templo de Jerusalén y colocara la estatua del soberano en el Sancta Sanctorum. Los judíos se resistieron, dispuestos a morir antes que soportar tal abominación. Su resolución impresionó al romano, que echó tierra al asunto, aunque peligraba su propia persona. En efecto, el emperador le ordenó suicidarse. Pero el correo se retrasó a causa del mal tiempo y, al llegar el mensajero, Calígula había muerto. Los judíos evitaron así que el lugar donde no entraba más que el sumo sacerdote una vez al año, fuera profanado con la estatua de un emperador loco.
Desde entonces, los judíos se convencieron que el reino de Yahvé no podría establecerse en la tierra mientras los paganos dominasen al pueblo elegido. El procónsul que envió Claudio echó leña al fuego con nuevas usurpaciones y medidas vejatorias. Los ultra nacionalistas celotes acaudillaron la resistencia. En los cerros de Judea se refugiaban y tendían emboscadas a los romanos, que caían sin que se hallase huella de sus asesinos. Era como si el mismo Yahvé combatiera por su pueblo: los judíos estaban persuadidos que su liberación vendría de estos guerrilleros.
Bastaba un pretexto para desencadenar la tensión extática que vivía el pueblo. La rebelión estalló cuando los incrédulos —sirios que hablaban griego y se llamaban a sí mismos helenos— trataron de impedir a los judíos el libre ejercicio de su culto y profanaron el acceso a las sinagogas ofreciendo allí sacrificios paganos. Fue la señal de sangrientas luchas callejeras. La situación se agravó más aún cuando el gobernador romano exigió diecisiete talentos a deducir del tesoro del templo. Ante la repulsa unánime de los judíos, lanzó sus soldados contra la multitud y los sacerdotes. Entonces, el pueblo no pudo contener su odio al extranjero y estalló la sublevación general en el año 66, dos antes de terminar el reinado de Nerón. El campesino abandonó arados y trajes, y empuñó las armas. Tras una espantosa matanza, no quedó ni un soldado de la guarnición. Enviáronse nuevos contingentes a Palestina, pero no pudieron contener los asaltos fanáticos de sus adversarios. Por fin, entró en escena Vespasiano, al frente de un impresionante ejército; con todo, prefirió no marchar directamente sobre Jerusalén. Emprendió la destrucción sistemática de la economía agrícola: la flora, la fauna y las mejoras realizadas, todo, como antaño hicieran los escitas. El general supo la muerte de Nerón cuando la zona rural estaba dominada por entero y sólo Jerusalén quedaba por conquistar. Vespasiano tuvo entonces que ocuparse en otras cosas más importantes que la conquista de la capital judía.
Vespasiano fue proclamado emperador y su hijo Tito puso sitio a Jerusalén. Los judíos esperaban una pronta venida del Mesías, por lo que opusieron una resistencia desesperada. No capitularon ni siquiera cuando el hambre se hizo endémica. Las máquinas de asedio de los romanos nada podían contra las imponentes murallas de Jerusalén. Fue preciso incendiar las puertas para entrar. Tito quería salvar el Templo, pero en plena lucha contra los judíos que salían en multitud del santuario, un legionario arrojó una antorcha en el edificio. El Templo fue pronto presa de las llamas. El resto de los edificios fue arrasado.
Jerusalén había resistido cinco meses en vano. La ciudad santa de los judíos corrió la misma suerte que Nínive, Tiro, Persépolis y Cartago. Los romanos conmemoraron la caída y saqueo de Jerusalén (año 70) con un desfile magnífico. La menorá, el candelabro de siete brazos representativo de la religiosidad hebrea, fue ostentado ante el carro del vencedor. En la Vía Sacra, a la entrada del Foro, se levantó un arco de triunfo decorado con relieves representando escenas del triunfo de Tito.
Flavio Tito.

Vespasiano murió en el año 79, a los sesenta y nueve años de
edad. Fue el primer emperador romano posterior a Augusto, del que se sabe con certeza que falleció de muerte natural.
Lo sucedió Tito, corregente del imperio desde que comenzó a reinar su padre. Tito era un hombre impresionante, en lo físico y en lo moral. La historia le asignó un envidiable apodo: «delicia del género humano». Era tan caritativo con los desgraciados, que solía exclamar: «Un día en que no he tenido ocasión de hacer el bien, es un día perdido».
En Tito, como antes en Augusto, se constata cómo el poder puede enaltecer el carácter cuando se tienen sentimientos de responsabilidad. Tito hizo construir termas, cuyas ruinas aún atestiguan el cuidado que tenía de su pueblo. Puede imaginarse lo que significaron estas termas para la higiene pública: el romano más pobre podía tomar allí un baño caliente gratuito. Pero el entusiasmo popular quedó colmado en el año 80, cuando Tito inauguró el Coliseo de Vespasiano. Los juegos duraron cien días, relegando al olvido las más espléndidas fiestas de antaño.
El feliz reinado de Tito fue ensombrecido por una terrible catástrofe: la erupción del Vesubio (año 79). Las ciudades de Pompeya y Herculano quedaron sepultadas bajo cenizas y lava. Otras ciudades de la Campania fueron también damnificadas por desprendimientos de tierra. Nadie pudo prever tal catástrofe. Fue precedida de algunos movimientos sísmicos, fenómenos tan frecuentes en la Campania, que nadie les concedió importancia; para que llamasen la atención, hubiera sido preciso que los terremotos fuesen tan graves como dieciséis años antes, cuando se derrumbaron varias casas en Pompeya. No se ignoraba que el Vesubio era una montaña volcánica, pero nada parecía indicar una erupción y se le recordaba siempre apagado. En sus laderas se extendían viñas y huertos casi hasta el cráter; al pie de la montaña se levantaban ciudades prósperas en lugares privilegiados, preferidos por los romanos por ser allí el verano fresco y el invierno suave.
Bastaron unas horas para la casi total destrucción de tanto esplendor, el trabajo de muchas generaciones. Millares de seres hallaron la muerte. Los cristianos vieron la mano de Dios en la erupción del Vesubio, como en el incendio de Roma. En los muros de una casa pompeyana aparece una inscripción significativa: «Sodoma y Gomorra», quizás debida a algún cristiano o judío, refugiado en la casa durante la catástrofe. Por su parte, Tito se preocupó de los supervivientes y organizó socorros especiales.
Tito, el más popular de los emperadores, murió de una fiebre en el 81, cuando contaba solamente cuarenta años de edad. Todo el imperio estuvo de luto. El ambicioso Domiciano, hermano del difunto, que había envenenado la vida de Tito con sus intrigas, se apresuró a hacerse con el poder.
Pompeya y Herculano.

Dos escritores célebres fueron testigos de la primera erupción del Vesubio. Uno de ellos fue el sabio Plinio el Viejo, cuya Historia natural ofrece a la posteridad mucho más de lo que el título anuncia: la obra es, en efecto, un diálogo entre el hombre y la naturaleza en todos los terrenos: desde la religión y el arte hasta la medicina y la geografía. Plinio, que mandaba una escuadra de la flota anclada en el golfo de Nápoles, tomó desde el comienzo de la catástrofe cuantas medidas pudo para socorrer a la población. Al mismo tiempo, su insaciable sed de conocimientos le movió a desembarcar, para estudiar el fenómeno más de cerca. Su sangre fría había de costarle la vida, pues mientras huía hacia la costa, en el último momento, fue sorprendido por la lava, sin que sus esclavos, llenos de pánico, acudieran a socorrerlo. Conocemos más detalles por otro amante de la ciencia, su sobrino Plinio el Joven, quien, manteniéndose a distancia, asistió también a la erupción y la describió de manera impresionante.
«El cráter comenzó vomitando una densa columna de humo que se extendió rápidamente. De ella descendió una lluvia de cenizas en un radio de varios kilómetros. Toda la región quedó sumida en la oscuridad. Se oía chillar a las mujeres, llorara los niños y gritar de terror a los hombres. Unos llamaban a sus padres, otros a sus hijos o sus esposos. Todo el que pudo huyó de aquel lugar maldito. Desapareció la luz durante tres días: el Sol siguió velado más tiempo
aún; el cielo se entenebreció como un eclipse de Sol. La comarca quedó irreconocible, cubierta de una espesa capa de ceniza volcánica».
«Pompeya estaba más alejada del volcán que Herculano. Sus habitantes esperaron hasta el último momento que cesara la erupción. De súbito, un alud de piedras y cenizas aplastó la ciudad, mientras el viento arrastró hacia ella los vapores asfixiantes exhalados por el Vesubio. Algunas piedras tenían el grosor de un guisante; otras, el de un huevo de gallina. El pánico se adueñó de los habitantes. Los que se refugiaron en las casas contra la lluvia de cenizas sufrieron la muerte más espantosa. Quienes huyeron en desorden hacia el mar o hacia el sur tuvieron mejor suerte. Se cree que en Pompeya pereció la décima parte de los veinte mil habitantes de la ciudad propiamente dicha, pero es imposible determinar el número de personas que perecieron en la fuga. En pocas horas, la ciudad quedó cubierta por una capa de cenizas y piedras que alcanzó el techo de las casas. Para colmo, un violento terremoto causó inmensas destrucciones. Cuando se apagó el volcán, sólo aparecían los tejados de algunos edificios del Foro, coronando una extensa zona de ruinas».
«Se han encontrado 34 esqueletos humanos en una gran quinta fuera de la ciudad, camino de Herculano. El propietario acomodó a su familia y esclavos en las bodegas para mayor seguridad, y les proveyó de víveres; él mismo, acompañado de un fiel siervo, quiso salvar sus objetos preciosos y tantear las posibilidades de huir hacia el mar. La muerte sorprendió a ambos en la puerta. Sus restos fueron hallados diecisiete siglos más tarde. Junto a ellos había algunas monedas de oro y plata; la mano derecha del propietario asía una artística llave. Este es un informe sucinto merced a noticias que nos han llegado».
Relato de Plinio El Joven.
Domiciano «Nerón, El Calvo».

Según las antiguas creencias orientales, el dios Sol es la fuerza central y omnipotente del universo, origen de toda vida. En torno de él, movidas por su fuerza, giran eternamente las siete esferas no concéntricas del celeste espacio. Como el movimiento se trasmite de esfera en esfera hasta la Tierra, lo que ocurre en la Tierra está en estrecha relación con lo que ocurre en el universo. Según la posición de las estrellas, los antiguos caldeos predecían el curso de los acontecimientos en su microcosmos particular que era siempre, en términos matemáticos, una función del macrocosmos. El soberano terrestre, rodeado de sus vasallos, cortesanos y súbditos, realiza los designios celestes; él es el representante del dios Sol: el sol de la tierra. El orden terrestre en cuyo centro se halla el soberano, debe así reflejar la perfección celeste.
Así explica el profesor H. P. L’Orange, entre otras cosas, por qué el circo romano ocupaba una posición central en el pensamiento romano y bizantino, y en la vida política. En el circo, consagrado a Apolo, las cuadrigas giraban como las estrellas en sus órbitas; el emperador aparecía en su puesto de honor como si fuera el mismo dios, dueño del universo. Nerón conducía su carro como Apolo guiaba el suyo a través del firmamento, y por su lira de siete cuerdas resonaba «la armonía de las esferas».
Las historias de Calígula y de Nerón indican que, al principio, los emperadores romanos no podían dejarse llevar impunemente por tales ideas. El Senado se erguía ante ellos como un muro; posteriormente, los historiadores hacían la autopsia de su memoria. Pero la mayoría del pueblo tenía distinta opinión. Ya es sabido que el pueblo romano consideraba a Nerón como a un dios. Se creía incluso que Nerón no había muerto, sino que vivía en alguna comarca de Oriente. Durante muchas generaciones corrieron relatos fantásticos acerca de él.
Domiciano ofreció a Roma un César divino, decía él mismo: exigía que se le rindiera culto y colocaba su estatua en los santuarios.
Al revés de Tito, Domiciano había recibido una educación muy descuidada, a causa de haber perdido muy pronto a su madre. Indigno de confianza y de muy mala conducta, sentía respeto por su padre y esto lo salvó, ya que se mostró enérgico soberano cuando, al morir Tito, asumió el poder que tanto codiciara. Domiciano notoleraba arbitrariedades en cuestiones de justicia, ni la menor insubordinación hacia las autoridades administrativas. Continuó con celo los trabajos iniciados por su padre y su hermano. En general, su política exterior no dio malos resultados.
Pero sus defectos superaron pronto sus cualidades. Exigía que se prosternasen ante él. Eligió como modelo a Tiberio, personificación de la suspicacia y desprecio hacia sus semejantes. Pero, al contrario de este discípulo de Augusto, no transigía con la dignidad divina de la que se había revestido. No quería ser llamado princeps civium, el primero de los ciudadanos, sino dominus et deus, señor y dios. En los festines de la corte comía solo, sentado con orgullo y majestad a una mesa individual, y prohibía en absoluto a sus invitados pronunciar ni una palabra.
Domiciano implantó pues una monarquía transitoria en Roma. Sabía muy bien que los romanos jamás aceptarían cosa semejante sin oposición. César había sido asesinado porque se sospechaba de sus ambiciones monárquicas; otro tanto les había ocurrido a Calígula y a Nerón. Domiciano no quiso correr riesgos inútiles. Tenía espías por todas partes; maliciaba sobre todo de los romanos más distinguidos; por eso fueron asesinados en su mayor parte.
Intentos hubo de acabar con semejante régimen, pero Domiciano respondía con ejecuciones masivas que provocaban nuevas conjuraciones. Aun los propios parientes del déspota temían por sus vidas. Su esposa se enteró por casualidad que el emperador tenía intención de asesinarla junto con sus familiares. Entre la emperatriz y otras personas amenazadas el comandante de la guardia personal entre ellas- tramaron la conjura mejor organizada, desembarazándose finalmente del tirano en el año 96.
Los cristianos experimentaron también la crueldad del emperador. Domiciano extendió fuera de la capital persecuciones sangrientas contra ellos; el propio Nerón nunca llevó las cosas tan lejos. El terror se cebó en diversos lugares del imperio, sobre todo en Asia menor. Se cree que el Apocalipsis de San Juan se escribió hacia esta época, durante su destierro. Nunca ha podido saberse a quién o a qué institución representan las figuras de la Gran Bestia y la prostituta de Babilonia en la visión profética que cierra el libro revelado de los cristianos.
El Senado se vengó de Domiciano proclamando una damnatio memoriae (maldición de su memoria), como hiciera con Nerón. Oficialmente quedó borrado de la historia el nombre de Domiciano. Sus estatuas fueron hechas añicos; los templos que mandó construir se consideraron inaugurados por sus sucesores. El odio que Roma profesaba a su «Divino» Emperador se desató cuando el déspota desapareció de escena. La damnatio memoriae era un castigo terrible en una época en que todavía se daba importancia a la liturgia póstuma. Sobre todo para Domiciano, ávido de una insaciable acumulación de honores y gloria.
Las fronteras del Imperio.

La política exterior de Domiciano fue, por lo general, beneficiosa para el imperio. En el Danubio entabló una guerra larga y sangrienta con las tribus de la otra orilla, desde Bohemia hasta el mar Negro. Los romanos sufrieron algunas derrotas deplorables que llegaron a desvirtuar las victorias conseguidas. En cambio, se ensancharon los límites del imperio en Bretaña y Germanía.
En Bretaña, el procónsul Agrícola prosiguió las conquistas de Claudio. Después de sangrientos combates por tierra y por mar, extendió el poder romano por toda Inglaterra -a excepción del País de Gales, donde no se conservan huellas romanas- hasta el sur de Escocia. Domiciano puso término a las victorias de Agrícola trasladándolo a otro destino. Necesitaba concentrar las fuerzas romanas en los territorios fronterizos del Rin y del Danubio para realizar los proyectos elaborados por su padre: someter al poder romano el triángulo imitado por el Danubio, el Rin y el Main, la actual Baden y algunas comarcas de Wurtemberg, Hesse y Baviera. De esta forma, se redujo bastante la longitud de la frontera. La nueva línea limítrofe, la célebre limes romana, se extendía prácticamente desde Ratisbona hasta Coblenza. La limes no era una línea de defensa contra una invasión enemiga; estaba destinada a impedir a los germanos que franqueasen las fronteras por lugares no vigilados por los romanos. Las tribus germánicas fueron previamente evacuadas de los territorios recién adquiridos. Las tropas destinadas a su defensa se instalaron en un centenar de campos fortificados, de los que dependían más de mil torres de vigía. Allí, Roma instaló legionarios veteranos y colonos galos. Para asegurar la conexión entre los distintos puestos, se construyó una calzada militar a lo largo de la limes. Poco a poco se protegió la calzada con empalizadas y, en algunos lugares, con fosos. La cultura romana se extendió con rapidezgracias a las calzadas militares que los romanos construyeron en ese triángulo, según su costumbre.
Los campamentos y fortalezas romanos se convirtieron en centros de civilizados, pues los soldados casados recibían allí domicilio fijo, de modo que en torno a cada campamento nació un pueblo o una ciudad, donde se establecieron artesanos y comerciantes y se edificaron templos, anfiteatros y termas. Los romanos aprovecharon también las fuentes termales.
Los romanos realizaron colosales trabajos para conducir agua potable y fresca a sus ciudades. Los acueductos de Francia son monumentos importantes que aún proclaman la gloria de la cultura romana; en Italia se usan todavía algunos acueductos construidos por los romanos. En España son dignos de mención el famoso acueducto de Segovia, el de las Ferreras (Tarragona), los tres de Mérida y el llamado Caños de Carmona, que aportaba aguas a Hispalis (Sevilla).

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VIII EL IMPERIO MILITAR: DE VESPASIANO A DIOCLECIANO. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.



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