VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VII LA DINASTÍA JULIA. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.
VER ÍNDICE GENERAL DE LA OBRA POR CAPÍTULOS.
Contenido de éste artículo.
- La novela de Petronio.
- Puedes apoyar nuestro blog
- La sátira moralizadora de Persio.
- Los epigramas de Marcial.
- La sátira agria de Juvenal.
Al siglo de oro de la poesía latina, bajo Augusto, siguió el siglo de plata, que dura hasta la muerte de Trajano. Bajo la presión del despotismo, todo el optimismo y la alegría creadora del siglo de oro transformóse en retórica hueca, como se vio en las tragedias de Séneca. En el novelista Petronio, el espíritu de la época se manifiesta con un escepticismo hastiado, indiferente a los más elevados valores morales. La mayoría de los poetas satíricos sucesores de Horacio pasan del escepticismo a una amarga crítica
social de su tiempo.

La novela de Petronio.
En su forma arcaica, la novela fue un cuento amoroso e idealista. Parece que la novela no alcanzó el realismo hasta la época imperial, con Petronio, un epicúreo que, de creer a Tácito, «pasaba los días durmiendo y las noches buscando aventuras».
Petronio adquirió un gran ascendiente sobre Nerón. Nada era perfecto para el emperador si Petronio no se dignaba expresar antes su autorizada aprobación. SóloPetronio sabía organizar fiestas imperiales. Este favoritismo duró hasta el día en que el envidioso Tigelino halló pretexto para despertar sospechas sobre este rival demasiado feliz. Petronio fue acusado de conspiración contra el emperador y recibió orden de suicidarse. Modelo de frivolidad hasta el último instante de su vida, se hizo abrir las venas y luego mandó a detener la hemorragia, jugando así con la muerte reclinado en medio de sus amigos, ante un copioso festín.
Consignó una parte de sus experiencias en el Satiricón, novela costumbrista y de aventuras de la que se ha perdido la mayor parte. Se conserva íntegra la sabrosa descripción del «Festín de Trimalción».
El huésped es un opulento nuevo rico; sus convites son también vulgares y regocijantes. Se presentan a la mesa un sin fin de platos, cada cual más raro, capones, mamas de cerda, peces extraños bañados en salsas más extrañas aún, muscardino asado con miel, picados de simiente de adormidera, en resumen, todo cuanto podía desear el paladar más exigente. Y todo ello acompañado con vino de Falerno que, según la etiqueta, tenía cien años de antigüedad. Como es natural, el huésped no cesa de alabar su vino y animar a sus invitados a «hacer nadar al pescado».
Trimalción se vanagloria sin cesar de su gran sabiduría, pese a sus crasos errores. Explica, las estratagemas del gran Aníbal para apoderarse de Troya y otras sandeces por el estilo. Los convidados, tan cultos como su anfitrión, aplauden estrepitosamente. La conversación está llena de bromas de mal gusto, lamentaciones sobre lo dura que es la vida y múltiples groserías. Por fin se despeja la mesa al son de la música y, de repente, se meten tres jabalíes en el comedor. El huésped pregunta a los invitados cuál de los tres animales hay que matar. «Mis cocineros tienen la costumbre de asar terneros enteros», dice.
Apenas ha sido designada la víctima, cuando el infortunado jabalí aparece ya en su punto, dispuesto para ser comido. Parece incluso más gordo que antes. Trimalción repite incansable sus propias alabanzas, pondera su fortuna y gustos artísticos. De vez en cuando pronuncia su típica muletilla: «En fin, me callo para que no me tomen por un fanfarrón». La alegría de los convidados llega al colmo con la aparición de unos acróbatas de ínfima categoría. Se entonan canciones groseras.
Petronio conoce al género humano. Él mismo vació la copa del placer hasta las heces. Su libro ofrece al historiador una imagen inapreciable de la vida en la Roma neroniana. Sus caracteres son vigorosos y sus descripciones de costumbres contemporáneas están sazonadas con ironía y fino humor.
La sátira moralizadora de Persio.
La ingenuidad de Horacio no encontró eco alguno en las siguientes generaciones. La sátira se convirtió en libelo o en predicación moral de estilo hinchado.
Pocas veces sacrificó alguien de modo tan deliberado la poesía a la retórica como Persio, un joven rico y distinguido, cuya salud delicada le impidió tomar parte en juegos con otros muchachos. Niño mimado por su madre y rodeado siempre de mujeres (su madre, su hermana, sus tías), todo cuanto sabía de la vida lo aprendió en los libros. Por ello, sus poemas no son más que sermones estoicos en verso. No se descubre en ellos esos rasgos de humor que hacen perdonar la sátira por quien se siente atacado; ningún rasgo de agudeza de la forma que sea; sólo se encuentran en Persio frases rimbombantes e hinchadas. Al fin acaba uno por creer que el único mérito de este poeta es su buena voluntad, si bien esto y el armarse de celo no bastan para ser un autor satírico. Persio murió a los veintiocho años, sin tener experiencia de la vida que fustigaba, lo cual resulta insoportable. No obstante, fue aplaudido por los estoicos.
Para no pecar de injustos, citaremos algunos versos suyos. Puede hallarse cierto vigor dramático en la descripción del conflicto que la Avaricia y la Voluptuosidad entablan en un alma humana:
—»Por lo demás, eres un perezoso y duermes toda la mañana. Levántate», le dice la Avaricia, reprendiéndole: «Ánimo, levántate. ¿No quieres hacer nada?» Le sigue apremiando: «Levántate», le vuelve a decir. «Yo no sería así… Levántate»,
—¿Y qué haré estando levantado?
—¿A mi me lo preguntas? Tráeme del mar pescado, castor, estopa, ébano, incienso, vino de la isla de Cos. Arréglate para traernos pimienta nueva sobre el lomo de un camello sediento; cambia mercancías y no te olvides de la levadura.
—Júpiter entenderá lo que dices.
—Oh, pobre idiota, si quieres vivir con Júpiter tendrás que contentarte con raspar tu salero con la punta de los dedos. Parece que te veo ya dispuesto a partir.
—¿Adónde te precipitas, insensato? ¿Adónde vas? ¿Qué quieres hacer? ¿Atravesarás tú la mar? ¿Qué, comerás en cubierta, sentado sobre cuerdas de cáñamo? ¿Y beberás el rico vino de Vejente, picado y en una pobre taza que sabe a pez? ¿Qué quieres?
—Debieras de seguir tus inclinaciones. Gocemos de los placeres.
—Mientras te deleitas, vives. Algún día te convertirás en ceniza, en sombra, en fábula».
Los epigramas de Marcial.

En la Roma de entonces hubo otro poeta satírico, el hispano Marcial, la antítesis de Persio: un libertino y un juerguista. Juzgaremos con menos severidad la amoralidad de Marcial si echamos una ojeada sobre su vida. Llegó a Roma a los veinte años, sin un denario, esperando sin duda ser ayudado por su compatriota Séneca; pero, a poco de llegar, murió Séneca. Marcial hubo de buscar otros mecenas. En ocasiones, el joven poeta escribió coplas de circunstancia a cambio de comida. El hambre no le hizo perder su buen humor. Es el único escritor verdadero en su generación de retóricos. Su obra vale por su sicología incisiva y su vivísimo humor.
Marcial sobresale ante todo en el epigrama y es el único romano al nivel de sus modelos griegos en tal género: Con pocas palabras sabe poner el dedo en la llaga o caracterizar a un personaje con rasgos mordaces. Dejémonos de esos poemas heroicos, dice, cuya extensión no hay quien soporte, donde se describen en diez mil versos las aventuras de Medea y Agamenón, «esos libros que se finge admirar en los círculos distinguidos, pero que uno, cuando está solo se apresura a arrojarlos a un rincón». Ya en la escuela, los alumnos se espantan cuando el pedagogo se pone a recitar tales poesías con aire trágico: «Mejor que estas pomposidades estúpidas, deberían leerse libros donde palpite la vida misma. Los míos, por ejemplo. En ellos no encontraréis ni centauros ni arpías. En cada página encontraréis hombres vivos».
Sin palabras inútiles, pinta Marcial toda clase de tipos de la vida cotidiana. El poeta nos proporciona innumerables detalles escogidos con destreza, una gama variada completa de la existencia diaria en las calles de la gran metrópoli. He aquí al barbero en plena acción.
«¡Quien no quiera bajar a lo más profundo de la muerte, que huya, si tiene sentido común, del barbero Antíoco! Los cuchillos dañan con menos crueldad los lívidos brazos cuando el delirio se apodera de los fanáticos de Cibeles, a las acentos de la música frigia. El cirujano Alcón corta más cuidadosamente también las hernias estranguladas».
«Este barbero sólo sirve para afeitar a miserables filósofos o cortar crines llenas de polvo en cuellos de caballos. Si alguna vez afeitase a Prometeo en su roca de Escitia, el desgraciado preferiría el ave que le tortura».
«Todas las cicatrices que veis en mi rostro, semejantes a las que adornan a los viejos púgiles, no se las debo a mi esposa, aunque sus largas uñas sean temibles: se las debo a la navaja de Antíoco y a su mano criminal… De todos los seres vivos, el macho cabrío es el más inteligente: prefiere llevar barba antes que caer en manos de Antíoco».
El siguiente epigrama merece recordarse:
«Fanio se ha matado para escapar de sus enemigos.
¿No os parece estúpido morir para escapar a la muerte?».
Por simple placer o por llamar la atención, Marcial cae en la obscenidad. Repelen sobre todo las lisonjas que dirige al emperador Domiciano.
Sus poesías de circunstancias fructificaron. Un buen día, Marcial se vio dueño de una propiedad en el campo. Más tarde le ofrendaron una casa en Roma y el título de tribuno militar. Por último, su admiradora Marcela le ofreció una espléndida finca en España, donde pasó el anciano vagabundo sus últimos días, practicando el bien en torno suyo. Ya no tenía que tender la mano y pelearse con otros mendigos por un mendrugo. Desconectado de Roma, su principal fuente de inspiración, produjo muy poco durante sus últimos años. Murió a comienzos del siglo II.
La sátira agria de Juvenal.
Pasada la época de los Flavios, Roma tuvo aún otro poeta importante, Juvenal. Nació poco después de ocupar Nerón el trono y vivió setenta años. Como Horacio, era hijo de un liberto y confiaba poder llegar al nivel de su ilustre predecesor. Al principio trató de crearse fama de orador; mas constatando su fracaso, se dedicó a la poesía cuando rayaba en los cincuenta. A diferencia de Horacio, sus sátiras son agrias. La vida no le ofreció posibilidades de escalar la posición social a que se creía predestinado.
Se queja del ruido y el apretujamiento de las calles romanas.
«El enfermo está casi seguro de morirse de sueño… Pues, decidme, ¿dónde alquilar una habitación que os permita dormir? Hay que ser muy rico para poder dormir en Roma, cúmulo de todos los males. Los carros que pretenden meterse en calles sinuosas, la parada de un convoy, acompañada de los juramento de los muleros, despertarían a las focas…». En cuanto a la circulación: «Si tenemos prisa, nos detiene el tropel de gente que nos precede y nos empuja por la espalda el gentío que nos sigue. Uno aprieta con el codo, otro
nos golpea la cabeza con una tabla o un cántaro. Las piernas se manchan de espeso barro. A menudo, un enorme zapato me aplasta el pie y quedan en él las señales de un clavo…».
En una sátira nos describe a una romana a quien sus esclavas tratan de peinar:
“¿Este rizo es demasiado alto? ¿Por qué? En el acto se castiga con un vergajo el crimen de haber hecho un mal bucle. ¿Qué hizo Psecas? Nada: si tiene una nariz poco agradable, no es culpa suya. Otra esclava arrodillada alisa los cabellos, los peina y arrolla en anillos. Una vieja esclava familiar que, tras muchos servicios, dejó la aguja, asiste a la consulta. Es la primera en dar su parecer. Las más jóvenes darán el suyo después, por orden de edad y mérito, corno si se tratase de una cuestión de vida o muerte. ¡Cuánta preocupación en parecer bella! ¡Cuántos peinados superpuestos! ¡Qué arquitecturaedificada sobre la cabeza! Por delante parece Andrómaca; por detrás resulta más pequeña y parece otra mujer».
Juvenal conoció el desprecio olímpico de los poderosos hacia sus inferiores y su servil sumisión al autócrata ocupante del trono.
Raras veces Juvenal consigue satirizar sin amargura, por ejemplo:
«Cuando Juno era todavía jovencita y Júpiter no tenia empleo en las cuevas del monte Ida, los dioses no solían celebrar festines en lo alto de las nubes; ni el hijo de Troya ni la bella esposa de Hércules les presentaban la copa, y Vulcano, cuando bebía néctar, aún no se enjugaba la barba con los brazos ennegrecidos su fragua de Lípari. Cada dios comía en privado: la multitud no era tan grande como ahora, y los astros, contentos con menos divinidades, no cargaban con tanto peso los hombros del pobre Atlas. «En aquella época aún no se hablaba de Plutón ni de su esposa. «Se estaba bien entre los
dioses en aquel tiempo -añade nuestro poeta-, pues no tenían rey». Juvenal no sentía ningún respeto hacia los dioses populares.
En cierto modo se parece a Tácito, su contemporáneo. Ambos veían que el mal vencía al bien; en Juvenal, sin embargo, la amargura lleva a veces a la sinrazón. Tácito, senador y cónsul, conservaba en toda circunstancia la calma altiva del romano de alta alcurnia. No obstante su pesimismo. Tácito nunca se apartaba de la moderación clásica.
Las cartas de Plinio el Joven constituyen el mejor correctivo a las exageraciones de Juvenal. Apenas puede creerse que ambos escritores vivieran en el mismo siglo: tan contradictorias son las descripciones que hacen de sus contemporáneos. Y, sin embargo, no puede acusarse a Plinio de ceguera respecto a los defectos de sus compatriotas: su indiferencia hacia la política, las supersticiones, la vida inútil y superficial, que llevaba la aristocracia. Plinio nos pinta una clase elevada que tiene horizontes muy limitados, pero, al parecer, honrada. El lector desprevenido no imaginará nunca que tales hombres sean los mismos que Juvenal fustiga con tanta furia. Juvenal decía que «Roma no tiene más hombres honrados que desembocaduras tiene el Nilo». ¿Habrá que creer que los tipos que salen a escena en las páginas de Juvenal no están sacados de la vida real? Sí, lo están, pero Juvenal sólo describe lo malo de una época en que bien y mal andan mezclados, como en todo tiempo y lugar.
Además, tanto se ha hablado del realismo grosero y frívolo, tono de los poetas romanos, que cabe preguntar: ¿No sería mejor ver su poesía con los ojos de sus contemporáneos y no con los nuestros? En Atenas, los actores que representaban comedias de Aristófanes descendían a menudo a crudas obscenidades y algunas escenas sobrepasan mucho los límites de lo conveniente. Sin embargo, no se lee en ninguna parte que los atenienses se escandalizasen. Aquella época no se mostraba tan escrupulosa en lenguaje como la nuestra y aplicaba intuitiva la divisa «lo natural no es malo». Incluso un autor como Persio, joven «de inocencia virginal», escribió versos tan licenciosos que muchos autores modernos vacilarían en darlos a la imprenta.
Las diferencias entre los tres poetas satíricos latinos más famosos podríamos formularlas así: «Horacio ridiculiza, Persio insulta, Juvenal fustiga».

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VII LA DINASTÍA JULIA. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.



Tu opinión es bienvenida