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La dinastía Julia consolidó el Imperio Romano

Mapa del Imperio Romano siglo I.

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VII LA DINASTÍA JULIA. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.

VER ÍNDICE GENERAL DE LA OBRA POR CAPÍTULOS.

Contenido de éste artículo.

  1. Tiberio ¿historia de un resentimiento?
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  3. Calígula: la demencia en el poder.
  4. Claudio y sus esposas.
  5. Séneca, moralista y estadista.

Tiberio ¿historia de un resentimiento?

Aún hoy se recuerda con desagrado el nombre de Tiberio. A la muerte de Augusto, aquél contaba cincuenta y seis años. No gozó una auténtica juventud: muy precoz, ya se llamaba «el viejo». Augusto apreciaba su sentido del deber y su talento militar, pero no pudo lograr hacerlo amigo suyo.

Al fallecimiento del emperador, las legiones estacionadas en el Rin rechazaron la severa autoridad de Tiberio y ofrecieron la dignidad imperial a Germánico, de más popularidad. Era el hijo mayor de su difunto hermano Druso y de la bella Antonia, mujer simpática en todos conceptos, hija de Marco Antonio y de Octavia. Germánico rechazó el ofrecimiento de los amotinados y logró hacerles entrar en razón. Después consagró sus energías a vengar la derrota del bosque de Teutoburgo, y a procurar que Germania tornase al Imperio Romano. Consiguió éxitos, pero carecía de la diplomacia requerida para aislar al avezado Arminio de sus aliados más flojos. Por tal motivo, el emperador ordenó a su sobrino retirar sus tropas del otro lado del Rin y dejar que los germanos ventilasen a su modo sus querellas intestinas, convenientes para Roma. Así, el Rin y el Danubio continuaron siendo la frontera entre romanos y germánicos.

Arminio fue asesinado por sus propios parientes, recelosos de su ambición. La acérrima resistencia de Arminio ha influido mucho en la historia del mundo. Si su pueblo, subdesarrollado aún, hubiese sido vencido entonces por los romanos, habría sido romanizado como los celtas y otros pueblos, y la historia universal habría seguido otro destino que el originado por las invasiones germánicas.

A las guerras sucedió un intercambio activo: trueques y permutas introdujeron en las tribus los productos romanos y, por consiguiente, la influencia cultural romana, que llegó a Escandinavia; voluntarios germanos se alistaron, cada vez más numerosos, en las legiones. Inicióse una época de transición para el Imperio Romano.

Germánico abandonó con pesar el teatro de sus hazañas, para desempeñar otras misiones pacificas en las fronteras orientales del imperio. Allí le llegó la muerte. El pueblo romano juzgó su desaparición como una catástrofe. Cuando su viuda, Agripina, pisó suelo italiano, el puerto estaba abarrotado de gente deseosa de manifestarle su condolencia; hasta en muros y tejados se veían personas enlutadas. Al desembarcar Agripina acompañada de dos de sus hijos, llevando la urna que contenía las cenizas de Germánico, la multitud estalló en desgarradoras lamentaciones. En Roma hubo funerales solemnes. Pronto se rumoreó que el joven héroe no había fallecido de muerte natural y se achacó la desaparición a envidia de su tío. Sospechas injustificadas que causaron a Tiberio la profunda amargura de sentirse odiado por un pueblo que, en cambio, adoraba a su hermano y a su sobrino.

Pese a su carácter sombrío y reconcentrado, Tiberio poseía cualidades atractivas. Según Suetonio, sentía tal aversión al servilismo, que se levantaba de su silla al conceder audiencia a un senador. Cuando un antiguo cónsul fue a presentar de rodillas sus excusas a Tiberio, éste retrocedió con tanta brusquedad, que cayó atrás. Si alguien lo adulaba, en charla privada u oficial, Tiberio lo interrumpía desaprobando. Un día, alguien lo llamó señor; Tiberio le rogó no lo llamase en adelante de aquel modo «tan ofensivo». En cambio, recibía sonriente afrentas, calumnias y sátiras referentes a él y a los suyos. Comentaba entonces que una sociedad libre tiene derecho a expresarse con libertad. Al ordenar el Senado una encuesta sobre tales ataques a la dignidad imperial, Tiberio dijo a los senadores: «No tenernos tiempo para ocuparnos de estos asuntos. Si ahora hacéis una encuesta, en lo sucesivo ya no haréis otra cosa, porque de todas partes os lloverán calumnias y pedirán que castiguéis a sus autores so pretexto de tratarse de crímenes de lesa majestad». Adulando al emperador, el Senado quiso dar su nombre a uno de los meses del año, honor ya ofrecido a sus dos predecesores; Tiberio respondió secamente: «¿Y qué haréis cuando os encontréis con el César décimo tercero?».

Tiberio no quería que el pueblo lo venerara como a un dios, ni le dedicara templos, ni le erigiera estatuas. Más de una vez repitió al Senado que se consideraba «servidor de la sociedad». Tiberio formulaba el principio que haría célebre Federico II: el soberano es el primer servidor del Estado. Quiso dar a sus súbditos ejemplo de sobriedad. Suetonio cuenta que en los banquetes oficiales, a menudo hacía servir los restos de la víspera. Un día llegó a la mesa la mitad de un jabalí; ante la desaprobaciónde sus distinguidos huéspedes, objetó: «Medio jabalí tiene trozos tan buenos como un
jabalí entero».

Promovió la prosperidad de las provincias, de todas formas posibles. «Un buen pastor esquila a sus ovejas, pero no las esquilma», advertía a los procónsules en exceso codiciosos y explotadores. Si a veces dejaba sus provincias a tales gobernantes, atentos sólo a sus intereses particulares, comentaba con humor que obraba así porque «las moscas hartas son menos golosas que las moscas hambrientas».

De poco le servían estas buenas cualidades y cumplir sin desaliento sus deberes de jefe, reprimir el bandolerismo y otros delitos, usar los fondos públicos con parsimonia y no desperdiciar dinero ni esfuerzos cuando era menester reparar los quebrantos de malas cosechas, incendios y otros desastres. Cada vez era más evidente que Tiberio no debía esperar gratitud alguna por su abnegación hacia Roma. Sus súbditos sólo veían en él sus brusquedades. Los malquistaba con Tiberio el que éste no organizase juegos de gladiadores y combates de fieras más que a disgusto y que nunca asistiese a espectáculos sangrientos si otros los ofrecían. Los romanos juzgaban fastidiosa y triste la Roma de Tiberio.

El pueblo abrigaba un solo sentimiento respecto a su emperador: el temor. Tiberio respondía con el desprecio, volviéndose cada día más misántropo. Detestaba a los aduladores que se arrastraban ante él y lo injuriaban apenas volvía la espalda. César y Augusto aceptaron a los hombres tales como eran; Tiberio fue incapaz de ello. Severo como la misma Némesis, no sabía condescender ni acomodarse al espíritu de la época. Solamente Sejano, el prefecto de los pretorianos (su guardia imperial), se había ganado su ilimitada confianza desde el día en que, en un viaje por la Campania, el emperador se detuvo en una gruta para reparar fuerzas, pues de pronto se desprendieron de la bóveda enormes piedras que aplastaron a varios servidores, y mientras todos huían, pensando sólo en su propia seguridad, Sejano se arrojó sobre Tiberio, protegiéndolo con su cuerpo.

Pero Sejano era astuto, cauteloso como una serpiente que despliega sus anillos en silencio. Logró hacerse indispensable a Tiberio y al mismo tiempo supo convertir a sus pretorianos en instrumento seguro. Incrementando su influencia sobre el emperador, Sejano ganaba amigos en las más altas clases sociales y los proponía al emperador en los nombramientos de procónsules. Mientras cuidaba así su popularidad entre los optimates, Sejano esforzóse en profundizar el abismo que separaba al pueblo del emperador, cultivando la desconfianza y misantropía del solitario. Se convirtió en genio malo de Tiberio. Éste simbolizaba así sus relaciones con el pueblo romano: «Tengo un lobo cogido por las dos orejas». Pero el lobo tenía las orejas cortas; por ello tenía que agarrarlas muy fuerte, si no quería ser devorado. Criticar las declaraciones o los actos del emperador llegó a ser motivo suficiente para caer en su desgracia.

Cuanto más seguro se sentía Sejano, en medio del terror provocado por él, más temerario era. ¿Por qué, siendo jefe de diez mil legionarios custodios del Imperio Romano, no podría convertirse en dueño de todo el imperio? El hijo del emperador, Druso, era un obstáculo: el heredero del trono no era fácil de engañar y adivinaba los más íntimos pensamientos del ambicioso comandante de la guardia. Druso odiaba al favorito de su padre. Un día no pudo contenerse: la escena empezó por un cambio de chanzas y acabó con una bofetada de Druso al pretoriano. Desde aquel momento, Sejano no retrocedió ante ningún medio para aniquilar al heredero. Se hizo asiduo de la esposa de Druso; colmándola de atenciones, logró seducirla hasta tal extremo, que mandó preparar a su médico personal un veneno que la desembarazó de su marido.

Eliminado Druso, tres personas impedían aún el camino de Sejano: los tres hijos varones de Germánico. Su madre era la altiva y ambiciosa Agripina, hija de Julia. Como otros muchos, sospechaba que el emperador había mandado matar a su esposo y, mujer apasionada, no se recataba en divulgarlo. Sejano demostró un maquiavelismo, atroz. Incitó a Agripina a cometer imprudencias, comprobando satisfecho que crecía la desconfianza de Tiberio hacia su sobrina. Sejano vio ganada la partida. Hizo acusar a Agripina y a sus hijos de alta traición y que el Senado los condenase a destierro o prisión. Los tres se dejaron morir de hambre. Pero el favorito imperial obraba tan a su antojo, que Tiberio empezó a desconfiar de él, como de los demás, y a temerle. Un día tuvo pruebas que Sejano conjuraba contra él. El traidor debía recibir su castigo, pero el viejo emperador no se atrevió a hacerlo directamente, por temor a una posible rebelión de los pretorianos. Socavó con astucia el poder de Sejano. El Senado y el pueblo debían saber que Sejano no era tan poderoso como antes. Tiberio siguió colmándole de honores, pero, de vez en cuando, le reprochaba su conducta y el favorito perdió seguridad. Al fin, Tiberio pudo asestar el golpe de gracia que tenía largo tiempo preparado.

Ante todo, Tiberio tranquilizó a Sejano, prometiéndole un puesto de tribuno, que haría del pretoriano un co-regente del emperador. Un día del año 31 se rumoreó que el esperado nombramiento acababa de decretarse en Capri, donde se hallaba Tiberio. Se le presentó un oficial de la guardia con una carta del emperador. Loco de alegría por el honor que le dispensaban, Sejano penetró en la sala de juntas del Senado. La presa había caído en la trampa. Leyóse la carta del emperador, un documento interminable, escrito en estilo enfático y ampuloso. Nadie sabía cómo terminaría aquello. Sólo al leer las últimas frases comprendieron todos que el prefecto de los pretorianos había sido declarado culpable de alta traición y debía ser detenido en el acto.

Parecía que había caído un rayo en el Senado. Sejano seguía sentado, petrificado. Al acercarse el cónsul de turno para arrestarlo, preguntó: «Pero ¿se trata de mí?» Todos los odios suscitados por el favorito estallaron de súbito. Como suele ocurrir en casos parecidos, quienes más lo habían adulado, fueron ahora los que lo ultrajaron más. En el trayecto del Senado a la prisión, arrojóse la multitud sobre el prefecto caído, le rasgó los vestidos y le golpeó el rostro. Entretanto, el oficial mensajero del emperador calmó a los pretorianos. Les anunció que Tiberio había depuesto a Sejano y lo había nombrado en su lugar comandante de la guardia. Tiberio escribió una carta tan larga para que el nuevo jefe militar tuviese tiempo de vencer las dificultades de la sucesión. Mediante ricos presentes en especie, los soldados quedaron convencidos: valía más obedecer al nuevo prefecto.

Aquel mismo día, el Senado condenó a muerte al favorito, antes todopoderoso. El cadáver de Sejano fue entregado a la venganza del pueblo, que lo arrastró durante tres días por las calles de Roma antes de arrojarlo al Tíber. El mismo pueblo derribó e hizo añicos las estatuas erigidas al favorito del emperador cuando era dueño del poder. Los parientes y amigos de Sejano, tenidos como cómplices, fueron asesinados. Incluso sus hijos expiaron. las faltas del padre. La madre, desesperada ante los tiernos cadáveres, escribió a Tiberio y reveló que ,ti marido fue culpable de la muerte del heredero del trono; luego, la desventurada se suicidó. Tiberio enloqueció ante tales esclarecimientos. Su persistente disgusto hacia cuantos le rodeaban estalló con la fuerza de un huracán que siembra la muerte y la desolación a su paso. Hasta entonces, Tiberio se había contenido en su amargura; ahora su decepción y desprecio por sus semejantes llegaron a tal punto, cate perdió el dominio de sí mismo.

El emperador tenía entonces sesenta años; hacía cinco que vivía en la isla de Capri. En esta «isla de recreo» trataba de olvidar la pompa del imperio que le horrorizaba, las mujeres ambiciosas e intrigantes de la corte, la humanidad entera. Nada ni nadie pudo persuadirlo a que volviera a ver las siete colinas de Roma. Prefería vivir en su quinta de mármol blanco, erigida sobre rocas entre viñedos, dominando uno de los paisajes más bellos del mundo, con el golfo de Nápoles, de luminoso azul, a sus pies, y al fondo, el Vesubio. Pero ¿gozaba Tiberio de tan excepcional panorama? Por orden suya zarpaban galeras imperiales de Capri a Roma, para ordenar nuevas matanzas. Los senadores obedecían a ciegas, esperando así alejar el peligro de su propia cabeza. En Roma, el sistema de delación oficial proporcionaba cada día nuevas víctimas, y en Capri las furias amargaban cada vez más el espíritu del viejo solitario. Los remordimientos de Tiberio acallaron un día su encono. Sentía imperiosa necesidad de aliviar su conciencia y expiar sus faltas. Dirigió una carta al Senado evidenciando ciertos síntomas de extravío: «Lo que voy a escribiros, senadores, la razón de que os escriba o que no quiera escribir hoy… los dioses y diosas pueden abatirme más aún de cuanto yo sé abatirme cada día a mí mismo…».

Mientras en Roma continuaba la matanza, su instigador permanecía en el roquedal de Capri. El litoral insular era escarpado y sólo pequeñas embarcaciones podían llegar allí. Los centinelas cerraban todos los caminos hacia la cumbre. Cuando aparecía una vela en aquella bahía resplandeciente de sol, era para traer nuevas denuncias o acusados para ser interrogados por el emperador. A veces también llegaba un abastecedor que había encontrado entre los jóvenes de Campania nuevas presas para los vicios del emperador. Tales relatos circulaban por la capital. Su veracidad debe ponerse en tela de juicio; es sabido que borrachos y licenciosos suelen hablar de perversiones sexuales. En Roma, todas las clases sociales se arrastraban entre la corrupción y la inmoralidad y el populacho imaginaba que el emperador aprovechaba su soledad en la bella isla para dar libre curso a todas las depravaciones a que ellos se dedicaban; pero es difícil que un hombre de vida irreprochable se convierta, de repente, a los sesenta años, en un
monstruo de perversidad.

Sólo la muerte podía aliviar al desgraciado anciano. Ésta se hizo esperar: recién a sus setenta y ocho años de edad exhaló el último suspiro. Augusto había muerto a los 76. Se cuenta que Tiberio abrió los ojos cuando todos lo creían muerto; el sucesor de Sejano, horrorizado, se precipitó sobre el emperador y lo asfixió entre las almohadas.

Tácito describe a Tiberio como un tirano autoritario y cruel, hipócrita y licencioso. Su historia de los «Césares locos» es una larga tragedia que impresiona al lector. Ahora bien: el historiador que más ha influido en la opinión sobre los primeros emperadores romanos era enemigo irreconciliable de la institución imperial; sería injusto olvidarlo y juzgar con él la memoria de Tiberio. Tácito consideraba al cesarismo como un mal político y no comprendía en absoluto las razones históricas de la institución imperial que se encargó de asegurar el bienestar del imperio. Las descripciones sicológicas de Tácito parecen de una exactitud asombrosa, pero acaso deriven del prejuicio aristócrata contra el poder personal. Los eruditos de épocas posteriores han tenido dificultades, por culpa de Tácito, para reconstruir una imagen más fiel del segundo emperador. Quizás algunos de ellos hayan ido demasiado lejos al rehabilitar a su héroe. No obstante, hoy tenemos una opinión de Tiberio más exacta que la de Tácito, cuyo odio hacia éste lo mueve a consideraciones generales que se oponen a los hechos indicados por el mismo historiador. Es notable, por ejemplo, que Tiberio perdonase a muchos reos de lesa majestad. Un biógrafo de Tiberio ha calculado que concedió perdón en la mitad de los casos citados por Tácito. Según parece, nadie era condenado sólo por alta traición, sino cuando ésta iba acompañada por algún otro delito. Desde luego, se impone una pregunta: ¿las numerosas acusaciones de lesa majestad no deben considerarse como pruebas de adhesión de un Senado invertebrado hacia su emperador?

Otra opinión puede tenerse de Tiberio soslayando en el texto de Tácito todo cuanto éste pudiera «pensar» o «querer», y ateniéndose sólo a lo que el emperador hizo en realidad, según elpropio Tácito: el historiador republicano tiende a colocar todos los actos de Tiberio a una luz desfavorable y sólo ve hipocresía si, el emperador aparece en sus momentos buenos. Otros aspectos sombríos desaparecen también si se toma con un gramo de humor todo lo que Tácito cuenta de los chismes que circulaban en Roma, aquellos «se dice que…» y «es opinión común que…» No debe olvidarse tampoco que los contemporáneos de Tiberio hablaban bien de él, al menos según testimonios llegados a nosotros, y que Tácito vivió en el siglo siguiente.

Quien desee juzgar, en general, la obra de Tácito, debe tener en cuenta un hecho: Tácito es un despiadado observador de los hombres y de los acontecimientos, incapaz de ver el lado bueno de las cosas, al parecer. Existe una profunda diferencia entre su obra y la de Tito Livio. Éste escribía compartiendo; el orgullo nacional brota en cada página suya cuando describe los hechos heroicos del pueblo romano, los progresos de Roma, su imperio. Tácito, en cambio, escribe la historia como si cumpliese un deber penoso y no se esfuerza en ocultar que le repugna el curso de los acontecimientos. Juzgaba los hechos y las personas con la visión de un vecino de la urbe y, como tal, despreciaba al campo y las provincias. Si hubiese sentido simpatía por estas regiones, lo más importante del imperio, quizás habría juzgado la época imperial de manera diferente. Lejos de las siete colinas, hubiera sido testigo de costumbres menos corrompidas y gentes más felices; pero Tácito sólo tenía ojos para Roma y sus contornos inmediatos. Una ojeada a las provincias le hubiese explicado por qué pudo mantenerse el imperio, pese a la larga serie de monstruos que ocuparon el trono.

Las biografías de Suetonio constituyen otra fuente importante de documentación para el historiador actual. Pero estas obras conceden excesiva importancia a habladurías y chismorreos, propios de pueblos meridionales, que sacrifican frívolamente la verdad al placer del chiste o de la anécdota. Tiberio no era un monstruo cruel ni un ser sediento de sangre, sino un soberano consciente de sus deberes. Fue sin duda uno de esos hombres que se diría han nacido para la desgracia, que matan toda la alegría del vivir en torno suyo. Tiberio era uno de estos hombres; la vida no era agradable bajo su reinado y ello se manifiesta en el gran número de suicidios que se cometieron durante su época: se suicidaban sobre todo quienes temían ser acusados de alta traición. En tiempo de Tiberio y sus inmediatos sucesores, el suicidio llegó a ser una verdadera epidemia.

La vida de Tiberio hubiera sido quizá distinta si no lo hubiesen obligado en su juventud a separarse de la mujer que amaba. El resentimiento por esta violenta intromisión en su vida privada persistió hasta su muerte. Dícese que cuando encontraba a su primera mujer, los ojos de este hombre, tan desapegado de los demás, se llenaban de lágrimas.

Calígula: la demencia en el poder.

Ilustración Busto del emperador Calígula
Busto del emperador Calígula, año 37 al 41.

El imperio suspiró aliviado cuando se enteró de la muerte del viejo misántropo: “Ha muerto el león”, se oía exclamar en las calles y hubo caras de risa y ojos alegres en toda Italia. El nuevo emperador, aclamado por el pueblo, era hijo de aquel Germánico tan querido de todos los romanos. Gayo se había atraído los favores del viejo solitario de Capri, que incluso lo adoptó. Es conocido con el nombre de Calígula, que significa “botita”: los soldados de Germánico le adjudicaron este apodo cuando aún era niño; en efecto, su madre le ponía pequeñas botas de soldado.

La alegría de los romanos fue de corta duración: salían del fuego; para caer en las brasas. Calígula era el último descendiente de la gens Iulia. Y el más degenerado. Tenía el rostro hinchado, los ojos sin vida, rasgos muelles, calvicie prematura. Su debilidad de carácter y su: vicios eran evidentes. El viejo misántropo de Capri juzgaba bien a Calígula cuando decía: «Este muchacho tendrá todos los defectos de Sila y ninguna de sus virtudes». En efecto, el joven arrastrábase como un perro ante el tirano y no mostró la menor emoción cuando supo la muerte de su madre y hermanos.

A los veinticinco años, este ser de naturaleza tan servil se convirtió de pronto en dueño del mundo. Se desenfrenó. El ahorrativo Tiberio había acumulado riquezas enormes en su largo reinado: Calígula la, dilapidó en nueve meses; para volver a llenarlas, elevó los impuesto y condenó a muerte por lesa majestad a los súbditos más ricos. Un día pronunció cuarenta sentencias de muerte en un tiempo mínimo cundo su mujer se despertó de la siesta, Calígula se enorgulleció ante ella del dinero que había ganado durante su sueño. En otra ocasión, un condenado a muerte por alta traición resultó menos rico de lo esperado. «Me he equivocado -dijo el emperador-; de saberlo, lo hubiera dejado vivir».

Calígula no dejaba escapar ocasión de manifestar que podía permitírselo todo. Si acariciaba el cuello de su mujer o de su amante, solía decir: «¡Qué cuello tan bonito! ¡Una palabra mía y caería bajo el hacha del verdugo!» Un día, en el coliseo le pareció que el público no lo aclamaba bastante. «El pueblo romano debería tener una sola cabeza -dijo Calígula-; así el emperador podría cortarla de un solo golpe».

Tiberio había tenido por divisa: Oderint, dum probent (que me odien, con tal que me respeten); Calígula prefirió ésta: Oderint, dum metuant (que me odien, con tal que me teman). Ante su espejo, se ejercitaba en adquirir terrible aspecto. La tiranía de Tiberio era reflexiva; Calígula se portaba como un desaprensivo. A Tiberio lo atormentaban los remordimientos; era un desgraciado en el trono imperial. Calígula nunca dio pruebas de humanidad: era un sicópata.

Una vez emperador, Calígula no toleró que nadie recibiera más honores que él, dueño del mundo. Mandó cortar la cabeza a las estatuas de los dioses y las hizo sustituir por otras con su propio rostro por modelo. Se erigió un templo espléndido en donde aparecía en forma de Júpiter o de Baco…, a veces incluso de Juno o de Venus. Preguntó un día a un célebre artista: «¿Quién te parece mayor, Júpiter o yo?» El hombre estaba demasiado aturdido para responder de pronto y Calígula lo mandó azotar. Cuando elpobre actor pidió perdón, el emperador le elogió su voz, tan adecuada en el tormento como en la escena.

Calígula descendía de los dioses: por su madre, la línea ascendía de Julo, hijo de Eneas y nieto de Venus. El origen modesto de su abuelo Agripa ensombrecía tan brillante genealogía; parece que Calígula quiso borrar esta mancha pretendiendo que Agripina había nacido de amores incestuosos entre Augusto y Julia. Y como un descendiente de los dioses no encontraría esposa digna de él, Calígula cohabitó con su propia hermana Julia Drusila, como Júpiter y Juno. Y se hubiese casado con ella oficialmente, como los incas y faraones, si no hubiera muerto de repente: Calígula entonces la proclamó diosa. Un occidental apenas puede comprender esta conducta; acaso se explique por la pasión que sentía el emperador por todo lo egipcio. Muchos romanos consideraban a Egipto como sentina de todas las perversiones. El favorito de Calígula era un egipcio, lo propio que sus servidores. Apenas subió al trono, acogió
como principal religión estatal el culto de Isis; Tiberio había mandado destruir su templo y arrojar la estatua al Tiber. El ideal de Calígula era tener una corte alejandrina, para reinar como un faraón en majestad divina. Durante el gobierno de Calígula, el principado se convirtió casi en «despotismo oriental».

Al morir la «diosa», Calígula cambió de mujer casi cada día, pudiera decirse. En un solo año se casó y divorció tres veces. Suetonio describe la sensualidad de Calígula con una anécdota digna de un sultán oriental. El emperador solía invitar a un festín a las mujeres que quería conocer, con sus maridos, y en presencia de éstos las agraviaba de palabra y de hecho, haciendo destacar sus defectos. Nada la detenía. Manifestaba ostensiblemente su desprecio por la vida humana, y como todos lo sabían soportaban estoicamente sus desplantes para evitar ser objeto de su venganza.

El emperador envidiaba a cuantos desempeñaban cargos importantes. Muchos debieron su vida a la astucia. Séneca se libró de los verdugos, porque sus amigos convencieron al emperador que el filósofo estaba en el último grado de tuberculosis. Cierto alto funcionario, citado ante el tribunal de Calígula, se cubrió el rostro como si sus ojos no pudiesen soportar el resplandor del divino rostro. Calígula quedó tan halagado que, en adelante, aquel hombre fue uno de sus favoritos. En cierta ocasión el emperador dio una fiesta cortesana, con un cónsul a cada lado; de súbito, Calígula se
echó a reír, los invitados preguntaron con servilismo qué divertía tanto al emperador y éste respondió: «¡Estaba pensando que bastaría una palabra mía para cortaros la cabeza a todos!» En los juegos de gladiadores, no estaba satisfecho mientras la arena del anfiteatro no se empapaba de sangre. Si no había suficientes malhechores para echarlos alas fieras, hacía arrojar a varios espectadores. Obligaba a los nobles a batirse como gladiadores. Durante su reinado, Calígula fue muy popular entre los romanos. Hacía tiempo que nadie organizaba juegos tan espléndidos ni ofrecía diversiones con tal
generosidad.

Calígula tenía una idea descabellada: echar un puente sobre parte del golfo de Nápoles, desde la mundana estación balnearia de Baies hasta la ciudad de Puteoli, unos cinco kilómetros en total. ¿Y para qué quería Calígula construir este puente? Por el maldito deseo de llamar la atención y por espíritu de contradicción. En tiempos de Tiberio, un astrólogo cortesano había predicho que Calígula no sería emperador, como tampoco podría caminar sobre las aguas del golfo de Nápoles. Calígula ordenó concentrar en Baies navíos mercantes de toda Italia para que formaran un puente de barcos. Terminado éste, el emperador en persona, altivo como un pavo real, pasó de Baies a Puteoli con la coraza de Alejandro Magno puesta. Tras esta hazaña, descansó un día; después volvió a pasar el puente en una cuadriga, acompañado de su guardia y una multitud de espectadores. El emperador hizo alto en medio del puente y subió a unatribuna levantada ex profeso para cantar sus propias alabanzas. Después celebró el magno acontecimiento con un festín que duró hasta muy entrada la noche. En plena embriaguez, le sobrevino de repente una idea, característica suya: arrojar a todos los convidados al mar. Los gritos de angustia se oyeron desde muy lejos.

Hubo desde luego conjuras urdidas para expulsar del trono a este monstruo o neutralizarlo. Pero todos los intentos fracasaron ante la vigilancia de los pretorianos. Sólo éstos eran capaces de salvar a Roma. Por fin uniéronse algunos oficiales de la guardia y, en el año 41, mataron al tirano en su palacio. Apenas había reinado cuatro años. El populacho romano lloró su prematura muerte, pues Calígula se había preocupado del anfiteatro y del hipódromo. Para ser lo más justos posible, debemos admitir que Calígula no estaba totalmente desprovisto de valor, como sus vicios e insolencias parecen indicar. El historiador que lo estudie a fondo puede hallarle matices favorables; así, no eran injustificadas todas sus sentencias de muerte, ni malgastó todos los fondos públicos, ya que consagró una parte a trabajos constructivos útiles, y entendía bastante la política extranjera.

Antes de la segunda guerra mundial, se realizaron en Italia unas investigaciones arqueológicas que volvieron el nombre de Calígula al plano de la actualidad. Se desecó el lago de Nemi y se extrajeron los barcos de recreo de Calígula que yacían en el fondo. Este pequeño lago volcánico está sito en una región montañosa y pintoresca, a pocas decenas de kilómetros al sudeste de Roma, antiguo cráter lleno de aguas de montaña. La superficie del lago es circular y lisa, apenas rizada por algún soplo de aire. Era llamado en la Antigüedad «el espejo de Diana», diosa a la cual se había dedicado en sus orillas un célebre templo y un bosque sagrado (nemus, en latín, «bosque, selva»), que diera su nombre a la aldea de Nemus.

Los romanos ricos de la Antigüedad apreciaban la belleza de esta región y su agradable clima. El lago estaba entonces rodeado de casas de campo, parques y jardines espléndidos. Pero los veraneantes más ricos no se contentaban con habitar las orillas y erigían sus quintas sobre el propio lago. Es probable que Calígula construyera dos grandes barcos de recreo a ejemplo de los Tolomeos y los tiranos de Sicilia. Los transformó en verdaderas ciudades flotantes, cubiertas de flores y verdor, con vides y árboles frutales, peristilos sombreados, fuentes y salas de baños. Estos buques desaparecieron con Calígula. Un día, o mejor, una noche se hundieron en la laguna. El recuerdo de su esplendor sólo sobrevivió en la tradición popular. A comienzos de siglo XV, el propietario de la comarca encargó a un célebre ingeniero que comprobara el fundamento de las leyendas que circulaban en aquellos contornos acerca de los dos navíos hundidos. Ayudado por unos excelentes nadadores genoveses, el ingeniero consiguió aferrar con ganchos uno de los cascos y se sacó del agua la cubierta de proa, hecha con planchas de madera de alerce de tres pulgadas de espesor, cubiertas de plomo.

Un siglo después, se emprendieron nuevas búsquedas con ayuda de una primitiva campana de inmersión. Se comprobó, entre otras cosas, la existencia de un suelo de ladrillo carmín en el interior del barco. También la tentativa dio escaso resultado. Un coleccionista de Roma, Constancio Maes, tan, apasionado y entusiasta como Schliemann, se obsesionó con los dos navíos hundidos. A finales del siglo XIX, los mencionó en una serie de artículos que llamaron la atención. Al desescombrar el templo de Diana, los arqueólogos ampliaron sus investigaciones al lago. Los hallazgos fueron numerosos: una maravillosa cabeza de bronce procedente de un mascarón de proa, cinco cabezas de animales, también en bronce, de bellísima talla, abundantes restos de mosaicos y, en fin, dos largos colectores de agua, con el sello de Calígula. Las autoridades prohibieron seguir los trabajos, pero fueron seguidos por cuenta del
Estado en 1928. Los navíos son de grandes dimensiones: uno de ellos tiene setenta metros de eslora, el otro 75. Apenas contienen objetos preciosos, retirados sin duda antes de barrenar y hundir las naves. Tienen gran importancia, para conocer la construcción naval de la época; son los buques más antiguos que se conservan. Las célebres cabezas zoomorfas extraídas con anterioridad del agua no forman parte de los barcos propiamente dichos, sino de un puentetendido desde la orilla al buque más cercano. Ambos navíos se hallaron a una profundidad aproximada de unos veinte metros.

Claudio y sus esposas.

En el año 41, Roma se vio al fin libre de Calígula y de un régimen de terror que tanto había durado. Para evitar la repetición de tales abominaciones, el Senado quiso restaurar para lo sucesivo las instituciones republicanas. A los pretorianos no les gustó el proyecto, ya que su existencia dependía del principado. Los soldados actuaron con rapidez, antes que la idea de la restauración republicana hiciera mella en la masa popular. Pero ¿dónde hallar un candidato para el trono imperial? La casualidad acudió en su ayuda en forma bastante pintoresca.

Algunos pretorianos recorrían el palacio en busca del asesino de Calígula; de pronto vieron asomar dos pies debajo de tina cortina. Los celosos militares se apresuraron a averiguar de quién se trataba: era Claudio, tío de Calígula, atemorizado y oculto tras la cortina. Era un hombre débil, enfermizo, casi deforme. Su madre, Antonia, modelo de franqueza, jamás manifestó gran cariño por este hijo al que llamaba «engendro». «¡Eres más animal que Claudio!», decía Antonia a todo el que daba señales de estupidez.

Tal engendro avergonzaba a la familia de Claudio, que era muy orgullosa; apenas si su madre le permitía mostrarse en público. A él fue a quien hallaron los pretorianos tras la cortina, temblando como una hoja. Los soldados lo sacaron de su escondite y lo llevaron fuera: Claudio creía que iban a matarlo, pero los legionarios lo condujeron al trono imperial. La guardia pretoriana necesitaba a toda prisa un príncipe, no importaba cuál. Lo encontraron a tiempo. Los soldados llevaron a Claudio en triunfo al cuartel de la guardia y lo proclamaron césar. Claudio recompensó a los pretorianos con una considerable suma, gesto que se convirtió en lo sucesivo en algo ritual al proclamar emperadores. Personalmente, Claudio sólo deseaba dedicarse en paz a sus estudios históricos, lo que no obsta para que prefiriese el trono imperial a ser entregado al verdugo, por muy familiar que le fuera esta idea. En el reinado de su sobrino, la vida de Claudio pendió muchas veces de un hilo y pudo salvar su piel aparentando ser más idiota de lo que era en realidad.

La idea del Senado se desvaneció: la república no pudo ser restablecida; los senadores se limitaron a pronunciar violentos discursos contra la tiranía. Cuando los pretorianos proclamaron al débil y enfermo historiador, que contaba entonces unos cuarenta años de edad, nadie sospechó que Claudio iba a ser un testaferro, aunque muchos se preguntaban quién sería el verdadero dueño del imperio romano. De hecho, los más importantes dignatarios se repartieron el poder. Casi todos eran esclavos griegos libertos, entregados en cuerpo y alma al dueño de quien dependían. En general, cumplieron en forma intachable sus tareas, similares a las de nuestros ministros, pero conocían tan bien como los procónsules romanos el modo de enriquecerse a expensas del Estado. Si mediante la intriga habían alcanzado tan altas posiciones, con la intriga tenían que conservarlas.

La joven esposa del emperador, Mesalina, figura en la historia como un monstruo de lujuria. Transformó el palacio de Claudio en un antro de perversión y de crueldad por sus costumbres disolutas y por su manifiesto desprecio por los más elementales principios éticos. Roma no hablaba más que de sus desórdenes, sin que su marido se enterase de nada. Un prefecto de la guardia quiso revelar al emperador las orgías realizadas en su propio palacio: el imprudente pretoriano cavo su tumba. Cada romana en quien Mesalina sospechaba una posible rival o enemiga, vivía amenazada de muerte. Mesalina odiaba a Agripina y a Julia Livilla, hermanas de Calígula, sobre todo la segunda, muy bella y tan audaz, que desafiaba a la emperatriz. Mesalina la mandó desterrar por atentados a la moral. La infeliz sería asesinada poco después.

La voluntad de Mesalina era ley en la corte. Pero Claudio no era del todo inepto, gracias a su agudo sentido de la economía y a su deseo de justicia. Los impuestos se restablecieron en proporciones normales pese a la realización de grandes trabajos públicos; las exacciones acabaron también. El emperador manifestaba gran interés por la ley y le gustaba asumir en persona las funciones de juez supremo. Pero Mesalina, su genio malo, a veces lo indujo a matanzas que recordaron la siniestra memoria de Calígula. A los veinticuatro años y por primera vez en su vida, la insaciable Mesalina se enamoró locamente de un joven y apuesto cónsul. Lo envolvió de esplendor real y quiso a toda costa casarse con él. Un día, ausente Claudio, de Roma, Mesalina se casó con el cónsul. El burlado marido se enteró en Ostia de lo que ocurría en la capital y comprendió que, esta vez, su trono y su vida estaban en peligro.

Decidido a terminar con este estado de cosas, Claudio emprendió el regreso con un fuerte séquito y llegó en el momento preciso en que se celebraba una fiesta fastuosa en la que la emperatriz, cubierta con una piel de pantera, danzaba a la manera de las bacantes, mientras el cónsul con quien se había casado desempeñaba el papel de Baco. De pronto resonó un grito: «¡Viene el emperador!» La pareja huyó, pero, apresada, no pudo escapar al brazo vengador del indignado Claudio. Fueron condenados a muerte Mesalina y el cónsul. Mientras Claudio saboreaba una suculenta comida, se enteró sin pestañar que Mesalina había partido hacia el reino de las sombras. Luego se embriagó y olvidó todo lo ocurrido.

Poco después, Claudio volvióse a casar. Esta vez con su sobrina Agripina, cuñada de Calígula, a la que Mesalina tanto envidiara y a la que reservaba la misma suerte que a su hermana Julia. Agripina había tenido ya dos esposos y no era precisamente modelo de virtud; el único móvil de este matrimonio, para ella, fue abrir el camino del trono a Nerón, hijo de su primer matrimonio. Desterró a Británico, hijo del emperador y de Mesalina, llamado así en recuerdo de la victoria de su padre sobre los británicos.

Agripina dominó a su débil esposo como antes Mesalina. Si el emperador se fijaba en alguna otra mujer, Agripina ordenaba la muerte o el destierro de la rival. Y para desgracia de las infelices romanas, el ocupante del trono sentía tanta debilidad por las mujeres bonitas como por el vino y la buena comida.

Agripina consiguió casar a Nerón con Octavia, hija de Claudio y Mesalina; la posición de Nerón fue desde entonces inexpugnable, por lo que Agripina dejó de necesitar a Claudio. Pensó desembarazarse pronto de este esposo inoportuno, pero corría el riesgo de acabar como Mesalina. De las frases que, envueltas en tufo, salían a veces del viejo emperador embriagado, pudo deducir que empezaba a lamentar la deposición de Británico en favor de Nerón. En el año 54, Claudio sucumbió a las intrigas de su mujer; el medio empleado fue un plato de setas envenenadas.

Mapa de la conquista de Britania.
Campañas para la conquista de Britania, siglo I.

Agripina atrajo a los pretorianos a la causa de Nerón, nombrando prefecto de la guardia a un tal Burro, no por su competencia, sino para hacerle su esclavo. Apenas Claudio dio el último suspiro, cuando Nerón, acompañado de Burro, presentóse ante los pretorianos para ser proclamado emperador en lugar de Británico. Agripina, «abrumada de dolor», se arrojó al cuello de su hijastro llamándole «el vivo retrato de su padre», lo que no era precisamente un cumplido. Vertió lágrimas largo rato y prolongó sus efusiones de amistad a Británico, dando tiempo a que los pretorianos invistieran a su propio hijo. Logrado esto, el dolor de Agripina se esfumó como por ensalmo. Los amigos y partidarios de Británico fueron asesinados o «se les permitió» que se suicidaran.

En el reinado de Claudio comenzó la conquista romana de las islas Británicas. Una de las causas de esta operación fue de índole religiosa: Claudio quería extirpar la religión druídica allí enraizada; los druidas se formaban en la isla. Además, a los romanos les interesaba el comercio británico. Los traficantes romanos se habían extendido ya por toda Galia y se establecían también al otro lado del canal. Las legiones romanas fueron siguiéndoles. Claudio ambicionaba la «gloria militar». En Gran Bretaña, la victoria parecía fácil, pues los celtas estaban allí, como en otras partes, divididos en multitud de principados. Fieles a su antigua norma de «dividir para imperar”, los romanos se manifestaron protectores de un reyezuelo británico y así tuvieron el pretexto buscado para intervenir.

Los británicos se defendieron con valor, pero, a la larga, hubieron de ceder ante las legiones, más disciplinadas en combate. Envainadas las espadas, acudió el emperador al teatro de operaciones, ejerció el mando un par de semanas y regresó en el acto a Roma, para celebrar el triunfo tan codiciado. Desde entonces, Claudio no cesó de proclamar por doquier que había vencido a once reyes británicos, ampliando las fronteras del imperio romano más allá del océano. La Gran Bretaña fue anexionada hasta el norte del Támesis. Los territorios recién conquistados fueron protegidos por guarniciones y fortalezas romanas. Muchos campesinos romanos e italianos fueron a establecerse allí y el país se romanizó cada vez más. Hubo rebeliones, pero fueron pronto sofocadas.

Séneca, moralista y estadista.

La vida de Séneca recuerda la de Cicerón, su pariente por línea materna. Ambos pertenecen al pequeño grupo de escritores que desempeñaron un papel político, ambos se interesaron por la filosofía, ambos, pese a sus defectos, que revelaron en sus cartas, murieron con valor y dignidad.

Séneca pertenecía a una de las familias más ricas y distinguidas de Córdoba. Sin embargo, se educó en Roma. Fue retórico, filósofo, estoico y poeta. Su vida estuvo en peligro durante el reinado de Calígula: ya dijimos de qué forma pudo escapar de la muerte. Por instigación de Mesalina, el emperador Claudio desterró al filósofo a Córcega, acusado de relaciones sospechosas con Julia Livilla, hermana de Calígula. La verdadera razón debe buscarse, sin duda, en que Mesalina intentó en vano atraer a Séneca a sus orgías y maquinaciones políticas. Sustituida Mesalina por Agripina, pudo Séneca volver a Roma y ser nombrado para el alto cargo de preceptor de Nerón, que entonces tenía doce años. La educación del futuro emperador había sido vergonzosamente descuidada.

A excepción de sus tragedias y una sátira (muy mezquina) dirigida contra Claudio, Séneca sólo escribió obras filosóficas. Gozaba fama de moralista. Sin embargo, su ética no era rigurosa: Séneca estaba siempre dispuesto a considerar las debilidades humanas. Lo importante, pensaba, era acercarse cada vez más al ideal de la sabiduría estoica. Las obras de Séneca revelan un escritor de finura espiritual y un estilista. Las tesis de Séneca son tan parecidas a la doctrina cristiana, que algunos padres de la Iglesia han pretendido que se convirtió al cristianismo. Según ellos, el apóstol Pablo familiarizó a Séneca con el cristianismo, pues Pablo estuvo cautivo en Roma cuando aún vivía el filósofo. Se ha supuesto también una correspondencia entre Pablo y Séneca. Este filósofo se había liberado por completo del politeísmo popular y hablaba de Dios como del creador y señor de todas las cosas. «Sólo Dios es bueno», dice. Para él, Dios es Padre. El filósofo habla con calor del amor que Dios manifiesta hacia todos los hombres que hacen el bien, pero comparte la idea bíblica según la cual «el Señor castiga a los que ama».

«Estoy convencido que en nosotros mora un espíritu sagrado, que ve en nosotros todo lo bueno y todo lo malo. Este espíritu nos trata como lo tratamos nosotros mismos».

Para Séneca, todos los hombres son hermanos, incluso los esclavos y los bárbaros. Enseñaba que no debía devolverse mal por mal. «Vale más sufrir la injusticia que mostrarse uno mismo injusto», dice con Sócrates. Séneca manifiesta también este sentimiento de culpabilidad que caracteriza al verdadero cristiano; siente que la carne nos impide a menudo llevar una vida moral y piadosa. «Ningún hombre puede considerarse libre de pecado. Quien se declara puro de toda falta, sólo alardea de los dientes para afuera; que el juicio de su propia conciencia es incorruptible.» El mal no procede de fuera: «está en nosotros mismos; habita en nuestras propias entrañas. Por eso debemos arrancar nuestro corazón, si ese corazón alienta sed de placeres». Aunque estos pensamientos se parecen tanto a los cristianos, es improbable que Séneca conociera el cristianismo. Estas similitudes tampoco pueden explicarse por la influencia de los estoicos sobre los primeros escritos cristianos, dado que, por una parte, antes de convertirse a Cristo, san Pablo era un tenaz rabino ortodoxo y, como tal, reticente a toda influencia helenística; y por otra, el escrito, hoy extraviado, que constituyó la fuente común de los
evangelios sinópticos, parece haber sido una recopilación en arameo de tradiciones orales tenidas por las primeras comunidades cristianas de Palestina como auténticos recuerdos de Jesús.

Séneca cree en la inmortalidad del alma, aunque no con inquebrantable convicción, al parecer. Separándose de la doctrina cristiana, cree que el hombre debe poner él mismo fin a sus días y, como otros partidarios del estoicismo, elogia el suicidio, según él, puerta de la auténtica verdad y del reposo eterno. En efecto, Séneca vivía en una época en que la tiranía de los emperadores y la delación sistemática hacían preferible el suicidio a la amenaza cotidiana que
pesaba sobre todos los romanos de categoría. Bajo los tiranos, a menudo la muerte libremente aceptada parecía la única salida digna.

Las tragedias de Séneca, inspiradas en Eurípides, son las únicas tragedias romanas que han llegado a nosotros. Pero su recurso a la temática sangrienta -única manera de llamar la atención de los romanos, insensibilizados por los juegos del circo- y sus incesantes predicaciones morales, las sitúan en plano muy inferior a las tragedias griegas, transidas de fuerza dramática.

Retrato antiguo de un hombre y portada de un libro
Profesor Carl Grimberg y la portada del tomo III de su Historia Universal.

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VII LA DINASTÍA JULIA. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.

VER ÍNDICE GENERAL DE LA OBRA POR CAPÍTULOS.


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