VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VII LA DINASTÍA JULIA. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.
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- Una ambición insaciable.
- Incendio de Roma y muerte de Nerón.
- Política exterior en tiempos de Nerón.
- ¿Qué podemos pensar de Nerón?
En el año 54 tomaba posesión del trono otro personaje. El pueblo seguía anhelando tiempos mejores: ¿no era Nerón nieto del querido y llorado Germánico?
El nuevo Emperador, Nero Claudius Caesar Augustus Germanicus, había nacido el mismo año en que muriera Tiberio; tenía pues, diecisiete años. La sangre de Antonio, el mayor libertino que Roma conociera jamás, corría por las venas de Nerón como por las de Calígula y Claudio. Nerón era bisnieto de Antonia, hija de Antonio y Octavia. Llevaba, como Calígula, la manía erótica de Julia.
El Senado declaró al joven «padre de la patria», pero el título no compensaba su falta de madurez y experiencia. El poder efectivo debía ser ejercido por otro: Agripina creía podía ser ese alguien, pero Burro se lo impidió. Séneca había adquirido sobre Nerón cierta ascendencia moral, comparable a la de Sócrates sobre Alcibíades. Al filósofo le alentaba ver que este joven bien dotado entraba por caminos virtuosos. Por desgracia, el desventurado preceptor se desengañaría muy pronto. Por su parte, Burro era un militar rudo, que no entendía de sutilezas; sometióse también a la dirección del filósofo, porque Séneca no era un soñador alejado del mundo, sino que unía su vigor intelectual a un sólido sentido práctico y político. Séneca convirtióse así, por suerte para el imperio, en verdadero dueño de Roma, aunque por poco tiempo.
Una ambición insaciable.
Al principio, el joven emperador demostró cualidades simpáticas. Entusiasta de la cultura griega, quería trasplantarla a suelo romano. Idealista como todos los jóvenes, Nerón esperaba hacer de Roma una segunda Atenas e iniciar a los romanos en la estética. El propio emperador quiso dar ejemplo. Su sueño dorado era ser un gran poeta, un vate, pero su flaca voz no le ayudaba y sus esfuerzos poéticos resultaron bastante lastimosos. Naturalmente, ello no impedía que los cortesanos estallaran en aclamaciones delirantes cuando Nerón se dignaba pulsar su lira.
Agripina no se resignó a que otros gozasen del mando que se le negó a ella y se consagró al asesinato y a la intriga. Trató de atemorizar a su hijo recordándole a Británico, y acaso amenazó con hacerlo proclamar emperador por los pretorianos. Nerón sabía de qué era capaz su madre; el resultado probable de este chantaje fue que un día, invitado Británico a la mesa imperial, se desplomó para siempre. Su hermanastro le hizo servir una bebida envenenada. Nerón continuó comiendo, sin inmutarse: aquello no era más que un ataque de epilepsia, dijo. ¿Es posible que Británico falleciera de muerte natural? De todas formas, Nerón cometió afrentoso crimen, del que no cabe excusa. No puede asegurarse con certeza que Nerón haya sido fratricida, pero sí que mató a su madre.
Cuanto más tiempo transcurría, más se apartaba Nerón de Séneca, rechazando su influencia. Solía vagar por las noches con amigos libertinos, atacando a los transeúntes solitarios por las calles de Roma y violando a las mujeres. Al fin, Nerón se enamoró locamente de Popea Sabina, una de las mujeres más conocidas de Roma y también de las menos recomendables. La madre del emperador se opuso con energía a tales amores, ya que Agripina adivinaba bien cuál sería su influencia el día en que la astuta Popea fuese emperatriz. Hizo cuanto estuvo en su poder para contrarrestar la acción de su rival. Nerón concibió entonces tal odio hacia su madre, que determinó deshacerse de ella, de forma que Agripina no sospechase nada y desapareciese sin dejar huella. Un crimen perfecto.
El emperador invitó a su madre a una fiesta en su quinta de Baies. Parecía que nunca se habían entendido tan bien madre e hijo. Nerón se despidió de su madre entrada la noche y le prestó para el regreso un barco maravillosamente adornado. El navío se deslizaba con suavidad por el lago, iluminado por la luna llena, cuando se oyeron gritos: ¡El navío hacía agua! Pero Agripina pudo salvarse nadando. Al enterarse de ello, Nerón mandó una patrulla a la casa donde se había refugiado; los soldados forzaron la puerta y asesinaron a Agripina.
Desde entonces, Nerón no gozó un instante de reposo. Trató de salvar las apariencias ante el Senado y la opinión pública, haciendo creer en una conjura dirigida contra él. Por otra parte, los cortesanos le alegaban lo mucho que se odiaba a Agripina; pero el emperador no podía ahogar los remordimientos. En lo sucesivo, no volvió a poner los pies en Baies: la visión de la playa donde se perpetró el crimen le era insoportable. Todo cuanto emprendió Nerón, llevó ya el sello de lo febril. Sus placeres eran cada día más desenfrenados. En el año 62 se rompieron los últimos lazos que contenían a la bestia.
Burro murió aquel año. Lo sucedió Tigelino, educado en la mayor corrupción moral, un verdadero canalla que, con palabras de Tácito, asentaba su poder en el crimen y «era capaz de las peores villanías si ello le reportaba ventajas». Séneca, entonces, abandonó la corte. Nerón quiso retenerle, pero el filósofo intuía que el emperador envidiaba su gloria y codiciaría su fortuna mientras viviera. El célebre estoico podía abandonar con holgura sus funciones; convertido en simple ciudadano, no se abstendría de nada, pues, en su privanza cortesana, había atesorado riquezas. Un día lo interpelaron en el Senado con estas palabras: «Me gustaría saber qué actividad le permitió a ese hombre ganar trescientos millones de sestercios en cuatro años». Verdad es que Séneca reconocía que su tren de vida, su magnífica quinta, etcétera, estaban en contradicción flagrante con la sencillez y renuncia que aconsejaba su doctrina Pero decía:
«El sabio no llega a ser nunca esclavo de sus riquezas y se contenta con preferirlas a la miseria. Por lo que a mí toca, mi fortuna puede desaparecer, sin que pierda en realidad nada. No me sentiría empobrecido, pues no es pobre quien posee pocas cosas, sino el que desea siempre más. Vosotros, en cambio, si perdierais vuestras riquezas, quedaríais aterrorizados, pues creeríais que os habríais perdido vosotros mismos. En resumen: yo soy dueño de mi fortuna, vosotros sois esclavos de la vuestra. El dinero desempeña cierto papel en mi vida; pues me ofrece posibilidades de hacer el bien, pero en la vuestra juega el papel principal”.
Séneca respondía con este principio a quienes le reprochaban su vida suntuosa: «Haced lo que os digo y no lo que hago». «Yo no alcancé aún la sabiduría -decía-; me contento con ser cada día algo mejor y un poco más sabio; nunca se coloca el ideal lo bastante alto».

A pesar de su opulencia, Séneca llevaba en cierto modo la vida de un verdadero estoico. Su frugalidad era casi la de un asceta. Dormía sobre lecho duro y se fortalecía con baños fríos. Séneca no era un genio, sino un hombre honrado con sus debilidades, un alma bondadosa que procuraba elevar a sus contemporáneos todo lo posible en una época de profunda decadencia moral. Quería darles un sentido de la vida o, por lo menos, algo que les impidiera sucumbir.
Apenas abandonó Séneca la corte imperial, Nerón eliminó a su prima hermana y esposa, Octavia, venerada por todos, y se casó con Popea, que recibió como regalo de bodas la cabeza sangrante de Octavia. El asesinato de su mujer fue el más horrible de Nerón. El de Agripina era, sin duda, repugnante, pero la madre de Nerón tenía muchos crímenes sobre su conciencia, lo que no ocurría en el caso de Octavia. La inocente esposa fue sacrificada a los vicios de su marido, después de haber visto morir a su madre, a su padre y a su hermano.
Sólo tres años pudo vivir como simple particular, y aún sintiendo el hacha del verdugo siempre pendiente sobre su cabeza. Popea y Tigelino le profesaban un odio tenaz. Ambos hicieron prodigios para atraer las sospechas del emperador hacia Séneca y despertar su codicia por la fortuna del filósofo. Un día, un sobrino de Séneca fue acusado de participar en una conspiración contra Nerón; ello fue el fin del sobrino y del tío. Nerón concedió a Séneca, como último favor, morir por su propia mano. Séneca afrontó la muerte con una serenidad verdaderamente estoica: abrióse las venas en el baño y se
desangro a la edad de sesenta años.
Incendio de Roma y muerte de Nerón.

En el año 64 ardió en Roma (“como fuego del infierno en un
abismo de pecado») el incendio que la posteridad ha asociado al recuerdo de Nerón. Durante seis días enteros hizo presa el fuego en los barrios populares y redujo a cenizas la mitad de la ciudad. Las llamas devoraron tesoros insustituibles, que los conquistadores romanos recogieran en tres continentes. El hecho ocurrió el día del aniversario del primer incendio perpetrado por los galos, hacia el año 386 a. C. Las gentes que habían perdido a sus parientes o sus bienes, lanzaban gritos desgarradores. Muchos fueron quemados vivos o asfixiados por el humo, otros fueron aplastados por los escombros o pisoteados por la gente que huía llena de pánico. Algunos,desesperados, se arrojaron a las llamas deliberadamente. Muchísimos quedaron sin techo y buscaron refugio en tumbas o mausoleos, pues los alojamientos de urgencia que Nerón mandó instalar eran insuficientes.
Nerón, desde una alta torre, gozaba del impresionante espectáculo (al menos así lo dice la tradición). Creyó llegado el momento de ejercitar su talento artístico: pidió una lira e improvisó un poema sobre el incendio de Troya. Comportamiento tan inconcebible le hizo sospechoso de haber incendiado él mismo la ciudad. Y, en efecto, se observó que el incendio originóse por segunda vez en los parques de Tigelino. Con todo, en este asunto, Nerón fue quizás inocente. Culpable o no, un hecho es cierto. Nerón aprovechó el incendio para realizar su loca ambición: la erección de un palacio imperial sin igual en el mundo. Muros y techos centelleaban de oro, perlas y piedras preciosas. El techo del comedor estaba hecho con placas de marfil que podían abrirse y dejar caer sobre los convidados una lluvia de flores y perfumes. Se llamó al palacio «la casa dorada de Nerón». Delante del edificio se erigió una estatua de oro, plata y bronce, de 36 metros de altura, que representaba a Nerón con la forma del dios Sol. Este monumento de refinado lujo, con parques, estanques y jardines, ocupaba tres de las siete colinas de Roma. «Al fin puedo vivir en una mansión digna», dijo Nerón al inaugurar el nuevo palacio imperial. Pero la opinión pública cubrió los muros de inscripciones: «Roma se ha convertido en residencia de un hombre solo». “¡Ciudadanos, pronto tendremos que ir a Veies: a menos que el César quiera también Veies para su mansión dorada!».
El gran incendio no. sólo fue pretexto ideal para las locas imaginaciones arquitectónicas de Nerón, sino también bienestar para futuros romanos. La excelente administración de Augusto realizó maravillas para hacer de Roma una ciudad más bella e higiénica. Augusto blasonaba de haber encontrado un poblado de ladrillos y dejado una ciudad de mármol. Augusto llenó de mármoles el Foro y el Campo de Marte, pero no hizo prácticamente nada por la vieja ciudad. Nerón, el munificente esteta, fue el primero en modernizar la Roma propiamente dicha. Hizo trazar amplias calles donde antes se amontonaban las casas entre callejones malolientes; abrió espacios libres y plazas públicas para dar a la ciudad más aire y más luz. Los pisos inferiores de las casas se construyeron todos de piedra; a lo largo de las calles había una especie de porches que preservaban a los transeúntes del rigor de la lluvia y del sol. Surgió una nueva capital, una metrópoli más digna del imperio que la antigua Roma, la de casas de madera y arcilla. La reconstrucción adquirió empuje y efectuóse en un estilo más pomposo que en el período helenístico. Roma se convirtió en auténtica ciudad imperial. La Roma antigua, cuyas ruinas nos llenan de admiración, es la Roma de los emperadores, la Roma de Nerón y sus sucesores.
Según Tácito, Nerón alejó de si las sospechas cargando la responsabilidad del incendio a los cristianos de Roma. Era fácil excitar al pueblo contra estos orientales: los cristianos de entonces eran casi todos judíos, gentes que despreciaban e injuriaban a los dioses que siempre protegieron al Estado romano, haciendo de él la primera potencia del mundo. ¿No podía esperarse todo de parte de aquellos impíos, incluso un incendio gigantesco y criminal? Sus profetas ¿no anunciaban que bajaría fuego del cielo y aniquilaría la capital, la gran prostituta del mundo pagano? Incluso, después del incendio aún se atrevían a decir que éste fue un azote que su Dios envió para castigar a los idólatras.
Mediante torturas se arrancaron confesiones a algunos cristianos. Desde entonces, el terror cayó sobre estos desgraciados adeptos de una religión y una moral más elevada. El emperador mandó crucificar a muchos; otros, revestidos con pieles de animales, fueron arrojados a las fieras del circo o a los perros. Se dice que otros, incluso, fueronencerrados en sacos untados de pez y quemados vivos para iluminar los jardines de Nerón durante las fiestas nocturnas. Mientras tanto, un estruendo de tambores y címbalos apagaba los gritos de los mártires.
¿Fueron perseguidos los cristianos en tiempo de Nerón sólo por ser sospechosos del criminal incendio o también por su religión? Los especialistas no están de acuerdo en el asunto. El historiador alemán Meyer es uno de los más ardientes defensores que las persecuciones tuvieron desde el principio carácter político-religioso. Según él, los romanos defendían ante todo la religión y la seguridad política de su Estado. Los romanos eran muy tolerantes en materia religiosa; en general, acogían gustosos a los dioses extranjeros. Los cristianos tenían derecho a introducir en Roma un nuevo Dios y adorarlo libremente -en ello nada había de anormal-, pero los romanos exigían reciprocidad. Roma no podía tolerar que los adeptos del nuevo dios rehusaran, por su parte, sacrificar a los dioses romanos. El Dios de los cristianos se negaba a ocupar un
puesto en el Panteón romano, entre los demás dioses; ello suscitó extrañeza al principio, irritación después. Luego, la cólera popular se transformó en verdadero odio. cuando los cristianos demostraron aversión hacia el deporte favorito del pueblo romano: los sangrientos juegos del circo.
Según la tradición, los apóstoles Pedro y Pablo fueron del número de los mártires ejecutados por Nerón. Pero el odio de éste no se dirigió sólo contra los cristianos. Se sistematizó de nuevo la delación y el emperador se propuso acabar con las antiguas familias de Roma. Tigelino se mostró en todo el cómplice dispuesto siempre a la matanza.
Esta tragicomedia del reinado neroniano alcanzó su cumbre en el año 66. Nerón decidió emprender una especie de viaje artístico a Grecia, sueño que acariciaba desde hacia mucho tiempo. Consideraba a los helenos como los únicos capaces de apreciar su talento en su justo valor. Sin embargo, para más seguridad, el emperador llevó consigo un «séquito» de varios miles de personas; éstos, admiradores a jornal, habían podido ensayarse con holgura durante los recitales de Nerón en Roma y otros lugares. En casi todas las ciudades griegas, el imperial aficionado canturreó, rascó la cítara y asesinó las obras del repertorio con enorme desagrado de un público a quien la más elemental prudencia forzaba al aplauso.
Nerón era buen conductor de carros y condujo un tiro de hasta diez caballos en Olimpia. Aquel año aprovechóse su viaje para celebrar los juegos helénicos; y en todas partes: en Olimpia, Delfos, Corinto, etcétera, fue necesario coronar al imperial concursante con los laureles del vencedor. Al fin, después de año y medio de ausencia, Nerón, el máximo triunfador en toda la historia de los Juegos Olímpicos, volvía a Roma: traía consigo cerca de dos mil coronas.
Las infamias de Nerón, sus crueldades, desenfrenos inauditos e insensatas decisiones se repitieron de año en año sin oposición, lo que indica el grado de decadencia del pueblo. La gente apenas reaccionaba ante la conducta del emperador. Todos tenían sus vicios. Además, el «padre de la patria» se esmeraba en proporcionar distracciones a su buen pueblo. El reinado de Nerón, como antes el de Calígula, fue bendecido por la escoria de la sociedad romana.
Pero todo tiene su límite. La oposición surgió en las Galias, cuyo procónsul alzó estandarte de rebelión. Roma supo un día que la Galia entera se había sublevado y que el procónsul de España se unía a los rebeldes; el emperador quedó paralizado, sin saber afrontar la situación. Sus amigos y favoritos lo dejaron caer: Tigelino, el primero se puso a salvo. La guardia pretoriana lo traicionó también. Nerón se despertó a medianoche y halló el palacio vacío: los criados habían desaparecido, ni un solo cortesano en las salas, los centinelas habían huido. Las ratas abandonaron el buque…
Sólo quedaron cuatro fieles junto a su césar. Conducido por ellos a una quinta fuera de Roma, supo el caído emperador que el Senado lo había marginado de la ley, condenándolo al castigo de los asesinos: flagelación hasta la muerte. Nerón, loco de terror, balbuceaba palabras incoherentes y frases teatrales recitarlas en otro tiempo. Oyóse fuera el galopar de una patrulla montada: Nerón consiguió dominarse y se hundió un puñal en el cuello, ayudado por su siervo. En aquellos minutos repitió llorando: «¡Qué gran artista pierde el mundo!» Este final grotesco concordaba con sus actos precedentes; era adecuado a un vanidoso demente que había recibido su primera
educación de un bailarín descocado.
El reinado de Nerón terminó en el 68, duró catorce años. Con sus generosidades hacia la plebe, colmándola de espectáculos y otras gracias, «había acostumbrado a la mayoría del pueblo romano—dice Tácito—a apreciar las faltas y los crímenes de los gobernantes igual que en otro tiempo sus virtudes». Con Nerón, muerto a la edad de treinta y dos años, se extinguió la dinastía Julia tan diestra en el uso de venenos y puñales como ninguna otra.
Política exterior en tiempos de Nerón.

En tiempo de Nerón, guiaron Séneca y Burro la política exterior hasta el año 62. Sus sucesores son menos conocidos, pero es sabido que la problemática oriental era para ellos de capital importancia desde el punto de vista mercantil. La prosperidad cada vez más floreciente de Roma exigía un comercio regular y sin obstáculos entre el oeste y el extremo oriente. Las rutas comerciales entre Roma y China cruzaban territorio parto. Roma, gran potencia, debía eliminar a este intermediario, someterlo a su hegemonía o aliarse a él; a no ser que hallara otra ruta.
Para el comercio con la India se había habilitado ya un itinerario marítimo libre de posibles obstrucciones. El gobierno se había esforzado, ante todo, en asegurar en el Asia sudoccidental depósitos para la navegación entre Egipto y la India. Por eso, en los comienzos del reinado de Augusto, las legiones romanas habían hecho respetar sus enseñas en la «Arabia Feliz». Luego, en tiempos de Nerón, se llegó a una verdadera ocupación militar y a la conclusión de tratados de amistad con los jeques de esas regiones. Pudieron entonces establecerse relaciones comerciales directas entre Egipto y la India. Cada año partían flotas romanas hacia las costas occidentales de la India, donde cargaban productos suntuarios.
Este progreso del comercio romano se dejó sentir, asimismo, en Etiopía. También allí se esforzó el gobierno en desarrollar un comercio directo, especialmente de marfil. foco después de la victoria octaviana de Accio, el gobernador de Egipto había llevado en triunfo las enseñas de Roma hasta la capital de Etiopía, unos 130 kilómetros al sur de la primera catarata. En tiempos de Nerón se envió una expedición de pretorianos a tierras nubias aun más meridionales.
Pero el mayor problema romano en el este era el de los partos. Desde que en tiempo de Pompeyo fuera declarada Siria provincia romana, Roma había conseguido mantener fuera de sus fronteras orientales al poderoso reino de los partos. Los soberanos partos se consideraban sucesores de Ciro y Darío; adoptaron el título de «Rey de reyes» y restauraron la antigua etiqueta de la corte aqueménide. La aristocracia parta vestía a la manera persa y seguía las antiguas costumbres. El reino estaba también dividido en satrapías. Esta resurrección del imperio persa enfrentó la política romana ante una «cuestión de Oriente» cada- vez más espinosa. El Éufrates era una frontera militarmente desfavorable.
Al principio, la causa del conflicto fue Armenia, el antiguo territorio de Tigranes. Este país montañoso e inaccesible, origen del Tigris y del Éufrates, proporcionaba una buena base de operaciones, tanto contra el imperio romano como contra los partos. Unas veces predominaba la influencia de éstos y otras, la romana. Durante el reinado de Claudio, orientado casi por entero hacia la conquista de las islas Británicas, un hermano menor del rey de reyes pudo apoderarse entonces del trono de Armenia. Tal era la situación al advenimiento de Nerón. Cuando se presentó una embajada armenia en Roma y solicitó ayuda para expulsar al usurpador, los procónsules de las provincias fronterizas recibieron orden de reconquistar Armenia. Lo consiguieron y el país se convirtió en Estado vasallo de Roma.
La inevitable guerra contra los partos estalló en el año 61. Los romanos no tenían la conciencia limpia. El rey de Armenia, vasallo de Roma, había hecho incursiones en territorios partos que él juzgaba pertenecer a Armenia. Los partos replicaron invadiendo Armenia, depusieron al rey amigo de Roma y repusieron al anterior. El rey de los partos, Vologeses I (51-77), exigió que los romanos reconociesen a su hermano como rey de Armenia; aceptaban, en cambio, que fuera coronado en Roma por el mismo emperador. Con estas condiciones se firmó la paz en el año 64.
Pero el aparato militar romano no confiaba en estas componendas, y se preparó para una acción de gran alcance en Oriente. Para ello reunió unos 75000 hombres, es decir, más del doble de los que hubo antes de Nerón. Algunos historiadores modernos creen que el viaje de Nerón a Grecia fue organizado por consejeros más inteligentes que el emperador para cubrir así la primera etapa de dicha campaña. Proyectóse también enviar una expedición que siguiera el curso del Nilo en dirección sur. Pero todo fracasó por la incompetencia de Nerón, incapaz de aprovechar los verdaderos móviles del viaje a Grecia. El emperador se dejó llevar por completo por su vanidad de artista. Sólo se inició un gran proyecto económico: el canal de Corinto, obra prevista ya por Julio César. Esperando el momento oportuno para comenzar la expedición, los pretorianos tuvieron tiempo de excavar el canal.
La política oriental a largo plazo, iniciada y abandonada bajo la férula de Nerón, sería recogida por el emperador Trajano medio siglo después.
¿Qué podemos pensar de Nerón?
Pocos historiadores se han dedicado a la ingrata tarea de rehabilitar a Nerón. W. Reinhardt, por ejemplo, en 1839. Henderson, biógrafo inglés de Nerón, va más lejos aún en sus intentos de corregir la imagen que nos dejó Tácito del emperador. La parcialidad de Tácito nos obliga a una crítica severa no sólo con relación al reinado de Tiberio, sino también al de Nerón. No obstante, existe una diferencia entre ambos: Nerón gozaba yaen tiempos de Tácito de una amplia fama de hombre corrompido e incapaz, de suerte que el historiador no pudo juzgar por sí mismo respecto a los defectos de Nerón como
en el caso de Tiberio. Un contemporáneo de Tácito, el historiador judío Josefo, que vivió mucho tiempo en Roma y conoció en persona a Nerón, dice en una obra suya: «Paso por alto la locura y el desmesurado orgullo de Nerón, el modo como asesinó a su hermano, a su mujer y a su madre, y se cebó después en las familias patricias. Todo el mundo conoce estos hechos». Y, en verdad, nadie puede borrar los errores y crímenes de Nerón. Además, Nerón no apoyó, y quizás hasta desconoció, la política exterior de largo
alcance proyectada por sus asesores.
Cuando se estudian las peripecias del pueblo romano bajo el reinado de estos locos coronados, no dejan de sorprendernos los numerosos testimonios fidedignos que manifiestan que su gobierno benefició a las provincias. ¿Es posible? Existen varias razones para que así sucediera. Los diferentes Estados y reinos anejos al imperio mundial de Roma se vieron obligados a vivir en paz unos con otros; además, se les protegió ante la explotación de los procónsules romanos, si no por entero, al menos mucho más que antes. La construcción de nuevos caminos también contribuyó a la revalorización económica de las provincias. Desde Augusto, Roma permitió a sus súbditos cierta autonomía municipal. Gracias a ello, las provincias tenían motivos para mostrarse agradecidas. Verres era un apellido que las provincias todavía no habían olvidado; pero Verres ya no existía.
Tenemos pruebas que la prosperidad de las provincias aumentó durante el reinado de Nerón, y con ella su resistencia a los decretos de los procónsules y del Senado. Cuenta Tácito, por ejemplo, que en la época de Nerón se criticaba mucho la presunción de los millonarios provincianos. Además, deben recordarse también los intentos para mejorar la producción agrícola, parcelando las grandes haciendas para que se cultivaran con más facilidad y eficacia.
Ahora bien, ¿cuántas de estas medidas benéficas fueron realizadas por el propio Nerón? Es imposible dar respuesta definitiva. Es difícil imaginar a un hombre tan pródigo llevando la iniciativa de hábiles medidas económicas. Entonces, ¿no se debe la menor gratitud a Nerón? El célebre historiador inglés Freeman dice en uno de sus ensayos: «Nerón no era quizás tan malo como lo presenta la tradición. Sin embargo, estábastante comprobado que lo era».

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VII LA DINASTÍA JULIA. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.



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