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La cristianización del Imperio Romano

Mapa de la expansión del cristianismo en el imperio romano.

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VII LA DINASTÍA JULIA. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.

VER ÍNDICE GENERAL DE LA OBRA POR CAPÍTULOS.

Contenido de éste artículo.

  1. Crisis espiritual y nuevas religiones.
  2. Puedes apoyar nuestro blog
  3. El cristianismo.

Crisis espiritual y nuevas religiones.

Roma sufría, sin exagerar, una descomunal desintegración espiritual, caracterizada por tres fenómenos: podredumbre moral (y disgusto de los mejores ante tanta torpeza); agnosticismo religioso; ausencia de una esperanza a la que aferrarse en los trances más deprimentes de la vida. La conexión entre estos tres aspectos de la vida espiritual, entonces en crisis, es obvia: una religión excelsa da perspectiva y sentido a la existencia, e impulsa a llevar una conducta consecuente con lo que esa religión enseña acerca de la santidad de Dios, de la dignidad a la que el hombre está llamado, y del valor de la felicidad prometida a los buenos para el más allá.

La crisis espiritual greco-romana surgió al dejar de creer en las antiguas mitología. Incluso un republicano tan tradicionalista como Catón el Censor dejaba a veces escapar observaciones irrespetuosas: «Cada vez que un augur encuentra a un colega suyo, me pregunto cómo no se echan a reír». La antigua religión sólo podía ofrecer al hombre mezquinos consuelos y muy poca cosa para liberarlo de su sentimiento de culpabilidad. Nada permitía esperar una vida más feliz: los espíritus preclaros de aquel tiempo tenían una concepción desesperada de la vida. Así, al preguntar a Séneca ¿a quién pueden recurrir, en este mundo, los pobres y desesperados?, respondía que siempre tienen la posibilidad de suicidarse, y si le hubieran preguntado lo mismo a Juvenal, habría respondido: «Pueden emigrar: los romanos pobres debieran haberlo hecho hace tiempo».

¿Qué importaban los dioses olímpicos, en la época imperial? Oficialmente conservaban su posición privilegiada: eran los guardianes de la tradición en los venerables templos antiguos. Sin embargo, ya no significaban gran cosa en la vida religiosa del pueblo; en cuanto a las clases dirigentes, buscaban desde hacía tiempo refugio espiritual en los sistemas filosóficos de las doctrinas escépticas, epicúreas o estoicas.

Los restos de sarcófagos que datan de los siglos II y III, nos muestran el deseo de inmortalidad representado por mil símbolos. En el norafricano Apuleyo, novelista de los últimos tiempos de la Antigüedad y ferviente adorador de Isis, hallamos un ejemplo espléndido de leyenda basada en este deseo de inmortalidad, nacido en esta época. Es la historia de Amor y Psiquis. Amor, el dios del amor, ama a Psiquis, una princesa mortal. Ambos amantes son separados y Psiquis ha de emprender un viaje largo y peligroso; pero el Amor le hace triunfar de todas las pruebas hasta que al fin se reúne con su amante en unas bodas celestes. Psiquis, del griego Psyché, significa, «alma», y hay centenares de sarcófagos en los que vemos a la pequeña Psiquis volar al encuentro del Amor. Simboliza así el amor, sentimiento que, para los romanos, vencía todos los peligros, incluso la muerte, y que hacía partícipe de la vida eterna al
alma humana.

La verdad es que, en aquel «entonces. ciertos filósofos griegos y sus discípulos latinos ya habían expresado ideas elevadas sobre la divinidad, la inmortalidad del alma, la existencia de una providencia divina, etcétera. Pero el pueblo ignoraba tales especulaciones; además, hubiera necesitado fe; esto es, confirmación extrarracional (sobrenatural o parasicológica) de esas ideas; por último, para ayudarse a vivir la moral exigente que toda fe en Dios supone, una comunidad de oración, estudio y aliento mutuo era, más que deseable, imperativa. Pues bien, las nuevas religiones, especialmente las provenientes del Oriente, cumplían con estos requisitos. Por tal motivo lograron tanto éxito en el ámbito greco-romano.

La primera religión oriental que llegó a Roma fue el culto a la diosa frigia Cibeles y a su amante Atis: una pareja divina de igual naturaleza que los dioses adorados antaño en la Grecia minoica. Cibeles, llamada «la gran madre», simbolizaba la fecundidad y el poder de la naturaleza. Con motivo del terror creado por la segunda guerra púnica, el Senado creyó que el viejo Panteón romano tenía necesidad de refuerzos. Se consultaronlos libros sibilinos y envióse una embajada al rey de Pérgamo, en Asia menor. El potentado remitió a Roma, como un favor especial para los romanos, el viejo símbolo del culto primitivo de Cibeles, una piedra meteorítica negra. Ésta fue colocada primero en el templo de la Victoria, sobre el monte Palatino, y más tarde los romanos construyeron un templo en honor de la diosa. La importación de una religión nueva era un signo de los tiempos: los romanos iniciaban su apertura a un horizonte internacional. Pero el Senado procuró impedir a los ciudadanos romanos una participación activa en el ejercicio de este culto, en verdad demasiado exótico: más valía dejarlo a los sacerdotes venidos de Frigia. En efecto, los fieles eran rociados con sangre de las víctimas que debían purificar al hombre y volverlo inmortal.

De distinta naturaleza era el culto de Isis, «la más civilizada de las religiones bárbaras». Este culto tenía también su origen en las antiquísimas creencias religiosas relativas a la recolección y al ciclo de las estaciones. Isis procedía de un país de antigua cultura. Egipto y su religión contrastaba con el culto de Cibeles, primitivo y violento. Penetró muy pronto en Italia y su gran santuario de Roma fue construido en tiempo de Calígula; el culto se centraba en Isis, la diosa madre que tenía a su hijo Osiris sobre las rodillas. El culto a Isis no carecía de grandeza, con sus sacerdotes rapados, revestidos con hábitos de una blancura inmaculada. Mediante la penitencia y la purificación, el ritual místico conducía a la comunión con la divinidad y a la resurrección espiritual.

El Imperio Romano ofrecía un terreno bastante preparado para la expansión de tales religiones. En principio, la pax romana permitía circular libremente hasta donde llegaba la autoridad de Roma.

¿Qué es lo que caracteriza a las religiones populares de la época imperial? ¿Qué las diferenciaba del culto tributado a esa gran familia que poblaba el Olimpo? ¿Por qué conquistaban los espíritus?

Ante todo, eran religiones basadas en el misterio. En un credo de este tipo, los fieles forman una comunidad firme y los nuevos adeptos penetran en ella después de una iniciación mental, moral y litúrgica. La iniciación consta de varias etapas y alcanza su punto culminante en el contacto personal con la divinidad. Observemos que el hombre busca en estas religiones el modo de elevarse misteriosamente por encima de lo terrestre, de superar la muerte, de asegurarse una vida eterna. El culto se ennoblece por un deseo de eternidad, incluso en una adoración tan grosera como la tributada a Cibeles. En la antigua religión, el reino de Hades no podía atraer a nadie; en cambio, la muerte no ponía fin al alegre cortejo de Dionisos: el alma humana que durante su vida terrestre se hubiera consagrado a Dionisos tenía la esperanza de participar en el poder divino y vencer así a la muerte. El culto a Baco (el Dionisos de los griegos no como dios del vino, sino como personificación de todas las manifestaciones de la naturaleza) se acomodaba a la nueva religiosidad popular: basábase en misterios revelados y el iniciado podía acercarse a la divinidad mediante el éxtasis.

Había otras religiones griegas que llevaban a la vida eterna. Algunos depositaban su confianza en Hermes, el guía de las almas. Los viejos misterios griegos de Eleusis relacionados con las diosas de los cereales, Deméter y Kora (Perséfone), atrajeron ingentes multitudes durante la Antigüedad. Sila, Cicerón y los mejores emperadores romanos se contaron entre sus iniciados. Otros tenían en Orfeo su profeta.

Sin embargo, ninguna religión mistérica prendió tan fuertemente como la cristiana.

El cristianismo.

Infografía sobre el emperador romano Nerón.
El Emperador Nerón, gobernó entre el 54 y el 68.

La primera referencia al cristianismo entre los historiadores antiguos se halla en la persecución ordenada por Nerón contra los primeros cristianos, descrita por Tácito (hacia el año 100). Comienza así:

«Ningún medio humano, ni regias generosidades ni ceremonias expiatorias hacia desaparecer el rumor infamante que aquel incendio habla sido preparado. Por ello y para inhibirse, Nerón buscó supuestos culpables y castigó con refinados tormentos a aquellos que se hacían odiosos por sus abominaciones y a quienes la multitud llamaba cristianos. Este nombre viene de Cristo a quien, reinando Tiberio, el procurador Poncio Pilato entregó al suplicio; reprimida al pronto, creció después esta abominable superstición no sólo en Judea, donde se originó el mal, sino también en Roma, adonde afluye todo cuanto hay de detestable y vergonzoso en el mundo, y se acrecienta con numerosa clientela«.

Al mencionar tales «crímenes» cometidos por los cristianos, Tácito se hace, sin duda, intérprete de los rumores que corrían en Roma, según los cuales las comunidades cristianas sacrificaban seres humanos en sus ceremonias litúrgicas y comían su carne; horribles relatos procedentes de una torcida interpretación pagana de la liturgia eucarística, en que los cristianos participaban sacramentalmente (mediante objetos simbólicos y palabras consagratorias) del cuerpo resucitado de Jesús.

Si no tenemos fuentes extracristianas más antiguas sobre el más importante movimiento espiritual del mundo, ello no se debe sólo a los estragos del tiempo. La razón es sencilla. Los primeros cristianos fueron pescadores y gente humilde, generalmente iletrada; de modo que las palabras de Jesús y la historia de las primitivas comunidades se trasmitieron por vía oral. Cuando al fin necesitaron poner por escrito el contenido de su predicación (el kérigma), se usó en general un griego muy sencillo: el koiné; sencillez incrementada por el estilo concreto, lleno de imágenes y realista de los relatos evangélicos.

Es verdad que ya desde veinte años antes que se escribiera el primero de los evangelios, el de Marcos, Pablo había hecho circular decenas de cartas densamente teológicas por Asia menor y Europa. Pero escasa o ninguna noticia de ellas pudieron tener los no iniciados, pues, durante largo tiempo la cristiana fue considerada una pequeña secta sin importancia del despreciado judaísmo.

¿Puede Cristo ser tomado como un reformador del judaísmo, tal como Zoroastro lo fue del mazdeísmo o Buda y Jina del hinduismo?

En diversas ocasiones, Cristo proclamó su fidelidad a la ley moral de los hebreos: «No penséis -dijo al concluir el famoso sermón de la montaña- que he venido a abolir la Ley y a los profetas; sino a darles perfecto cumplimiento». Debe recordarse que el primer mandamiento de Jesús era también el de Israel: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas». El segundo, el del amor al prójimo como a sí mismo, también había sido promulgado por Moisés, sólo que en forma negativa: no matarás, no hurtarás, no mentirás, etcétera. Cristo le confirió una formación positiva: «Haced a los demás lo que queréis que os hagan a vosotros mismos»y «Un mandamiento nuevo os doy, y es que os améis los unos a los otros como Yo os he amado».

Lo que Jesús reprochaba a los judíos ortodoxos de su tiempo, los fariseos, era que alardeando su adhesión hipócrita a la letra de la ley burlaban el sentido original de ella.

Especulando acerca de si la mujer que juega con su hijo en brazos en un día sábado viola o no el descanso sagrado, y apasionándose por otras menudencias, olvidaban los puntos más graves de la Ley: la justicia, la misericordia, la rectitud. Así, habían convertido a Dios en un Yahvé lejano y vengativo; Jesús, en cambio, lo llamaba Padre y le atribuía una bondad que alcanza al más insignificante de los suyos, y sobrepasa toda medida imaginable por nosotros. Jesús enseñó también que Dios es padre no sólo para los judíos, sino para todos los hombres, sin distinción de razas o condición social. Las parábolas sobre este tema son numerosas: la del buen samaritano,
que debió encandilar a los fariseos.

En el fondo, el cristianismo no es mera reconstitución del mosaismo auténtico, sino, desde el punto de vista cristiano, un nuevo paso -veladamente anunciado por los profetas hebreos- en la revelación progresiva de Dios: Dios es trino; el mundo fue creado por Dios a imagen de su Hijo hecho hombre para siempre; la muerte, redentora de Éste ha tornado inútiles los sacrificios ordenados por Dios en la Antigua Alianza con Israel; en compensación, el perdón de las ofensas debe reemplazar a la norma del Talión; y después de esta vida no hay un indeseable letargo en el seno de la Tierra (el Sheol), sino la vida a secas, gozo inmarcesible en el seno de Dios (el cielo).

Los judíos más sabios y sinceros habrían rasgado sus vestiduras ante el blasfemo que seriamente se hubiera proclamado divino. Para poder predicar con cierta tranquilidad su «buena noticia» (euanguelion, evangelio), Jesús debió ocultar su real naturaleza, manifestándola, incluso en forma un tanto equívoca, a muy contados discípulos. Tan extremos eran el monoteísmo y nacionalismo judíos, que ni los más cercanos allegados a Jesús entendieron sus revelaciones: cuando intentaba significarlessu divinidad, ellos creían que hablaba metafóricamente; al revés, imaginaban como restauración del reino de David el «Reino» por venir que Jesús pregonaba.

Justamente por estos malentendidos, y porque el cristianismo llegó a todos los rincones del imperio propagado por miembros de la diáspora judía, los escritos del Nuevo Testamento mantienen una interminable polémica con «el falso Israel» que en un comienzo los persiguiera.

Entre los perseguidores de los primeros cristianos se distinguió un judío, llamado Saulo por sus hermanos de raza y Pablo por los greco-romanos de Damasco y, desde entonces, fue uno de los más fervorosos propagandistas de la fe cristiana. Evangelizó muchas ciudades de Asia menor, Macedonia y Grecia, y quizás también de Creta y España. Pablo contribuyó más que nadie a la organización de las primeras comunidades cristianas. Este humilde adelantado que, durante sus viajes de evangelización, se mantenía con su propio trabajo manual, fue un héroe de la fe. Maravilla su fuerza interior, que le permitió realizar tantas cosas pese a su debilidad y salud deficiente.

Pablo fundó en Corinto una comunidad que tendría pronto una filial en Roma. Ambas ciudades estaban relacionadas por un activo comercio. Antes de su toma de contacto con los hermanos de la orilla del Tíber, Pablo escribió para ellos desde Corinto una epístola de la que extractamos algunos versículos:

«Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros
«Con mayor razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por Él salvos de la ira;
«porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su vida».
«Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?
«El que no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas?».
«Con Él hemos sido sepultado; por el bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva».
«Vivid alegres con la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración;
«Subvenid a las necesidades de los santos, sed solícitos en la hospitalidad.
«Bendecid a los que os persiguen, bendecid y no maldigáis».
«No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira (de Dios); pues escrito está: ‘A mí la venganza, yo haré justicia, dice el Señor».
«No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien».
«Todos han de estar sometidos a las autoridades superiores, pues no hay autoridad sino bajo Dios; y las que hay, por Dios han sido establecidas».
«Pagad a todos lo que debáis; a quien tributo, tributo; a quien aduana, aduana; a quien temor, temor; a quien honor, honor».
«Pues no adulterarás, ‘no matarás, no robarás, no codiciarás’ y cualquier otro precepto, en esta sentencia se resume: ‘amarás al prójimo como a ti mismo».
«Andemos decentemente y como de día, no viviendo en comilonas y borrachera, no en amancebamiento y libertinaje, no en querellas y envidias».

De Corinto viajó Pablo a Jerusalén, donde los judíos ortodoxos intentaron lapidarlo por introducir «paganos» en el Templo, profanándolo. Las autoridades romanas intervinieron, y enviaron a Roma a Pablo para ser juzgado por el mismo emperador, ya que gozaba del derecho de ciudadanía romana. Se ignora la sentencia dictada contra el preso: Pablo desapareció de la historia. Dice él, en su epístola a los filipenses, que desea «ser liberado de este cuerpo mortal y reunirse con Cristo». Es posible que su deseo se cumpliera poco después. Según la tradición, Pablo muriódecapitado y sepultado extramuros junto a la Vía Ostiense, en el lugar donde después erigió Constantino la iglesia de San Pablo Extramuros. Pedro llegó, sin duda, también a Roma y allí alcanzó la misma suerte.

Si Pablo comprendió en toda su complejidad las relaciones de los cristianos con Jesús, fue Juan, el discípulo amado, quien mejor captó las misteriosas relaciones de Jesús con Dios:

«Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.
«Él estaba al principio en Dios.
«Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.
«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
«A Dios nadie lo vio jamás; Dios unigénito, que está en el seno del Padre, ése lo ha dado a conocer».

Fotografía de la última cena de Leonardo da Vinci.
La Última Cena, de Leonardo Da Vinci.

En su última cena Jesús elevó, según Juan, la siguiente oración a su Padre:

«Yo ya no estoy en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti. Padre santo, guarda en tu nombre a estos que me has dado, para que sean uno como nosotros.
«Yo les he dado tu palabra, y el mundo los aborreció, porque no eran del mundo, como yo no soy del mundo.
«No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal.
«Pero no ruego sólo por éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra.
«Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí.
«Padre, los que tú me has dado, quiero que donde esté yo estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria, que tú me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo.
«Yo te he glorificado sobre la Tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.
«Ahora tú, Padre, glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo existiese».

San Juan, autor del cuarto evangelio, del Apocalipsis y de tres epístolas, laboró sobre todo en Asia menor. Fue preso y martirizado por Domiciano, pero falleció de muerte natural y en edad muy avanzada en Éfeso. Junto con él se fue el siglo I. Ya el entusiasmo primerizo había amainado; los cristianos habían dejado de aguardar la parusía o retorno inminente de Jesús a la Tierra en gloria y majestad; los carismas extraordinarios eran cada vez más escasos. Las iglesias locales se hallaban ahora definitivamente estructuradas: en cada ciudad un obispo había sustituido al consejo de ancianos, y existían presbíteros estables en lugar de los predicadores ambulantes del comienzo.

Pero la Iglesia carecía aún de una organización universal; ni siquiera se nucleaba alrededor de sedes patriarcales.

¡Quién hubiera sospechado entonces que la despreciable superstición de los pobres cristianos, como decía Tácito, se extendería a todo el mundo romano e inauguraría en la historia del universo una nueva era!

Pero ¿de dónde sacó el cristianismo su «garra»? ¿Por qué las demás religiones mistéricas pasaron a la historia, en tanto que el cristianismo siguió expandiéndose pese al rigor de su doctrina moral?

Desde luego, porque asienta su origen en un suceso de naturaleza histórica -la vida, pasión, muerte y resurrección de un hombre- y no en algo que se verifica en lalejana noche de los tiempos. El cristianismo es más humano. Cristo era el amigo del hombre, de los niños, de aquellos que no tienen amigos:

«Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos.
«Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando.
«Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su ser; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer.
«No me habéis elegido vosotros a mi, sino yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que cuanto pidiéreis al Padre en mi nombre os lo dé».

El Maestro estaba siempre junto al creyente: no sólo durante el ejercicio del culto o en el seno de la comunidad. El cristianismo ofrecía «la ayuda del Espíritu Santo» y la compañía de Dios; las otras religiones no ofrecían más que experiencias efímeras y sólo posibles de vez en cuando por medio de los «sacrificios».

Pintura el sermon de las bienaventuranzas por Carl Bloch.
El Sermón del Monte, Carl Bloch, 1890.

Pero en el Evangelio hay algo más seductor que todo para los pobres, oprimidos y despreciados. Es que Cristo, como diría Nietzsche, trasmuta todos los valores hasta entonces en boga. Todo lo que el mundo alaba, Él lo reprueba; todo lo que el mundo lamenta, Él lo considera un triunfo. La visión que Dios tiene de las cosas dista años luz de aquella sobre la cual las civilizaciones en general se han desarrollado. En el sermón del monte (Mateo, capítulos 5 y 6), dijo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.
«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.
«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
«Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
«Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los cielos.
«Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mi.
«Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo antes de vosotros.»
«Habéis oído que fue dicho: No adulterarás.
«Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón.
«Si pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.
«Y si tu mano derecha te escandaliza, córtatela y arrójala de ti, porque mejor te es que uno de tus miembros perezca que no que todo el cuerpo sea arrojado a la gehenna.”
«Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.
«Pero yo os digo: No hagáis frente al malvado; al contrario, si alguno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;
«y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto,
«y si alguno te requisara para una milla, vete con él dos.
«Da a quien te pida y no vuelvas la espalda a quien desea de ti algo prestado.»
«Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.
«Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen,»para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el Sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos.
«Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen esto también los publicanos?
«Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los gentiles?
«Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial».
«Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de los hombres para que os vean; de otra manera no tendréis recompensa ante vuestro Padre, que está en los cielos.
«Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
«Cuando des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace la derecha,
«para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve lo oculto, te premiará».
«Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los ángulos de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
«Tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
«Y orando, no seáis habladores, como los gentiles, que piensan ser escuchados por su mucho hablar.
«No os asemejéis, pues, a ellos, porque vuestro Padre conoce las cosas que tenéis necesidad antes que se las pidáis.
«Así, pues, habéis de orar: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre;
«venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra.
«El pan nuestro de cada día dánoslo hoy,
«y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores,
«y no nos pongas en tentación, mas líbranos del mal».
«Porque si vosotros perdonáis a otros sus faltas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial.
«Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas».
«Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que demudan su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa.
«Tú, cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara
«para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.»
«No alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los corroen y donde los ladrones horadan y roban.
«Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín los corroen y donde los ladrones no horadan ni roban.
«Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón».
«Nadie puede servir a dos señores, pues o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien. adhiriéndose al uno, menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas».
«Por eso os digo: No os inquietéis por vuestra vida, por lo que habéis de comer o de beber, ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
«Mirad cómo las aves del cielo no siembran ni siegan ni encierran en graneros y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?
«¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su estatura un solo codo?
«Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan.
«Pues yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos.»Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana es arrojada al fuego, Dios así la viste, ¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?
«No os preocupéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos o qué vestiremos?
«Los gentiles se afanan por todo eso; pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad.
“Buscad, pues, primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura.
«No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástale a cada día su afán».

Los oprimidos sintieron, sin duda, lo que tres siglos después explicitaría Ambrosio, un padre de la Iglesia: «Quien es capaz de «no hacer» aquello que «no debe» hacer, ése deja de ser esclavo”. El martirio era su triunfo: la alegría de poder sufrir con y por Cristo, la perspectiva de una felicidad eterna los hacía insensibles a todos los dolores. Y así, la nueva religión obró maravillas causando una impresión indeleble entre los paganos. Según palabras de Tertuliano, «la sangre de los mártires es semilla de cristianos», porque había una fuerza interior que animaba a estos mártires: la fuerza que da la fe.

La religión cristiana ofrecía esperanza y consuelo a quienes sufrían las dificultades de la vida y el peso de sus pecados: «Quienes estén fatigados y tristes, vengan a Mí, que yo los aliviaré». Considerando lo mucho que sufrían los oprimidos de aquel tiempo, se comprende la atracción ejercida por una religión que permitía a estos desgraciado elevarse hasta una nueva visión del mundo, dándoles una razón para vivir y morir. El cristianismo los liberaba de la angustia de las religiones demoníacas; no había que temer a la muerte, el anonadamiento total. Con el tiempo, adquirieron incluso la fuerza necesaria para dominar los sentidos, a los que las religiones paganas daban libre curso. Los adeptos de la nueva fe mostraron tal amor y caridad a su prójimo, que impresionaban a los mismos paganos. «Mirad cómo se aman», decían.

En cambio, los ricos y poderosos permanecieron mucho tiempo al margen del cristianismo. El precepto «ama a tu prójimo como a tí mismo» no les atraía.

Al anunciar la igualdad de los hombres ante Dios, se comprende que el cristianismo tuviera sus primeros prosélitos entre quienes la sociedad antigua humillaba: los pobres y los esclavos, considerados como animales. Éstos adquirían, quizás por primera vez, conciencia de su dignidad humana en el ejercicio del culto y en la vida comunitaria.

Allí no existían diferencias entre amo y siervo. Con el cristianismo. los esclavos entran por vez primera en una comunidad religiosa en pie de igualdad con los hombres libres. En estas comunidades, el esclavo conocía que su alma valía tanto como la del emperador o la del rico comerciante. Sin embargo, sería inexacto considerar al cristianismo como un programa social.

Retrato antiguo de un hombre y portada de un libro
Profesor Carl Grimberg y la portada del tomo III de su Historia Universal.

VARLDHISTORIA, TOMO III ROMA, CAPÍTULO VII LA DINASTÍA JULIA. POR CARL GUSTAF GRIMBERG.

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