Fue uno de los actos finales de la Unión Soviética, una catástrofe que sirvió de epílogo. El 26 de abril de 1986, a las 1:30 a.m., el reactor 4 de la central nuclear de Chernobil, en Ucrania, estalló. Los planes equivocados, la baja calidad de la construcción y la negativa a creer que podía ocurrir algo semejante fueron las razones principales de este accidente.

La humanidad se encontró con un tipo de desastre que no sabía controlar. Sólo las experiencias de Hiroshima y Nagasaki (las dos ciudades japonesas bombardeadas por Estados Unidos con armas nucleares en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial) podían compararse con Chernobil. Lo primero que alarmó al mundo fue la dimensión de la calamidad.

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En Occidente se supo del accidente a finales de abril de 1986, cuando los suecos detectaron un súbito aumento en los conteos de radiación, de sus laboratorios. Intrigados y alarmados, revisaron los vientos dominantes y dedujeron que la radiación venía de Rusia en forma de fino polvo contaminante. Los rusos acabaron por admitir que habían sufrido un accidente.

En un momento determinado se supo que la explosión del reactor había liberado 50 toneladas de material contaminado (un volumen diez veces mayor que el de las explosiones nucleares en Japón) y que estas habían cubierto Ucrania, Rusia occidental y Bielorrusia. Los rusos trataron de tranquilizar a sus ciudadanos y al mundo mostrando sus mayores esfuerzos por contener el desastre. Así se vio a bomberos y soldados tratando de apagar el reactor 4, que ardió por varios días hasta que se le arrojó arena y boratos desde helicópteros y toneladas de agua desde tierra.

El 26 de abril de 1986, en territorio de la actual Ucrania se producía el mayor desastre nuclear de todos los tiempos: estalló el reactor 4 de la central nuclear de Chernobil. Aquel accidente desencadenó temibles enfermedades y convirtió la ciudad y sus alrededores en un infierno.

Con el reactor apagado, un batallón de trabajadores construyó rápidamente una envoltura de hormigón sobre el aparato destruido. Más de 600.000 hombres trabajaron día y noche en el incendio, en la evacuación de 200.000 personas y en la descontaminación de varias áreas.

Foto: Reuters.

La respuesta del gobierno soviético y ucraniano

Mijail Gorvachov, entonces jefe de gobierno de la URSS, mostraba confianza y optimismo, y llamó a la tarea de reconstrucción “una hazaña”. En 1990, cuando la URSS ya no se denominaba así, se supo que el trabajo había sido infructuoso. Miles de personas continuaban viviendo en zonas que registraban hasta 300 veces la radiación normal, mientras casi 80.000 aún vivían en zonas con cuarenta veces la radiación tolerable.

El problema era que la mancha de radiación era tan grande que no había recursos para evacuar a tanta gente. El gobierno (primero el soviético y luego el de Ucrania independiente) se limitó a crear una “zona muerta” de 30 km alrededor de la central destruida y a “recomendarle” a decenas de miles de personas que abandonaran otras regiones envenenadas. Los que no pudieron irse, siguen allí bebiendo agua radioactiva, comiendo partículas de cesio en su pan y esperando ayuda estatal para mudarse.

A diez años, el conteo de víctimas de la explosión no deja de crecer. Las primeras fueron tres ingenieros de la planta nuclear que murieron en el estallido y en el incendio. Luego siguieron 31 ingenieros y trabajadores que recibieron dosis enormes de radiación: su piel adquirió un color marrón y murieron en menos de diez semanas, luego de una dolorosa agonía. Otros doscientos ingenieros y técnicos presentes el día del accidente han tenido problemas de salud desde entonces. Pero la radiación se ensañó, a largo plazo, con los más jóvenes, y los niños de Chernobil fueron quienes pagaron las consecuencias del accidente.

Sala de control, reactor 4.

La sombra del cáncer tras la radiación

El índice de cáncer de tiroides, una rara enfermedad que afecta apenas por cada millón, muestra en Bielorrusia y Ucrania una tasa cien veces superior a la normal.

Setecientos menores de quince años que fueron expuestos a altas dosis de radiación en el área inmediata al desastre ya padecieron este cáncer, que bien tratado no es mortal en el 90% de los casos, pero requiere un largo tratamiento, una compleja operación y una recuperación dolorosa y lenta.

El peligro es que si no se trata a tiempo, el cáncer de tiroides resulta muy agresivo y origina metástasis devastadoras para la frágil fisiología de los niños. Son estos últimos, en el caso de Chernobil, quienes sufren la ineficiencia de los gobiernos ruso y ucraniano. La Organización Mundial de la Salud y muchas instituciones privadas de todo el mundo que donaron medicamentos y equipo médico a los hospitales que atendieron a los niños de Chernobil, se encontraron con numerosos problemas y concluyeron que las víctimas no estaban recibiendo el tratamiento adecuado.

La excusa para tantos errores ha sido que, con excepción de los evidentes y anormales tumores en la tiroides, no está probado que los sobrevivientes de Chernobil fueran afectados por la radiación. El cáncer, al contrario de la muerte violenta, es detectable sólo por medios estadísticos: en una década, tal vez cuatrocientos o quinientos casos por encima del promedio estadístico en una población de centenares de miles.

Un equipo de médicos franceses del centro internacional de investigaciones del cáncer, que estudió y auxilió a centenares de personas afectadas por la explosión, no encontró algún aumento visible en las tasas de leucemia y otros tipos de cáncer entre los adultos. Los franceses, sin embargo, desmientes al gobierno ucraniano y explican que esta aparente ausencia se debe a que el cáncer es una enfermedad de aparición lenta, en términos estadísticos. Las leucemias tardan de cinco a quince años en notarse y otros tumores pueden tardar decenios.

En lo que se refiere a los más de 600.000 trabajadores que limpiaron y contuvieron el reactor, se espera que la incidencia de casos de cáncer suba del 1 al 2%.

Efectos de la radiación en los niños

Secuelas del accidente de Chernobil.

Los casos más horribles son los de niños que fueron irradiados in utero, cuando aún crecían en el vientre de sus madres. La radiación altera el delicado mecanismo que rige la formación de un bebé sano y normal. Los resultados son niños con malformaciones de nacimiento, enfermos e incapaces para crecer. Otra consecuencia es la tasa anormal de retrasos mentales y en los casos más leves, una baja en la inteligencia.

Mientras los casos de deformidad son evidentes, el problema de la inteligencia es más difícil de medir. Un estudio realizado entre familias que fueron evacuadas y tuvieron hijos en estos once años, muestra que los niños tienen coeficientes intelectuales inferiores a la media normal. El mismo estudio mostró una alta tasa de problemas psicológicos entre los padres: insomnio, nerviosismo permanente y angustia.

Los miles de personas que trabajaron en la descontaminación y contención de Chernobil también tienen problemas. Entre estos “liquidadores”, como los llaman los rusos, la tasa de suicidios y accidentes es enorme, al igual que las patologías asociadas al estrés intenso: alcoholismo, ansiedad, depresión, violencia.

El principal problema médico de estos hombres y mujeres es el sistema gastrointestinal. Un equipo médico monitoreó la salud de 1.382 “liquidadores” en los veinte años siguientes al accidente, y descubrió que sufrían más de lo normal hiposecreción gástrica, úlceras duodenales, pancreatitis, hepatitis y fibrosis de colon.

HOY LATINO NOTICIAS.

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